Capítulo XXIV: Bajo un cielo de guerra

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Los caballos avanzaban por el antiguo camino forestal que descendía hacia las regiones occidentales de Somdill, alternando entre el galope y un trote cada vez más pesado conforme las horas consumían las fuerzas de las monturas. Los bosques se extendían a ambos lados como murallas vivas de robles, abetos y fresnos, y entre los troncos podían distinguirse de cuando en cuando pequeños mojones de piedra marcados con la rosa atravesada por un rayo, señales colocadas por la Orden para indicar rutas protegidas y distancias hacia los asentamientos más cercanos. Aunque todavía se encontraban lejos de la capital de los bardos, cada legua recorrida hacía que Lance sintiera el peso de Somdill con mayor intensidad, como si el lugar donde había nacido tirara de él a través de la tierra.

Desde que abandonaron Wildamar había impuesto un ritmo demasiado duro. Permitía que los caballos recuperaran el aliento junto a un arroyo o bebieran unos minutos cuando encontraban agua, pero después volvía a acelerar, incapaz de apartar de su mente la imagen de las Legiones Perdidas marchando hacia el oeste. Pensaba en las calles donde había corrido siendo niño, en la casa de su madre, en la voz de Lara y en todas las vidas que Somdill había conseguido reconstruir después de tantas heridas; la idea de que aquellas mismas calles pudieran convertirse nuevamente en escenario de guerra le hacía apretar las riendas con una fuerza que no advertía hasta sentir dolor en los dedos.

Saya soportó aquel ritmo durante casi dos jornadas antes de decidir que era suficiente. Había intentado no intervenir, consciente de que Lance no huía de algo sino que cabalgaba hacia las personas que amaba, pero cuando el caballo del paladín comenzó a resoplar con espuma alrededor del bocado y el suyo perdió dos veces el paso en una misma pendiente, comprendió que continuar sería condenar a los animales antes de alcanzar siquiera la mitad del camino.

—¡Maese paladín!

Lance volvió el rostro.

—¿Qué ocurre, señorita Saya?

—¡Que si continuamos así llegaremos a Somdill caminando porque habremos matado a nuestros caballos!

La respuesta consiguió que Lance observara por primera vez de verdad a las monturas. Su caballo respiraba con dificultad y tenía el cuello cubierto de sudor; el de Saya tampoco estaba en mejores condiciones, y cuando finalmente dirigió la mirada hacia la elfa advirtió que ella misma mostraba señales de agotamiento. Algunos mechones de cabello negro se habían pegado a sus mejillas pálidas y su respiración era más profunda de lo habitual.

La culpa apareció inmediatamente en el rostro del paladín.

—Tenéis razón, lo siento.

—No tenéis que disculparos conmigo, pero quizá ellos quieran presentar una queja formal cuando volvamos a Wildamar.

Lance acarició el cuello de su caballo con expresión avergonzada.

—Aceptaría el juicio.

Saya señaló con el bastón un pequeño claro que había distinguido entre los árboles.

—Entonces antes de permitir que los equinos organicen una revuelta, descansaremos allí.

Encontraron una abertura protegida por grandes rocas cubiertas de musgo y árboles suficientemente espesos como para ocultar la luz de una fogata desde el camino principal. Cerca corría un arroyo estrecho que descendía desde las colinas, y Lance dejó que los caballos bebieran lentamente mientras les retiraba parte de las monturas y comprobaba que ninguno hubiese sufrido daño en los cascos.

Saya, por su parte, recorrió el perímetro antes de elegir cuatro puntos entre los árboles. En cada uno trazó pequeños símbolos con la punta del bastón y dejó una piedra ennegrecida sobre la tierra; las runas emitieron un brillo rojizo durante unos segundos antes de desaparecer casi por completo, formando una red de advertencia que reaccionaría si algo de tamaño considerable intentaba acercarse al campamento.

Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los PlanosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora