Alindra entregó una bolsa de piel llena de agua a Jarllic y otra a Edrel y Lidaria mientras los soldados de la Decimotercera recuperaban el aliento tras el traslado arcano. El viaje desde el Yelmo de Oldir hasta las inmediaciones de Wildamar había durado apenas unos instantes, pero el cuerpo no entendía de distancias burladas mediante magia: algunos legionarios todavía tenían el rostro pálido, otros permanecían sentados sobre la hierba tratando de contener las náuseas y varios clérigos recorrían las filas comprobando que ninguno hubiese sufrido una desorientación más grave.
Wildamar, sin embargo, no les concedía demasiado tiempo para recuperarse. Desde donde se encontraban podía verse que la fortaleza entera se había convertido en el corazón de una movilización militar; carros de suministros cruzaban los patios, caballos recién herrados eran conducidos hacia las puertas occidentales, los armeros entregaban haces de lanzas y carcajes mientras los escribas de las legiones revisaban tablillas de cera con nombres, números y destinos. Entre aquel movimiento se levantaban los estandartes de la Duodécima, y más allá comenzaban a reunirse nuevamente los de la Decimotercera que acababa de regresar del Yelmo.
Jarllic bebió antes de devolver la bolsa a uno de los soldados. El sargento observó entonces a Alindra con mayor detenimiento y reconoció casi de inmediato aquella tensión en su compañera: los hombros demasiado rígidos, la mandíbula apretada y una preocupación que ni siquiera su disciplina conseguía ocultar por completo.
También notó algo mucho más importante.
Lance no estaba allí.
—¿Dónde está?
Edrel y Lidaria volvieron la mirada hacia él casi al mismo tiempo. Hasta ese momento ambos habían estado demasiado ocupados recuperándose del traslado para reparar en ello, pero bastó aquella pregunta para que buscaran instintivamente entre los oficiales, los clérigos y los legionarios que atravesaban el patio exterior.
Saya tampoco estaba.
Alindra dejó escapar el aire despacio y sostuvo la mirada de Jarllic.
—¡Se adelantaron hacia Somdill! —comentó —. La elfa fue con él.
El ceño del veterano se endureció de inmediato.
—¿Para qué demonios va Lance a Somdill? —preguntó con preocupación —¿Ha ocurrido algo con la señora Odelia o con Lara?
—No que sepamos —respondió Alindra—. Al menos no fue por ellas por lo que partió. Aunque precisamente porque ambas están allí Lance no quiso esperar a que termináramos de reunir a las legiones.
La preocupación no desapareció del rostro de Jarllic.
—¡Entonces es peor de lo que parece!
—¡Mucho peor!
Edrel intercambió una mirada con Lidaria antes de acercarse un poco.
—Supongo que el juicio de Merdilak no terminó como esperabais, ¿verdad, mi señora?
Los labios de Alindra se tensaron.
—Merdilak fue juzgado y hallado culpable, pero aquello sólo abrió una herida mucho más profunda. Paldon también estaba comprometido.
Jarllic la miró como si no estuviera seguro de haber escuchado correctamente.
—¿Paldon? ¿La mano derecha de Feliana?
—El mismo.
Lidaria y Edrel conocían el nombre apenas por referencias escuchadas durante aquellos días en Wildamar, pero la reacción de Jarllic bastó para que comprendieran la magnitud de lo ocurrido. Paldon no había sido un clérigo cualquiera, sino uno de los hombres más cercanos a la arzobispa y una figura que durante años había estado presente en asuntos que tocaban tanto al clero como a las legiones.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
