Capítulo XXIX: Isodela Valthoria

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Lidaria corrió hacia Edrel apenas percibió que el semielfo todavía luchaba por recuperar el dominio de su respiración. Apoyó una mano sobre su espalda y dejó que una corriente blanca naciera entre sus dedos, extendiéndose por la ropa del ladrón con la suavidad de una nevada sobre las ramas de un bosque dormido.

El aire alrededor de ambos perdió durante unos instantes el calor seco de Ghalmora y adquirió una frescura invernal que no resultaba dolorosa. Edrel cerró los ojos mientras aquella energía recorría su cuerpo, amortiguando la presión que el Cetro de Veritas había despertado dentro de él y empujando otra vez hacia el fondo los recuerdos que no estaba preparado para compartir.

—¡Respira conmigo! —le pidió Lidaria—. No luches contra lo que sentiste; deja que pase.

Edrel obedeció y, después de varias respiraciones, consiguió levantar la cabeza.

—¡Empiezo a odiar los objetos sagrados!

Lidaria dejó escapar una sonrisa pequeña.

—Eso viniendo de un ladrón no resulta demasiado sorprendente.

A unos pasos de ellos, Lance continuaba concentrado en Saya. La elfa seguía aferrada con ambas manos a la parte frontal de su armadura, y aunque el temblor que recorría su cuerpo había disminuido, su respiración todavía se interrumpía cuando el recuerdo de la torre de Azakar intentaba regresar a la superficie.

El paladín permitió que su aura dorada cubriera el cuerpo de Saya sin intentar penetrar en su mente ni borrar lo ocurrido. La calidez se limitó a rodearla, devolviéndole poco a poco la sensación de seguridad que el poder de Veritas le había arrebatado durante unos instantes.

—Ya pasó —dijo Lance en voz baja—. Respira. Estoy aquí.

Saya apretó los dedos contra el metal de su peto. Una parte de ella quiso responder que precisamente ése era el problema, que su miedo existía porque él estaba allí sin conocer toda la verdad, pero las palabras murieron antes de alcanzar sus labios.

Lance alzó entonces la mirada.

Isodela Valthoria seguía frente a ellos.

El viento de Ghalmora agitaba su larga cabellera negra alrededor de la armadura de marfil y plata, mientras sus ojos plateados permanecían fijos sobre el hombre al que había conocido desde mucho antes de convertirse en teniente. Clemencia Purificadora descansaba a uno de sus costados y el Cetro de Veritas continuaba en su otra mano, aunque la inquisidora había reducido la presión de su poder desde que Lance le había pedido detenerse.

Durante unos segundos ninguno habló. El dolor entre ambos resultaba demasiado antiguo para expresarse mediante una sola mirada, y bajo aquella herida todavía sobrevivía una tensión que no era odio, aunque podía convertirse en algo igual de peligroso si alguno elegía la palabra equivocada.

Lance ayudó a Saya a ponerse de pie y esperó hasta comprobar que podía sostenerse por sí misma antes de colocarse delante de ella.

El gesto fue instintivo.

Saya lo comprendió de inmediato.

Él se había interpuesto.

Otra vez.

La nigromante sintió un vuelco en el pecho mientras observaba la espalda del paladín frente a ella.

«Está poniéndose delante de una inquisidora por mí.»

La idea resultaba reconfortante y aterradora al mismo tiempo.

Isodela también comprendió el significado del movimiento.

Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los PlanosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora