El último eco de los doce cuernos tardó en desaparecer más allá de las gruesas paredes de Wildamar. Octavian Bernal había cerrado el Registro Carmesí después de que los Doce Grandes ratificaran la convocatoria, pero nadie abandonó su lugar ni mostró intención de dar por concluida la sesión. Sobre la gran mesa circular permanecían extendidos los mapas de las Montañas Negras de Kord-Zur, cubiertos por pequeñas piezas de madera, anotaciones, sellos y cordeles que indicaban rutas conocidas, puestos desaparecidos y territorios cuya situación ya no podía asegurarse.
Saya permanecía junto a Edrel y Lidaria en la zona reservada a los Testigos de Campaña. Desde allí alcanzaba a ver a Lance entre los demás integrantes del Veredicto Carmesí, ocupando el duodécimo lugar como si llevara toda la vida perteneciendo a aquel círculo. El contraste continuaba resultándole extraño: había compartido caminos embarrados con él, había discutido a su lado junto a fogatas miserables, lo había visto dormir cubierto por una capa después de jornadas agotadoras y había aprendido a reconocer cuándo sus ojos miel escondían preocupación detrás de una sonrisa. Allí, sin embargo, aparecía rodeado por once guerreros cuya sola presencia explicaba por qué el alto mando reservaba aquella designación para situaciones donde una derrota podía arrastrar consigo ciudades, reinos o algo todavía peor.
La conversación acerca de Kord-Zur había dejado demasiadas preguntas abiertas. Rolmar había señalado que Lance, Saya, Edrel y Lidaria formaban el grupo más adecuado para avanzar sin estandartes hacia las Montañas Negras, y Feliana había dejado claro que la Rosa no podía resolver aquella búsqueda enviando decenas de miles de hombres por caminos que el Cráneo Arcano y las fuerzas infernales detectarían desde gran distancia. La propuesta estaba sobre la mesa, respaldada por quienes gobernaban la Orden, pero Saya había percibido desde el primer instante que no todos los miembros del Veredicto la habían recibido con la misma aceptación.
Velissa Veyne fue la primera en hacerlo visible.
La Guardia Glacial se separó de su posición con una elegancia y apoyó el extremo de su bastón de cristal sobre la piedra. No hubo golpe ni desafío en el gesto, aunque una fina bruma azul recorrió por un instante las vetas transparentes del arma antes de apagarse. Su cabello plateado, atravesado por reflejos azulados bajo las lámparas del Cónclave, caía sobre una túnica reforzada con filamentos rúnicos y piezas ligeras de armadura; su belleza habría resultado serena de no ser por aquellos ojos celestes que observaban la mesa con la frialdad de un lago antes de una tormenta de invierno.
—Antes de que el Cónclave levante esta sesión, presento una objeción formal.
Nadie pareció sorprendido.
Rolmar se volvió hacia ella y apoyó ambas manos sobre la mesa. No había irritación en el rostro del viejo coronel, sino la atención de alguien que había dirigido suficientes guerras para saber que una duda expresada a tiempo podía salvar más vidas que una obediencia silenciosa.
—Habla.
Velissa inclinó la cabeza.
—Mi objeción no es contra Fireforge —aclaró —. Si el Cónclave considera que debe encabezar la avanzada hacia Kord-Zur, no discutiré esa elección.
Sus ojos se desviaron hacia Saya, Edrel y Lidaria.
—Mi objeción son ellos.
El aire de la sala cambió sin necesidad de que ninguna magia se manifestara. Edrel dejó de apoyarse con descuido sobre una pierna, Lidaria elevó un poco el mentón y Saya sintió que algo pesado descendía dentro de su estómago.
Rolmar no intervino.
Velissa continuó.
—No cuestiono que hayan combatido a nuestro lado. Tampoco niego que sobrevivieran Ghalmora Vhal-Karun ni que hayan sido útiles durante esa campaña. Pero no estamos hablando de acompañar una patrulla por territorio conocido ni de escoltar una caravana entre fortalezas. Estamos hablando de una reliquia primordial.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
