La diana resonó sobre Ghalmora antes de que el sol terminara de superar el horizonte, propagándose entre las tiendas de la Vigésima y la Vigesimoprimera con un tono grave que despertó incluso a quienes apenas habían conseguido dormir unas pocas horas. La oscuridad no había desaparecido del todo y el cielo seguía cubierto por aquellas nubes púrpuras y cenicientas que parecían formar parte permanente del desierto, aunque ya había suficiente claridad para distinguir a los soldados desmontando tiendas, cerrando arcones y preparando animales de carga.
Las órdenes habían comenzado a circular mucho antes del amanecer. XX y XXI abandonarían aquella posición para ocupar una elevación rocosa al este, elegida por Isodela porque ofrecía suelo más firme, dos accesos principales y una ruta por la que XII y XIII podían llegar desde el oeste sin atravesar las regiones donde Madibel había detectado mayor presión espiritual.
Sin embargo, los soldados rasos no conocían todos los detalles. Después de la traición de Paldon, rutas, horarios y movimientos completos se habían convertido en información restringida incluso dentro de las propias legiones, pues los altos mandos habían comprendido de la peor manera que una orden interceptada o un itinerario conocido por la persona equivocada podía condenar a miles.
Aquella prudencia alimentaba inevitablemente los rumores.
Algunos legionarios aseguraban que marcharían contra las Legiones Perdidas sin esperar refuerzos. Otros sostenían que Isodela había recibido durante la noche una nueva comunicación desde Wildamar y que todo el plan había cambiado, mientras que unos pocos juraban haber visto al teniente Fireforge entrar en la tienda de mando acompañado por una nigromante, un semielfo y una druida.
Ese último rumor había provocado un efecto inesperado.
Fireforge estaba allí.
Y donde se encontraba Fireforge, tarde o temprano aparecían XII y XIII.
A lo largo de las filas podían escucharse comentarios pronunciados en voz baja mientras los cabos trataban de mantener la atención sobre el desmontaje. Nadie afirmaba que la presencia de otro teniente fuera garantía de supervivencia, mucho menos dentro de Ghalmora, pero incluso entre veteranos resultaba imposible ignorar el peso de ciertos nombres.
El paladín no oyó ninguno de aquellos comentarios. Había despertado antes de la diana.
Desde que abrió los ojos tenía una sola idea en la cabeza y, cuando terminó de colocarse la armadura, salió hacia la tienda de Isodela sin esperar a que Edrel, Lidaria o Saya despertaran por completo. No pensaba permitir que ella confundiera movimiento con sacrificio. No después de saber lo que Paldon había intentado hacer.
Isodela se encontraba en el centro de su tienda cuando Lance entró.
La inquisidora ya había colocado buena parte de su armadura de batalla. Las placas de metal celestial color marfil cubrían piernas, brazos y torso, mientras los rebordes plateados reflejaban la luz de las lámparas con un resplandor pálido que contrastaba con la larga cabellera negra cayendo libre sobre su espalda.
No llevaba todavía la capa.
Tampoco había terminado de ajustar una de las correas posteriores del peto.
Intentó alcanzarla una vez y frunció el ceño al notar que parte de su cabello había quedado atrapado bajo el cierre.
Lance se detuvo apenas unos pasos detrás de ella. Durante un instante no vio a la inquisidora de Ghalmora.
Vio a una joven sargenta sentada sobre una piedra muchos años atrás, maldiciendo porque una correa de su primera armadura pesada se había roto durante una campaña.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
