Los caballos avanzaban con todo cuanto podían ofrecer sobre la arena oscura de Ghalmora Vhal-Karun, aunque ninguno de los jinetes necesitaba mirar hacia atrás para saber que habían dejado atrás algo más que un camino. Desde el instante en que cruzaron las antiguas estructuras de piedra que marcaban el límite de aquellas tierras, el mundo pareció volverse más pesado, como si cada respiración tuviera que atravesar antes una capa invisible de ceniza y recuerdos.
Veinte años habían transcurrido desde la caída de las tres legiones perdidas, pero el desierto no había olvidado. Ghalmora ya no era sólo una extensión de arena bajo un cielo inmenso; se había convertido en una herida abierta sobre Gortarnar, un lugar donde la guerra de antaño parecía haberse negado a terminar.
Las dunas que en otros tiempos habían sido doradas mostraban ahora tonos negros, violetas y rojizos, semejantes a ceniza mezclada con sangre antigua. La arena se movía incluso cuando el aire permanecía quieto, deslizándose en pequeños remolinos que nacían sin causa aparente y se deshacían unos pasos más adelante, como si algo bajo la superficie respirara despacio.
Los viajeros de los asentamientos cercanos contaban historias acerca de aquel movimiento. Algunos aseguraban haber oído órdenes militares surgir debajo de sus pies durante la noche; otros hablaban de gritos, lamentos o nombres pronunciados por voces que no pertenecían a nadie vivo. No todos eran fantasmas en el sentido que Saya conocía, pues algunas muertes dejaban algo distinto detrás: ecos sin voluntad, recuerdos impresos con tanta violencia sobre un lugar que podían repetirse durante décadas sin que existiera ya un alma consciente detrás de ellos.
El cielo tampoco conservaba su antiguo color. Nubes delgadas de gris enfermizo y púrpura permanecían suspendidas incluso en jornadas despejadas, y la luz del sol atravesaba aquellas capas con un resplandor debilitado que hacía brillar fragmentos de arena vitrificada como pequeños pedazos de cristal oscuro.
Lance mantenía la mirada sobre el horizonte mientras cabalgaba. Conocía viejos mapas de la zona, había estudiado informes militares y escuchado durante años relatos de veteranos que todavía hablaban de Ghalmora con la voz baja, pero ninguna descripción podía prepararlo para la sensación de estar entrando en una tierra que parecía recordar a cada hombre y mujer que había muerto sobre ella.
Fue entonces cuando buscó una referencia que debería haber estado allí.
—El Coloso Dormido...
Edrel giró la cabeza hacia él.
—¿Qué?
Lance señaló hacia una serie de formaciones rocosas que se alzaban al norte.
—Había una montaña allí. Se veía desde casi cualquier ruta occidental.
Lidaria entrecerró los ojos.
La formación no había desaparecido por completo, el Coloso Dormido se había partido.
La enorme silueta rocosa que durante generaciones había servido a comerciantes, soldados y nómadas como referencia natural estaba abierta en dos, como si una fuerza surgida desde las profundidades hubiese quebrado su centro. Grandes placas de piedra yacían desplazadas decenas de metros respecto de su posición original, y varios surcos atravesaban la arena alrededor de ellas.
Runas antiguas permanecían grabadas sobre algunos fragmentos. Buena parte estaba erosionada, pero unas pocas conservaban un brillo apagado, enfermo, que aparecía y desaparecía bajo la superficie de la roca.
Edrel silbó por lo bajo.
—Eso no lo hizo el viento.
—Ni una tormenta —respondió Lance.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasyDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
