La primera lluvia de flechas descendió sobre Lance, Isodela y Brokhan con una densidad capaz de borrar por completo el cielo de Ghalmora. Miles de astas ennegrecidas y proyectiles de hueso atravesaban el aire formando una bóveda mortal sobre los tres tenientes, mientras las runas verdes grabadas a lo largo de cada flecha palpitaban al mismo ritmo que la necromancia extendida bajo el Cementerio de las Legiones Caídas.
Lance adelantó su escudo y dejó que el fulgor dorado se extendiera sobre la superficie hasta formar el dragón plateado. Isodela hundió el extremo del Cetro de Veritas en la arena y trazó alrededor de su caballo un círculo de juicio cuyas runas comenzaron a cerrarse sobre ellos, mientras Brokhan descendía el cuerpo sobre su montura y afirmaba ambas manos alrededor del mango de su hacha.
Los tres sabían que sus defensas podían reducir la matanza, pero ninguno se engañaba respecto de la cantidad que estaba cayendo sobre ellos. Aquella descarga no pretendía hostigarlos ni obligarlos a retroceder; había sido calculada para borrar a tres tenientes del campo antes de que sus legiones pudieran reaccionar y repetir así la misma doctrina que veinte años atrás había condenado a los comandantes de XXXI, XXXII y XXXIII.
Isodela alzó Veritas y el círculo bajo su montura creció algunos pasos.
—¡Mil veces maldita seas, Kardatmatsu!
Una risa femenina llegó desde las filas de los muertos y se mezcló con el silbido de las flechas. Gwyneira permanecía lejos todavía, pero su voz atravesó la depresión con una claridad sobrenatural.
—¿Creísteis de verdad que una bandera iba a salvaros? La Rosa nos enseñó hace veinte años cuánto valen sus juramentos cuando llega la hora de morir.
El resplandor violáceo que acompañó aquellas palabras llamó la atención de Saya.
La nigromante continuaba detrás de la segunda línea junto a los círculos arcanos cuando sintió que algo se retorcía dentro de la voz de Gwyneira. No era la estructura verde que había reconocido como obra de Kardatmatsu, sino una energía diferente, más cercana a una emoción convertida en hechizo que a la fría arquitectura de la necromancia.
No tuvo tiempo para estudiarla.
Las flechas estaban demasiado cerca.
Saya clavó el bastón de hueso blanco en la arena y extendió ambas manos hacia el cementerio.
—No.
Edrel volvió hacia ella la mirada.
—¿No qué?
Saya apretó los dientes cuando intentó apoderarse de los restos enterrados delante de los tres tenientes y descubrió que la mayoría no le respondía. Los huesos de los antiguos legionarios estaban inscritos dentro de la red de Kardatmatsu y la Reina de los Huesos había reclamado cada vértebra, cada costilla y cada fragmento de cráneo como parte de su escritura funeraria.
La resistencia le hizo arder los dedos.
—No son tuyos todos —gruñó Saya.
Hundió su percepción más profundo, debajo de los legionarios de la Rosa había otros muertos.
Viajeros anteriores, destias del desierto, restos olvidados mucho antes de la última gran batalla y fragmentos óseos tan rotos que Kardatmatsu no los había incorporado a su jerarquía.
Saya encontró también residuos funerarios adheridos a la arena: no almas conscientes ni espíritus completos, sino ecos vacíos dejados por incontables muertes, impresiones tan débiles que ya no podían recordar nombres, rostros ni deseos.
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Las Reliquias Primigenias: La Esfera de los Planos
FantasiDurante eones, las fuerzas del bien y del mal han luchado por el control de Avador, la gran rueda universal que conecta los innumerables planos de la creación, desde las cumbres celestiales hasta los abismos más oscuros. En el origen del universo, l...
