Volumen II. 7. The Handler

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Retiro lo dicho, fue apresurado decir que confiaba en Cinco.

Estábamos plantados fuera de la entrada del hotel, él al lado de mi hombro y ambos mirando directamente a esa extraña bola de fuego azul brillante que ya la identificaba como un portal.

¿Eso tendrá que ver con su madre?

Era demasiado raro. Es más, no sabía si era mi percepción o... El tiempo verdaderamente se había relentizado.

Miré a mis alrededores, la luna estaba en su punto más alto y nada parecía ser normal desde que el portal apareció. Los semáforos de la calle llevaban un rato sin cambiar de color, como si se hubiesen congelado. No pasaban autos, ni personas —aunque sí, debían estar dormidos—, ni siquiera animales callejeros o moscas, lo que fuera. Y lo peor, es que tampoco nadie había salido a quejarse del estruendoso sonido del portal.

Era como... Si en este momento... Sólo existiéramos nosotros tres.

Como si esa extraña anomalía azul hubiera creado un espacio temporal única y especialmente para nosotros.

Eso es nuevo.

Y nuevamente, raro.

—Cinco... — me dirigí a él, apartando un mechón de mi cabello que revoloteaba por el incesable torbellino del extraño portal —. ¿Estás seguro de que esto es una buena idea?

Su cabello, de igual forma al igual que su roba, revoloteaba con el aire. Incluso tenía los ojos entrecerrados para evitar el polvo.

—Sinceramente... No — confesó —. Por algo lo llamé plan desesperado.

—¿Me tendría que preocup..?

—¡Pero si es mi hijo!

De pronto, habló una cálida voz femenina —de la que me dio un ligero cosquilleo de familiaridad—, y para cuando ambos volvimos a voltear al frente, estaba la silueta de una persona frente al portal que iba desvaneciéndose poco a poco.

Entrecerré los ojos tratando de enfocar mi vista miope para identificar aquella silueta pero una maldita lámpara de calle que la reflejaba de espaldas sólo actuaba más como una sombra en ella, pero al menos pude divisar su larga gabardina negra de piel atada con un cinturón, sus manos cubiertas por unos guantes también negros con los que sujetaba un maletín a su costado. Los elegantes tacones rojos... Las gafas oscuras y un sombrero elegante del mismo color que le tapaba media cara pero que al menos me dejaba ver un poco de su cabello... Blanco.

¿Blanco?

Quise creer que la estaba confundiendo con alguien, pero al volverla a repasar, seguía confirmando que tenía el mismo cabello blanco, corto y ondulado... Y mientras más analizaba, cada señal era peor que la anterior: la voz dulce, los increíbles vestuarios, la forma tan elegante y femenina de actuar, la sonrisa encantadora...

No... No podía ser ella.

—Madre — oí que saludó Cinco de vuelta.

La mujer seguía en esa pose recta, sujetando el maletín con ambas manos frente a ella. ¿Qué guardaría ahí..?

—Vaya, vaya, esto... Sí que es una sorpresa, lo admito — añadió ella. Su tono de voz generándome un cosquilleo incómodo —. Hace mucho que no oía esa palabra viniendo de tu voz, es más, hace mucho que no sabía nada de mi querido hijo.

—No te emociones, estaba siendo sarcástico — sonrió con una de esas sonrisas que identificaba muy bien como sarcásticas, irreales.

Ella emitió un «Oh» desilusionado, aunque daba la impresión de no estarlo realmente.

The HargreevesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora