Volumen II. 21. Primer amanecer

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T/n

Una sensación cálida hace abir mis ojos lentamente. Con mi mejilla reposada sobre la almohada y mi mano sobre el colchón, cerca de barbilla, parpadeo para acostumbrarme a la luz solar que se cuela desde la ventana.

La luz me recuerda a mi habitual costumbre de dejar la cortina abierta durante las noches para observar la luna antes de dormir. Tal como lo hacía todas las noches cuando era una adolescente. Como lo hacía en este mismo lugar.

Algo que se perdió y extrañé mucho hacer durante todos mis años de servicio en la Comisión, pues nuestras habitaciones no tenían ninguna ventana y no eran tan espaciosas como lo era aquí.

A pesar de que nunca me agradó el ambiente de esta habitación, esta casa en general... Ahora lo percibí diferente.

No percibí esa sensación de encierro, obligación, acciones robóticas que normalmente sentía. Me sentí extrañamente libre y cómoda a pesar de que era el mismo lugar que esas veces.

Me incorporé sobre la cama y me tomé el tiempo de estirarme y emitir un bostezo, e inevitablemente mi mirada volvió a la ventana, sintiendo de inmediato el recuerdo de la versión adolescente de Klaus sentado en el borde de la ventana, sacando por ahí el humo de su cigarro, pasando conmigo y a escondidas esos días de encierro por mi castigo

Y luego, la versión adolescente de mí —en edad mental— riéndose con él de la conspiración malvada a una vecina y su perrito.

El recuerdo era tan vívido y claro que no pude evitar sonreír al recuerdo de nuestras figuras jóvenes disfrutando en ese espacio que ahora estaba vacío.

Esa era la clase de recuerdo que atesoraba de mi juventud y mi vida en este lugar.

Me levanté finalmente de la cama e intercambié mi pijama —que también tenía el logo de la Academia— por el uniforme, pues evidentemente no había nada más en el armario. Ni siquiera me sorprendía. Ahora estaba intentando alisar un poco mi pelo hecho nudos cuando entonces detecté un aroma peculiar colándose desde la puerta:

Comida.

Que extraño, ¿Cinco sabe cocinar así de bien?

Debe ser él, Klaus se marchó poco después de charlar en la salita con los cuadros y, claramente, Liv está descartada.

Con curiosidad y con un gran apetito a flote, dejé el cepillo en la mesita de noche y salí de mi habitación. Para cuando bajé el último escalón y me dirigí a la cocina, me encontré con algo muy cómico, a decir verdad.

En la mesa estaban Liv, Pogo y Cinco. La primera jugaba con los lentes de Pogo y este se reía, Cinco los miraba de vez en cuando porque estaba leyendo un libro sobre relatividad mientras bebía —obviamente— una taza de café. Y al último, pero no menos cómico, estaba Luther —pensé que ayer se había marchado, pero pareciera que durmió aquí— y estaba cocinando homelets con uno de los mandiles que solía usar mamá, sólo que se veía diminuto en comparación con sus grandes músculos.

—A ver, chiquilla, acomódate que aquí está tu plato — le dijo a Liv, que de inmediato dejó los lentes en la mesa y se acomodó para recibir la homelet humeante en su plato directamente desde el sartén que Luther le estaba acercando.

Y en eso él levanta la mirada y me ve plantada a la orilla de la entrada, probablemente topándose con mi cara perpleja. Pero él tenía esa expresión de sentirse de repente juzgado por mí.

—Esto sí es novedoso — consigo articular, sorprendida.

Todos me voltean a ver ahora que he hablado pero Liv es la que sonríe y me saluda entusiasmada con la boca llena de comida.

The HargreevesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora