19. El tren. Segunda parte

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Corrí tan rápido como pude, y para cuando estuve por llegar a la puerta cerrada del vagón donde estaban mis hermanos junto con los encapuchados, una onda expansiva sumamente poderosa me arrastró con fuerza hacia atrás para dejarme tendida sobre el piso. Casi al mismo tiempo en que la onda explotó, unos segundos antes, Cinco apareció en el aire desde un portal de luz azul junto con mi hermano Diego. El primero parecía haber usado el teletransporte como escapada rápida a la... ¿Explosión?

Como sea, ambos habían caído casi sobre mí y ahora los tres nos sobábamos la cabeza con una mueca.

—¿Qué está pasan..? — quise saber pero inmediatamente obtuve respuesta.

—Vanya — contestó Diego —. La lunática acabó con todos y a duras penas pudimos escapar antes de que nos convirtiera en asado como aquellos desafortunados — con un dedo señaló la mancha de sangre que quedó impresa en la ventana de la puerta que sorprendentemente seguía cerrada.

—No me ha parecido escuchar ningún agradecimiento de tu parte por haber sacrificado lo último que quedaba de mi energía salvándote el trasero — recriminó Cinco.

Diego ni se inmutó.

—Pues no lo esperes mucho porque ibas a salvarme de todas maneras, hermanito.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? — entornó los ojos.

—Porque si no lo hubieras hecho, mi queridísima T/n se habría enfadado mucho contigo y... Eso a tí no te conviene, ¿O sí? — mi hermano lo miró con una sonrisita triunfante.

No tenía tiempo para esto. Me puse de pie y me dirigí a toda velocidad a donde Vanya.

Joder, la habitación se había convertido en todo un espectáculo vívido de una película de terror. Los cuatro cuerpos inertes de los terroristas estaban pegados a las paredes por tal inercia de la fuerza, con los ojos derretidos y derramando líneas de sangre al igual que por la nariz. Había salpicado sangre por doquier, pero sin duda eso no era lo peor. Mi hermana estaba de espaldas a mí, al centro de todo, rígida y probablemente ida.

—¿V-Vanya..?

Por el movimiento que sentí, supe que los chicos se habían acercado para presenciar juntos el momento escalofriante en que nuestra hermana se dio lentamente la vuelta hasta estar de frente a nosotros. Su expresión era neutra, sus ojos blancos, su piel exageradamente pálida, y además, su ropa y partes de su piel inhumanamente blanca contrastaban perfectamente la sangre que le había salpicado durante todo el espectáculo.

La miré atónita. No, la miramos atónitos, y aún así la palabra se quedaba corta.

—¿Estás bie..? — traté de acercarme a ella pero de pronto pareció reaccionar con mi voz, que la palidez y el color de ojos desaparecieron de golpe volviendo a su tono normal, la gravedad de su poder se había restaurado por lo que los cuerpos cayeron sin límites al suelo. También algo en su expresión pareció haber cambiado, su semblante ya no era tenebroso y frío, sino consciente y algo tímido, que cuando miró a los alrededores y luego se miró las manos, su expresión pasó de ser terrorífica a temerosa.

—Y-Yo... — tartamudeó sin ser capaz de digerir la situación.

Entonces supe lo que tenía qué hacer. Acorté las distancias y la abracé sin importarme nada, de su suciedad o de si pudiera atacarme de repente al no estar completamente en sus cinco sentidos, lo único que de verdad importó fue el sentir cómo su chispa interior iba relajándose al contacto con el calor de mi pecho.

—Estarás bien, no hay de qué preocuparse — le aseguré con el tono más suave que pude vociferar.

—Díganme por qué dejamos a Vanya encargarse de ellos — replicó Diego aún pasmado —. ¡Debimos haberla dejado encargarse desde el principio!

The HargreevesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora