14. Siempre caminamos sobre una línea muy delgada

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Estábamos terminando de hacer un par de fotos con papá junto a unas cuantas personas importantes que nos contactaron para charlar y hacer tratos. La verdad no me interesaba mucho lo que acordara Reginald con aquella gente tan influenciante. Me limitaba a hacer lo que dijese porque Cinco tenía razón: sólo lo teníamos a él para subsistir y si no estábamos de acuerdo podríamos irnos en un futuro en el que seamos mayores y capaces de cuidarnos por nosotros mismos.

El asunto era que, como era de esperarse, estaba enfadado con nosotros. En especial de Luther y Diego por la escenita que montaron la otra vez. Debí hacerle un retrato a la cara de cachorrito que Luther puso cuando su muy respetado padre le recriminó en cuatro idiomas lo decepcionado que estaba de él. Hasta yo me sentí mal de mi hermano por más idiota que lo considerara.

En la enorme y elegante mansión de algún empresario-amigo de Reginald que quería trabajar con él, decidí disfrutar de la ceremonia y de la exquisita comida que daban y olvidarme por un segundo de todos estos problemas que se juntaron en una sola vez.

Primeramente fui a la mesa de aperitivos, tomé un par de sándwiches exqusisitos y caminé lejos de la gente y la atención. Exploré los pasillos llenos de pinturas exóticas que coleccionaba el dueño pero me decidí salir al balcón a respirar aire fresco y comer con mejor tranquilidad. Una que otra luciérnaga de la noche revoloteaba cerca de mí que me pareció relajante observar su brillo, verla volar con tal despreocupación y fluidez.

«A veces quisiera ser una luciérnaga...» ese loco pensamiento surcó mi mente mientras la observaba y le daba un mordisco a mi sándwich.

Mentiras...

Creencias equivocadas...

Misterios...

¿Qué más había que yo no sabía de mi propia familia?

Si me habían ocultado un hecho que marcó mi vida o mi muerte me esperaba que me ocultaran cualquier otra cosa. Pero aún no podía descifrar el por qué de no habermelo contado.

—¿Disfrutando la vista?

Me hubiera espantado por milésima vez de no ser por que lo había sentido llegar. Será porque es la primera vez que llega a mí sin tener que teletrasportarse.

—No, mas bien pensando — murmuré sin mirarlo. Seguía admirando la luciérnaga que se había parado en una de las hojas de una muy bonita planta frente a mí.

Cinco se sentó también.

—Pues parece que llevas haciéndolo un rato — declaró —. No es bueno sobrepensar demasiado.

Justo ahí me devolví a él.

—¿Además de entrenador también eres mi consejero? ¿En qué momento firmé atención premium? — solté con sarcasmo, pero nunca escuché su risa.

—¿Por qué tanta hostilidad cada que me acerco a tí? Nunca te he hecho daño.

—Excepto la paliza de cuando te conocí.

—Excepto la paliza de cuando me conociste — asintió y me pareció que esta vez esbozó una pequeña sonrisa pero no me volteé para confirmarlo —. Te he dicho que quiero volver a empezar, todos cometemos errores en el principio ¿No es así?

—No sé por qué querrías hacerlo conmigo, simplemente... ¿Qué tengo yo como para que quieras acercarte de nuevo cada que intento alejarte una y otra vez?

No me respondió inmediatamente, fue por eso que volví a mirarlo. Estaba a dos metros de mí, muy obedientemente, pero me parecía que reflexionaba sobre ello.

—¿Qué? Me acabas de decir que no es bueno sobrepensar.

—Tienes razón, ¿Por qué mejor no te lo demuestro?

The HargreevesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora