CAPÍTULO 42

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IVY.

Me lo merecía, claro que sí. ¿Qué sucede contigo, Ivy? ¡¿Por qué le hiciste eso?! Ahora, ¿siquiera me dará otra oportunidad?

Luego de la discusión, regresé a casa, me cambié y ahora estoy en camino a la casa de mis padres. Los mensajes de Celine no se detenían, no abrí ninguno; sabía que ya se había enterado y lo único que no quería, era confrontarla.

El vehículo se detuvo frente a la impotente casa y, sin antes pagarle al taxista, me bajé, cerrando la puerta detrás de mí. Me paré en seco, contemplando la estructura majestuosa frente a mí que mis padres habían construido con su fortuna.

Con pasos lentos, ingresé a la casa solo para no encontrarme con nadie. El silencio era inquietante y los objetos de lujo que me rodeaban, solo eran para llenar el vacío que quedaba si ellos no estaban. Solté un suspiro, y como de costumbre, subí las escaleras que me llevarían al segundo piso.

Sin visitas, todos estábamos aislados, dejando este edificio como un simple espacio carente de recuerdos y sin la esencia de un hogar.

Al llegar al final de los escalones, me dirigí de inmediato a la habitación de mis padres. Me detuve frente a la puerta y coloqué mis manos sobre el manubrio; mis palmas se sintieron heladas al tocarlo. Lo giré y abrí la puerta solo para encontrarme a mi papá recostado en la cama, mirando su celular con unos lentes que lo hacían parecer más viejo.

La edad lo consumía lentamente; las canas comenzaban a asomarse, mezclándose con su cabello negro y en la orilla de sus ojos, se notaban las ligeras marcas de envejecimiento, pero a pesar de todo, no se veía tan mal para su edad.

—Papá —lo llamé para que me volteara a ver. Él levantó la vista de inmediato y cerré la puerta tras de mí.

—¿Qué haces aquí? —sus palabras resonaron en un tono de desagrado, como si no le gustaba mi presencia. Le sonreí en cuanto apagó su teléfono, dejándolo a un lado. Palmeó el espacio vacío a su lado, invitándome a sentarme junto a él.

—Solo vine a visitarte —dije, mientras me sentaba en la cama, quitándome los zapatos y cruzando las piernas para mirarlo de frente —. ¿No está mamá? —pregunté con antelación, no me gustaba lo directa y humillante que podía ser.

—Dijo que iba a hacer algunas compras —hizo una pausa, ojeándome, como si tuviera la sospecha de que tenía algo que contarle —. ¿Por qué preguntas? ¿Sucedió algo? —solté un suspiro y asentí con la cabeza.

Me acerqué aún más a él y recosté mi cabeza sobre su hombro. Quizás, si no lo miraba directamente, podría ser más honesta y contarle sobre mi situación actual con Lorena.

Sentí mi respiración volverse más pesada y al presentir que él sabía que iba a hablar de ella, comencé a ponerme nerviosa. Mi corazón se aceleró, latiendo con fuerza contra mi pecho. Era una sensación inquietante, pensar que solo mencionar el nombre de alguien podía causar un efecto profundo en mí.

Tragué saliva, preparándome para decirle la verdad; siempre sentí que él era más comprensivo.

—Tuve una discusión con alguien que me importa mucho —hice una pausa y de reojo, vi cómo asentía, indicándome con un gesto de que me estaba prestando atención.

—¿Y cómo te sientes tú al respecto? —mi nariz comenzó a picar, avisándome de la llegada de posibles lágrimas.

¿Que cómo me sentía? ¿Cómo crees tú que me voy a sentir si la persona que amo me ha dicho que me odia? Que no me preocupe por ella, que no me entrometa en su vida...

—Ella parece odiarme por eso —solté, afligida.

—¿Ella? —me levanté de su hombro, volteándolo a ver con inseguridad.

Inevitablemente TuyaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora