CAPÍTULO 30

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LORENA.

Sin poder evitarlo, solo un par de días después de mi viaje, decidí venir al trabajo de Ivy. Quería creer que tenía una gran probabilidad de encontrármela.

Di un paso hacia adentro de la cafetería con gran entusiasmo, mirando directamente hacia el mostrador. Sin embargo, al darme cuenta de que estaba alguien más que no era Ivy, detuve mis pasos en seco. ¿No está...?

—¡Hola! —un hombre se me acercó con una amplia sonrisa y se lo devolví con lo que me quedaba de ánimo —. No tengas pena, entra.

—Es que estaba buscando a alguien —susurré, casi inaudible.

—¿A quién buscas? —preguntó, inclinándose ligeramente hacia mí como si me quisiera ayudar.

—A Ivy Nowak, pero parece que no está, así que... —di un paso hacia atrás con la intención de marcharme, pero su mano se posó en mi hombro, deteniéndome y volteé a verlo sorprendida.

—Tienes suerte, aún no se ha ido. ¿Quieres que la llame por ti? —esas palabras sonaron como músicas para mis oídos y asentí emocionada.

—Por favor.

—No hay problema. Por mientras, puedes esperar en una de las mesas.

Le hice caso, viendo cómo desaparecía de mi vista. Me acomodé en una silla y saqué mi celular, revisando mis notificaciones con tal de distraerme. Pasaron varios minutos antes de que sintiera un toque ligero en mi espalda. Me giré con una enorme sonrisa, anticipando que era ella y así fue.

—¿Qué haces aquí? —vociferó, con una expresión de indiferencia y el ceño arrugado como si la hubiera interrumpido en algo.

—Solo estaba de paso y me acordé de ti —respondí, tratando de sonar casual.

—Ah —se arregló el cabello con las manos mientras miraba hacia otro lado, casi nerviosa —. ¿Te gustaría algo de beber?

—Sí, pero, ¿me lo pagarás?

—¡Que sí!

—Bueno, si es así, ve a ordenar algo que creas que me gustará.

—Ok —se dio la media vuelta, encaminándose hacia el mostrador y sonreí aún más.

¿Acaso no era tierna? Pobre cosita, le voy a gastar el salario. Luego de recibir su pedido, lo escondió detrás de su cuerpo y me hizo una seña con la mano para que me acercara.

—¿Qué me has conseguido? —cuestioné con curiosidad. ¿Me conocerá lo suficiente?

—Una malteada de fresa —dijo, extendiéndome la bebida.

Dejé que mis emociones no se apoderan de mis fracciones y fingí desinterés, haciéndola creer que no me gustaba para nada. Una expresión de confusión se apoderó de su rostro; parecía completamente desorientada.

—Pero es muy dulce como a ti te gusta, y tiene fresas —se excusó, cada vez más alterada.

—Lo sé, gracias —me acerqué y rodeé mis brazos alrededor de su cuerpo en un abrazo cálido.

—No hagas eso en público —susurró, empujándome hacia un lado y quedé gélida, cuestionándola con la mirada.

—Bien —contesté, desanimada. Ivy me entregó la bebida y se adelantó, caminando hacia la salida.

Sentí cómo mi corazón se estrujaba lentamente contra mi pecho haciéndome sentir mal conmigo misma. ¿Hice algo malo? La sensación de incertidumbre me consumía y no podía evitar preguntarme si estaba siendo demasiado melosa o si simplemente lo que hice fue extraño.

Inevitablemente TuyaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora