CAPÍTULO 12

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LORENA.

Luego de que el ambiente se calmara un poco tras la reacción de Celine a Eliot, comencé a ayudar a Ivy con los churros.

—No estás haciendo nada —me reclamó la pelirrosa, visiblemente fastidiada por mi presencia.

—Esto es muchísimo mejor a solo quedarte mirando, ¿no? —me di la razón mientras ella se encargaba de sacarlos del sartén caliente colocándolos en un plato usando la toalla de cocina para absorber el exceso del aceite.

—Yo puedo hacer eso y no necesitaría de tu ayuda —comentó, haciendo referencia a que yo estaba secando los churros con las toallas  —. ¿Y por qué me mirarías? —preguntó, dirigiendo su mirada hacia mí por unos segundos esbozando una ligera una sonrisa.

—Tss —rodeé los ojos con fastidio —. Mis ojos miran a donde le den la gana y si yo te quiero mirar a ti, es mi decisión, Rosita —Ivy arrugó el ceño de inmediato y abrió la boca para objetar, pero al final no dijo nada. Se me escapó una risilla y negué divertida —. ¿Te comí la lengua o algo?

—Eh... —apartó la mirada y se enrolló los labios pensativa, al parecer.

—Voy al baño —le avisé, sintiendo la necesidad de justificarme.

Dejé la toalla de cocina cerca de la estufa, por si lo llegase a necesitar y me marché sin decir nada más.

Mientras caminaba por el pasillo que me llevaba al baño, no pude evitar maldecirme mentalmente.

¿Rosita? ¿En serio, Lorena?

Pero es que su aspecto es tan encantador. Se ve tan tierna con esos mechones rosas y sus mejillas ligeramente enrojecidas que no puedo evitar compararla con una fresa tierna que apenas está adquiriendo color.

Luego de jalar la cadena del inodoro, salí del baño y di un respingo al ver a alguien parado observándome detenidamente.

—Me vas a dar un maldito infarto por el amor de Dios —exclamé, poniendo mi mano en el pecho.

Rosita sonrió como si fuera precisamente eso lo que estaba intentado.

—Mencionar el nombre de Dios y maldecir al mismo tiempo... es un descaro de tu parte.

—Ah —asentí lentamente avergonzada, recordando que su familia es creyente —. Perdón.

—¿Siempre tienes que maldecir cada que abres la boca? —dijo, recostándose en la pared mirándome fijamente y copio su acción ubicándome frente a ella.

—¿Y cada que tú me miras tenés que hacerme mala cara, Rosita? —pregunté, inclinando mi cuerpo hacia el suyo y suelta un bufido.

—No soy, "Rosita" —rodó los ojos acercando su rostro al mío —, dime Ivy.

Sonreí divertida y aprovechando su cercanía, no pude evitar detallarla mejor. Sin duda alguna, para mí, era una rosita. 

Mi mirada se posó en los pequeños aretes que llevaba en las orejas y entrecerré los ojos para verlos mejor. Analicé la diminuta figura y cuando me di cuenta de lo que era, sonreí.

—Una fresita.

—¿Qué? —Ivy frunció el ceño alejándose confundida y dejando un espacio más amplio entre nuestros rostros.

—Tus aretes, son fresitas. Ahora tengo una excusa para decirte Rosita, ¿no?

—No —replicó secamente mirándome de reojo con cara de asco y le devolví el mismo gesto cruzándome de brazos.

—Por suerte me vale mie... —me fulminó con la mirada y me callé enseguida —Que diga, ni me importa tu opinión. Por cierto, ¿qué querías?

—¿Cómo? —volvió a cuestionar la más sorda e hice la buena acción de repetirle lo dicho.

Inevitablemente TuyaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora