La llegada al aeropuerto de Génova fue un desastre. Nada más pisar el aeropuerto me informaron de que era posible que mi maleta se hubiera ido a Argentina. ¡¿Argentina?! Los puse a caer de un burro y les exigí mi maleta roja de inmediato o denunciaría aunque la policía no pudiera hacer nada.
- Cálmese, señorita. Hacemos lo que podemos -me informó un hombre de unos cincuenta años con uniforme y un micrófono en la boca enganchado a su oreja derecha.
- ¡Quiero mi maleta! -empezaba a sonar como una cría de siete años la cual hasta que no le compran lo que quiere no para de llorar. Pues yo parecía ser igual pero me daba lo mismo.
- Señorita Lombardo -me giré y me encontré con una mujer de mediana edad con el pelo rubio y el mismo uniforme que el anterior hombre-. Ha habido un error. Su maleta no se ha ido a ningún lado, aquí la tiene. Perdone por la confusión.
Me acercó con cuidado la enorme maleta roja que tenía a sus espaldas y se la quité como si fuera un paquete con miles de billetes de quinientos euros.
Tras murmurar un seco ''Adiós'', bajé por las escaleras mecánicas y vi a una señora algo mayor, probablemente más de sesenta y cinco, con un cartel en el cual estaba escrito ''Lombardo'' con letras mayúsculas y en negrita, por si era ciega.
Menos mal que vinieron a buscarme porque si tengo que ir yo al internado mugriento ese, creo que tengo otras cosas que hacer en mi lista de ''Cosas que hacer antes de ir al infierno''.
- Hola, yo soy Edith Lombardo -me presenté tal y como me pareció correcto, solté una de las maletas y le ofrecí la mano que ella aceptó con buena cara.
Era una señora muy elegante. Vestía un traje de falda de tubo negra y una chaqueta del mismo color aunque debajo de ésta se podía diferenciar una camisa blanca. Los zapatos de tacón eran también negros y su pelo rojizo estaba recogido en un moño alto muy bien peinado.
Y ni qué hablar de las joyas que esa mujer llevaba. Por ejemplo, un simple pendiente de los que llevaba me costaría seguramente mi riñón izquierdo y mitad del otro.
- Encantada, señorita. Yo soy Bianca Camilleri y soy la directora del Colegio Ancora -no se podía negar que aquella mujer tenía unos modales propios de la Casa Blanca.
- Qué bien -dije con fingido entusiasmo.
Detrás de ella iba un hombre de color que se presentó como Henry y dijo que era el chófer que nos llevaría al colegio. Vaya, con chófer y todo. ¿Es que era un colegio de ricos? Entonces, ¿qué hacía yo allí? Seguro que me intentarían hacer la vida imposible por ''pobre'' los estúpidos niñatos esos.
- ¿Nos vamos? -la directora me hizo un gesto con la mano, apartándose a un lado y señalándome la puerta para que pasara yo primero y ella detrás.
- Claro, Bianca.
- Por favor, llámeme Señorita Camilleri.
¡¿En serio?! Pero si de señorita tenía más bien poco, en todo caso seria señora, pero bueno, no iba a replicarle a esa mujer aunque no me gustara nada llamarla así pero tenía pinta de esas mujeres amargadas que te gritaban y te castigaban por nada. Sí, como esas profesoras que todo el mundo hemos tenido y que son insoportables. Mandonas, cascarrabias, tacañas y horribles. Pues igual.
- Disculpe -me detuve a mitad camino y la miré-. Señorita Camilleri, ¿podría ir a comprarme un paquete de tabaco? Hace horas que no fumo y...
- ¡Absolutamente, no! ¡no se permiten ese tipo de hábitos dentro del centro! -siguió caminando, está vez por delante y me situé a su lado con rapidez ya que Henry se había empeñado en llevar él mi equipaje.
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Merece la pena odiarte
Teen Fiction¿Qué pasaría si se juntase el fuego con el hielo? ¿la vida y la muerte? Lo mismo que si juntas a Edith Lombardo con Oliver Ferrara, su enemigo desde el primer día en el internado Ancora. Ella es una italiana dura, fría, casi sin sentimientos y harta...
