Un sonoro timbre resonó por todo el centro y me asustó tanto que me puse de pie enseguida.
- ¿Qué es eso? ¿la alarma del juicio final? -Alessia y Oly rieron a la vez ante mi broma y las dos se levantaron.
- Es la hora de la cena. Tenemos que ir ya o si no las puertas del comedor se cerrarán y no podremos entrar. ¡Y yo necesito comer! -Oly dramatizó su hambre y salimos de la habitación.
Fuera del dormitorio había muchísimas chicas más que salían como nosotras, en dirección al comedor. Algunas solas y otras con sus amigas, charlando, riéndose o hablando de alguna tontería de las que hablan las niñas pijas y mimadas.
Me dejé guiar por ellas, claramente, porque no sabía ni si quiera dónde estaban los baños. Era mi primer día en ese lugar y con la mala memoria que tenía me costaría bastante aprenderme este sitio de memoria.
También tenía que pedir el horario de las clases en recepción porque tampoco me habían dicho nada de aquello, las únicas que me avisaron del tema fueron mis compañeras de habitación. Ni si quiera tenía los libros de texto de las asignaturas porque resultó que eso también te lo daban al llegar, pero que como no me lo habían dado pues tendría que ir a hablar con la directora. Genial. El primer día y al despacho de la directora. Qué irónico.
Fuimos a la cocina que por lo que a mí respecta, era lo único pequeño de todo el internado. Aunque pequeño, pequeño, no era. La cocina podría ser como el primer piso de mi casa perfectamente así que ya os podréis imaginar cómo eran las otras salas.
Me fijé en mis compañeras y cogí una bandeja con varios compartimentos y cuando llegamos, una señora de pelo graso y nacionalidad asiática empezó a servir la cena. Espaguetis de primero, pechugas de segundo y una manzana para el postre. Oly le echó la peor mirada que pudo y tras repetir varias veces que tenía mucha hambre y que le echara más, tuvo que irse con lo puesto y se acabó.
Hacía como que no, pero me daba cuenta perfectamente de cómo me miraban incluso los profesores. Seguro que pensaban que vaya niñata rebelde con esos tatuajes, en contra del sistema. Solté una pequeña risotada y les mandé a la mierda mentalmente.
El comedor estaba a reventar de gente. Nunca había visto a tanta gente reunida en un comedor y justo cuando nosotras tres entramos, todo el bullicio se desvaneció y todos se giraron a mirarnos. Puse los ojos en blanco, ¿qué otra cosa iba a hacer?
- Bueno, esa chica del fondo todavía no se ha girado -dijo Alessia con una sonrisa, pero en cuanto dijo eso, la chica del fondo a la que se refería se giró y nos miró como los miles de alumnos-. Mierda.
Caminé seguida de todas esas miradas y cuando encontré una mesa vacía, me senté. Se me unieron Alessia y Oly que hartas, empezaban a elevar el tono de voz, preguntándole a la gente que qué era lo que miraban y que se centraran en sus asuntos.
Avergonzados, todos o casi todos apartaron las miradas y volvieron a sus cosas. Se lo agradecí porque no me sentía nada cómoda siendo observada por tanta gente. En serio, ¿no tenían nada mejor que hacer?
- ¡Hola! -una chica de pelo marrón casi rubio se sentó a mi lado y mis compañeras dejaron de comer para lanzarle una mirada con verdadera hostilidad. Me miró y me mostró sus blancos dientes en una amplia sonrisa-. Soy Sofía Mancini. ¿Eres la nueva, verdad? Encantada de conocerte.
Se acercó y me plantó dos besos, uno en cada mejilla y yo me quedé estupefacta. ¿Qué hacía? ¿otra con las confianzas?
Me aparté y la miré con el ceño fruncido.
- ¿Qué problema tenéis aquí con las confianzas? No nos conocemos.
La sonrisa se esfumó de su cara pero mis compañeras de habitación si que sonrieron.
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Merece la pena odiarte
Novela Juvenil¿Qué pasaría si se juntase el fuego con el hielo? ¿la vida y la muerte? Lo mismo que si juntas a Edith Lombardo con Oliver Ferrara, su enemigo desde el primer día en el internado Ancora. Ella es una italiana dura, fría, casi sin sentimientos y harta...
