—Ambrosía.
Escucho su voz apenas entro por la puerta. No hay eco. No hay apuro. Solo esa palabra.
Su palabra para mí.
El sonido me atraviesa como una corriente. Cierro los ojos un segundo antes de responder:
—¿Caius?
—En mi oficina. Ven.
Camino por el pasillo en penumbra, con la ropa aún pegada a mi cuerpo del recorrido por la universidad. El corset me aprieta justo lo suficiente para recordarme que existo. La falda corta baila con cada paso. La humedad entre mis piernas no es por el clima.
Cuando entro a la oficina, lo veo.
Sentado en su silla, detrás del escritorio de mármol negro. La chaqueta colgada en el perchero. Solo la camisa blanca, remangada, los primeros botones abiertos, el pecho apenas visible. El cabello revuelto. Las sombras le sientan como corona.
—¿Qué hiciste hoy?
—Fui a la universidad.
—¿Pensaste en mí?
—No.
Mentira. Y los dos lo sabemos.
—Acércate.
—¿Para qué?
—¿Siempre cuestionás órdenes? ¿O solo las que te excitan?
Me acerco. Lo odio. Lo deseo. No sé qué parte gana.
Cuando quedo frente a su escritorio, él ladea el rostro.
—Siéntate en mi regazo.
Mi estómago se hunde. No dice "por favor". No me pregunta si quiero. Solo me lo ordena, como si tuviera derecho a hacerlo.
Y lo peor es que mi cuerpo reacciona antes que yo.
Me siento en su muslo, de costado. La falda se sube. No llevo nada debajo. Solo las medias hasta el muslo. La piel desnuda sobre el pantalón de él. Lo siento endurecerse bajo mí.
Él no me toca aún. Solo me mira.
—¿Sabes lo que me haces, ambrosía?
—No quiero saberlo.
—Mentirosa.
Su mano sube por mi muslo. Sus dedos son firmes, decididos, sin temblor.
Rodea la curva. La aprieta. Se desliza por el centro.
Yo ya estoy mojada.
Lo siente.
—Dulce y lista para mí —murmura.
Desliza la tela a un lado.
Y me invade con un solo dedo.
Lento. Hasta el fondo.
Mi respiración se quiebra.
—Tan apretada —dice, como si fuera suya desde siempre—. Tan dispuesta.
Agrega un segundo dedo.
Me arqueo. Mi cuerpo lo traiciona.
—¿Así te abren ellos? —pregunta. Cruel.
—No hables de ellos —respondo entre dientes.
—¿Por qué no? —me embiste con los dedos. Duro. Rítmico—. ¿Te da culpa estar sentada en mi regazo, jadeando mientras te follo con los dedos?
Me agarro de sus hombros. Mi boca busca aire.
Él acelera.
Su pulgar encuentra mi clítoris. Lo frota con precisión letal.
—No te corras —ordena.
—No puedo...
—Sí puedes. Todavía no.
Siento el sudor en la nuca. El temblor en los muslos. La vergüenza en los ojos.
Pero él me sostiene. Me posee. Me devora con las manos.
Me susurra al oído:
—¿Sabes por qué te llamo ambrosía?
—No...
—Porque eres dulce, prohibida... y me vas a matar.
Y entonces:
—Ahora.
Mi cuerpo estalla. Me rompo en mil partes, temblando, con las piernas abiertas en su regazo. El orgasmo me arranca un gemido que no puedo callar.
Él no se detiene. Me lleva al límite hasta que jadeo su nombre.
Entonces, retira los dedos. Despacio.
Los mira. Brillan. Están empapados de mí.
Y sin decir una palabra...
Se los lleva a la boca.
Los lame. Uno por uno.
Lento. Descarado. Viéndome a los ojos.
Como si acabara de servirse su plato favorito.
Como si yo fuera eso.
—Perfecta —murmura.
Yo no puedo moverme. Mis piernas no responden.
Mi mente tampoco.
—Puedes irte —dice al fin
Me bajo de su regazo sin mirarlo. Me acomodo la falda. Salgo sin hablar.
Pero en el pasillo, mi cuerpo sigue latiendo.
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LAZARUS
RomanceYo huyo de mi pasado. Huyo lo más rápido que puedo. La Ravenna que era antes murió ese día. Por suerte, fui aceptada en una universidad extremadamente exclusiva; no cualquiera puede entrar allí. Lo que nunca esperé fue que el dueño de la universidad...
