Capítulo 44

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Me despierta el olor.
No el calor de Draven pegado a mi espalda, ni la respiración lenta de Lazarus en mi cuello. La cama está vacía, revuelta, aún tibia... pero sin ellos.
Es el aroma lo que me arranca del sueño: café fuerte, pan horneado, mantequilla fundida, y un toque dulce que se cuela por las grietas de las puertas antiguas. Todo envuelto en el perfume de esta casa, que ya no me resulta ajeno.
Madera oscura. Pétalos secos. Y sombra.
Me levanto desnuda. Camino descalza hasta el perchero, eligiendo algo que se parezca a mí.
Me visto sin prisa: una blusa de encaje negro semitransparente, con mangas largas ajustadas y escote en forma de corazón; debajo, un corset satinado de tiras cruzadas que marca mi cintura como una promesa. La falda es corta, de terciopelo burdeos con vuelos, tachuelas y cadenas colgantes. Completo el conjunto con medias de red y botas góticas de plataforma con hebillas plateadas.
Me dejo el delineador corrido. El cabello revuelto. Hoy no quiero parecer arreglada. Hoy quiero parecer peligrosa.
Bajo por la escalera de hierro forjado, cada paso resonando en el silencio.
Cuando llego a la cocina, los tres están ahí.
Draven, de pie frente a la estufa, con un delantal negro sobre una camisa arremangada.
Lazarus, sentado en la encimera, con una taza de café en mano, cabello recogido con descuido.
Caius, apoyado contra la alacena, camisa abierta, cuerpo relajado, mirada cargada.
Los tres levantan la vista al mismo tiempo.
Y me miran.
Trago saliva.
El silencio es denso. No incómodo. Pero sí... cargado.
Me siento observada. Medida. Apreciada de formas distintas por cada uno.
—¿Demasiado? —pregunto, bajando la vista hacia mi ropa.
—Justo lo necesario —dice Lazarus, con una media sonrisa.
—Lo suficiente para provocar accidentes —agrega Draven, sin girarse del fuego.
—Lo suficiente para robar la atención —murmura Caius—. Aunque eso ya lo haces sin vestirte así, ambrosía.
No le contesto. Pero mis muslos se tensan.
Me acerco al comedor gótico: una mesa larga de madera negra, rodeada de sillas con respaldo alto tallado. Tomo asiento en mi lugar habitual. No por elección. Sino porque el cuerpo ya lo reconoce: el sillón de gárgolas, cubierto por una manta de terciopelo oscuro. Mi trono personal.
Lazarus me alcanza una taza. Draven deja un plato frente a mí.
—¿Sabías que el director cocina? —le pregunto, probando el pan con canela.
—Solo cuando está estresado —dice Lazarus con una carcajada suave.
—No estoy estresado —gruñe Draven.
—Claro que no. Solo hiciste desayuno para veinte personas —añado yo, burlona.
—Y una torta para Satán —agrega Lazarus.
Caius no dice nada. Pero su sonrisa torcida habla por él.
—¿Durmieron bien? —pregunto, para cambiar el tema.
—Como piedras —dice Lazarus.
—Como si hubiéramos exorcizado todos tus demonios anoche —añade Draven, sin disimular.
Me sonrojo. Trato de disimularlo con un sorbo de café.
—¿Y tú? —pregunta Lazarus.
—Sí. Me desperté por el olor. Está... rico.
—No lo dijiste como un cumplido —responde Draven, entrecerrando los ojos.
—Es un cumplido. Solo que... es raro tener algo tan normal.
Caius habla por primera vez en minutos.
—El problema de lo normal, ambrosía, es que suele romperse. Y siempre lo hace cuando uno empieza a confiarse.
Draven no responde. Lazarus lo ignora.
Yo lo miro.
—No voy a romperme —le digo.
—Aún no —corrige él.
El silencio vuelve. Pero esta vez no es tenso. Es cómodo. Íntimo.
Y por primera vez, me siento parte. No una invitada. No una carga. Una más.
Draven se pone de pie.
—Hoy tenemos universidad. ¿Vienes?
Asiento. Lazarus me guiña un ojo.
Caius me observa sin decir nada. Pero cuando paso junto a él, su voz me alcanza en susurros:
—No le robes miradas a nadie más, ambrosía. Quiero quedármelas todas.
Y yo, maldita sea, quiero dárselas.

LAZARUSDonde viven las historias. Descúbrelo ahora