-ADVERTENCIA ESTE CAPITULO TIENE CONTENIDO PARA MAYORES DE 18 AÑOS, LEER BAJO SU PROPIO RIESGO ⚠️ 🧨 -
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A esta altura ya debería saberlo. No importa si se trata de una salida, una apuesta o una señal de tránsito: cuando seguís las indicaciones de Camila Jara, sabés que todo termina mal. Nico me lo dijo una vez, en tono de chiste, pero cada tanto lo pienso con una seriedad que me asusta. No es que ella sea peligrosa. No en el sentido tradicional, es otra clase de caos. Uno de esos que te sacan la razón y te la reemplazan por una sonrisa, una copa, una regla absurda o un "dale, Odoguardi, no seas amargo".
Esta vez fue la salida, un domingo a la noche, a Black Cream. "Para conocer el otro lado de la joda", según ella. Estoy tratando de no ser tan el toro, así que ahora solo salgo un domingo si al otro día es feriado. Pero le vi la cara cuando lo propuso en el stream. La forma en que miró a cámara, ladeó la cabeza y me guiñó un ojo. Y claro, todos querían vernos juntos fuera del aire. Desde el primer mes que nos shippean. "Los Giamila” nos dicen, como si fuera tan fácil. Como si no hubiéramos pasado un año y medio entero esquivando lo inevitable, a fuerza de reglas propias.
Regla uno: no se chapa dentro del boliche. Regla dos: podés chonguear, pero no dormís con un chongo. Camila las propuso como si fueran leyes universales. Y yo, por alguna razón, las respeté como si lo fueran. Hasta esa noche.
01:17 a. m. — Black Cream
El boliche era una mezcla de luces estroboscópicas, humo artificial y cuerpos pegoteados bailando reguetón viejo. El tipo de lugar que Camila amaba y yo toleraba por ella. El grupo había ido cayendo uno por uno. Guada, Nico, Marti y un par más de Olga. Nos ubicamos cerca de la barra, aunque Camila desaparecía cada tres canciones para bailar o saludar conocidos.
Yo estaba en mi segunda copa de gin tonic cuando me agarró del brazo.
—¡Dale, torito! No viniste a mirar la pista como si fueras un cheto perdido.
—Estoy haciendo trabajo de campo. Observando.
—Observando culos, decís.
Sonreí, me miró con esa mezcla de burla y ternura que maneja sólo ella. Y se fue, con un rubio, Alto, con tatuajes y esa actitud de "me comí el mundo y quiero repetir". La vi reírse de algo que le dijo, se inclinó hacia él. Mi ceja se arqueó sola, me tragué el hielo de golpe.
Titi se acercó en ese momento, casual, linda. Me habló de algo que no escuché, me tocó el brazo. Y justo en ese instante, Camila nos miró desde la pista. Algo en su cara se endureció, como un segundo de frialdad que me atravesó el estómago. Me alejé de Titi con una excusa idiota, como culpable sin razón.
Camila volvió. El rubio había sido descartado.
—Regla uno —me dijo—: no besar en el boliche.
—Anotá una nueva: no mandar cuchillos con los ojos.
Se rie, pero sus ojos siguen clavados en los míos. La pista explota con "Mata". Casi como una coreografía, me tira del brazo y termino atrás de ella, bailando. Su espalda contra mi pecho, sus caderas moviéndose y mis manos sosteniéndola de la cintura.
El rubio intenta acercarse de nuevo, parece que no piensa rendirse. Entonces apoyo mi mano en la cadera de Camila, firme, como una advertencia silenciosa. El tipo duda, pero se va y ella gira la cabeza hacia mí.
—Todo bien?
—Perfecto.
Los minutos siguientes son un borrón. Calor, sudor, olor a perfume y alcohol. Hasta que la pierdo de vista. Camina hacia los baños. Y un tipo grandote con remera negra la intercepta, le habla demasiado cerca. Ella se corre, pero él insiste. Mi cuerpo se adelanta sin pensarlo, llego justo cuando estira la mano.
—¿Algún problema? —le digo. El tipo se hace el canchero. Me mira tranquilo y no retrocede.
—Tranqui, amigo. Todo bien, solo estamos hablando.
—Ella no te está hablando.
Camila me toma de la mano, y con un tiro me lleva al fondo del pasillo. Abre la puerta del baño unisex grande dentro del VIP, y traba la puerta.
02:39 a. m. — Baño- Primer regla rota
—Gracias —dice.
No sé quién de los dos lo inicio, pero parecía que no podíamos seguir evitándolo. El beso comenzó con duda y se convirtió rápidamente en un incendio: nuestras narices chocan, ella se ríe contra mi lengua y muerde mi labio inferior; el tirón eléctrico me hace gruñir y eso parece despertar algo en ella.
Se sienta sobre la cerámica del lavamos y me acomoda entre sus piernas; sus muslos aprisionan mis caderas y un vaivén lascivo aprieta mi erección contra la humedad tibia que traspasa su ropa interior. Mis manos escalan bajo el vestido, lento, bordeando la curva de sus muslos hasta encontrar la tela empapada. Apenas rozo el encaje con el pulgar y Camila deja caer la cabeza, ofreciéndome la garganta.
—¿Sabés lo que me hacés? —jadeo, lamiendo una gota de sudor que corre por su cuello.
Ella roza con sus dientes mi oreja: —No sé, pero podrías empezar mostrándomelo Gian.
Atrapó su boca, invado cada rincón, bebo su aliento entrecortado. Mis manos suben a sus pechos, los amasan, pellizcan los pezones endurecidos bajo la tela fina y un gemido ronco le escapa de la garganta. Mientras, sus dedos luchan con mi cinturón, urgentes; hasta que me envuelve con la mano y la cordura se disuelve.
La presión deliciosa me nubla, pero un golpe de música nos recuerda dónde estamos. Coloco la frente contra la suya, respiramos al límite.
—Si seguimos, no voy a poder parar —mi voz sale rota, suplicante.
—Entonces no te contengas —dice mientras acaricia con más ritmo—, pero hagámoslo donde pueda gritar.
Ese es todo el argumento que necesito.
—Nos vamos ya —digo. Ella sonríe como quien ya ganó y se relame el labio que mordí unos segundos antes.
No recuerdo el viaje: sólo su risa ahogada en el Uber y su mano trepando mi muslo.
Apenas cruzamos la puerta, se apoya en ella para cerrarla y yo la alzo de los muslos; rodea mi cintura con las piernas y nuestras bocas chocan hambrientas, compartiendo aire caliente. Avanzo a ciegas hasta que su espalda golpea la pared del recibidor; su risa vibra en mi lengua.
Ella me saca la remera en casi un solo movimiento, mucho menos torpe de lo que imaginaba. Baja la cabeza y atrapa mi pezón entre los labios, mordisquea y lame; gimo y mi erección late contra el jean. La deposito en el suelo, me arrodillo. Beso tobillos, subo por la cara interna de sus muslos hasta que tiembla bajo mi aliento. Deslizo lentamente su bombacha, la dejo caer al tobillo.
—Lento nada —exige—. Quiero sentirte ya.
Mi lengua obedece: un trazo firme desde la entrada hasta el clítoris. El gemido que suelta rebota en las baldosas. Alterno lamidas anchas con círculos precisos, succiono el punto exacto; su sabor denso me llena la boca. Su cuerpo se arquea, vibra, se rompe; aprieta mi cabeza entre los muslos y tiembla sobre mi lengua.
La llevo casi a rastras hasta la habitación; ella me desabrocha el pantalón ni bien nos subimos a la cama, mi erección salta libre. La sostiene, acaricia de la base a la punta, distribuyendo la humedad como si me marcara. Me guía dentro de ella despacio, sin dejar de mirarme. El calor que me envuelve anula cualquier pensamiento.
Empiezo lento, disfrutando la fricción; su pierna se enrosca en mi cintura y me arrastra más profundo. Acelero sin poder evitarlo, pero cuando quiere cambiar el ángulo, la giro boca abajo, la tomo de las caderas y la penetro de nuevo: la embestida nos arranca un grito conjunto. Sus dedos se clavan en la almohada mientras observo cómo su espalda se curva con cada golpe.
El espasmo que anuncia su segundo orgasmo recorre sus músculos y se aprieta a mi alrededor; me inclino, beso su nuca, susurro su nombre justo cuando la ola la desarma. Esa presión me arrastra: acelero por tres estocadas más y exploto dentro de ella, mordiendo suavemente su hombro para contener el rugido.
Caemos rendidos, piel contra piel, sudor pegajoso. Me giro para no aplastarla y ella se acurruca sobre mi pecho, aún temblorosa.
—Regla dos: no dormir con un chongo —murmura, exhausta.
—Lo que pase en tu cama supera cualquier regla —le respondo, acariciándole el cabello.
10:06 a. m. — Lunes
Despierto con la luz filtrándose por la ventana abierta y el olor a café que entra de la cafetería de abajo. Camila duerme de costado, mi brazo rodeando su cintura. Observo la línea de su espalda, el mechón negro que roza su mejilla, la marca violeta que dejé en su cuello y siento una paz casi doméstica.
«Romper las reglas nunca se sintió tan lógico», pienso. No sé qué somos ahora; sólo sé que no quiero volver a fingir que no deseo esto.
La abrazo fuerte, entonces ella murmura algo inentendible y apoya su mano sobre la mía, aún dormida. Puede que todo se complique —el chat, los amigos, el trabajo—, pero descubrí algo simple: las reglas existen para recordarnos que somos de carne y ganas, no de tinta indeleble.
Y yo quiero seguir escribiendo con ella, aunque tenga que borrar todas las normas.
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Buenas noches Toritas 🐂!
Cómo están?
Mini capitulo hot que surgió después del programa de ayer, espero que lo disfruten!
Dejen comentarios y votos, nos vemos en la próxima actualización ❤️
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Toro
FanfictionCapitulos Cortos con o sin continuidad. Universo Giamila Punto de vista del toro.
