Convivir con el enemigo

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Parte uno

POV Guada

Si alguien me hubiera dicho que algún día Camila y Gian iban a terminar compartiendo departamento, me habría reído en su cara. Esos dos no pueden estar más de cinco minutos en la misma habitación sin querer arrancarse la cabeza.

Lo gracioso es que nunca entendí bien por qué. La primera vez que los presenté, tenía diecisiete y estaba fascinada con la idea de que mi mejor amiga conociera a mi hermano mayor. Y bueno... salió mal.

Camila lo miraba con bronca desde el primer minuto, como si le debiera plata. Y Gian se puso a la defensiva, como suele hacer cuando no entiende algo. Lo peor fue que justo andaba dando vueltas Dominique, otra de mis amigas, que un tiempo después juró que Gian la había hecho sufrir. Yo nunca vi nada entre ellos, pero Dominique lo contaba tan convencida que hasta llegué a creerle.

Con el tiempo, sumado a un comentario desubicado que Gian largó sin pensar —algo que, para variar, sonó mucho peor de lo que realmente quiso decir—, la cosa se volvió una bola de nieve. Y ahí quedaron: ella odiándolo, él resentido con ella.

Ahora, con mi pasantía en el exterior, necesito que alguien se quede en el departamento. Cami no podía pagar el depto que compartíamos sola. Gian que actualmente vive con Nicolas, buscaba mudarse desde que la novia de Nico se sumó a la convivencia, pero alquilar solo en la zona era imposible para él. Era la solución lógica, pero lógico no significa sencillo.

—Por favor —les dije—. Solo es un año, van a sobrevivir.

Los dos me miraron como si estuviera firmando su sentencia.

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POV Gian

La verdad, nunca entendí qué carajo le pasa a Camila conmigo. Desde que nos conocimos me clavó esa mirada como si yo fuera el villano de su vida. Al principio me lo tomé con humor, después me terminó cansando.

El supuesto quilombo con Dominique fue cualquier cosa. Yo nunca salí con ella, nos vimos un par de veces sin ser nada realmente serio, nada más. Pero a la mina se le ocurrió pintar la novela de "me rompió el corazón" y, por lo visto, Camila le compró el cuento de una.

Encima, para completar la cagada, esa vez que discutimos en el pasillo de la facultad solté un comentario que sonó para el orto. Algo como:
—Yo no me meto con minas así.

Lo decía porque hablábamos de salir con gente del mismo grupo de amigos, que siempre termina en lío. Pero Cami lo escuchó fuera de contexto, y seguro pensó que lo decía por ella. Y claro, quede como un forro. Guada me lo aclaró tarde, cuando ya pedir disculpas no servía para nada. Desde entonces, la dinámica es simple: yo respiro, y Camila me odia.

Ahora resulta que vamos a vivir juntos. Un año. Compartiendo baño, cocina, heladera. Qué tan mal puede salir, ¿no? Bueno, eso pensaba al principio, pero los primeros días fueron un desastre.

El silencio era tan denso que parecía que alguien podía cortarlo con un cuchillo. Nos cruzábamos en el pasillo y apenas un "hola". Ella metida con sus cosas de la facultad, yo yendo y viniendo de trabajos de modelaje.

Hasta que un día, muerto de hambre agarre lo primero que encontre en la heladera, un tupper con comida. Lo caliento y me lo como sin mirar. Media hora después aparece ella, abre la puerta de la heladera y se queda dura.

—¿Dónde está mi comida? —pregunta, mirándome fijo.
—¿Qué comida? —levanto la vista del celular.
—El wok de verduras que estaba en el tupper verde.
—Ah... —me rasco la nuca—. Me lo comí, pensé que era de todos.
—¿De todos? —se cruza de brazos—. No vivimos en una comunidad hippie, Gian. Si ves algo que no compraste, capaz no es tuyo.

ToroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora