Carruaje

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El sábado a la tarde, Camila estaba hundida en su sillón con una manta, el pelo en un rodete desordenado y un bowl de pochoclos apoyado en la panza. Llevaba horas en modo maratón de Bridgerton, repasando por tercera vez la temporada tres, pero con esa mezcla de embobamiento y envidia que le provocaba la pareja de Colin y Penelope. Justo estaba en la escena del carruaje —esa que conocía de memoria— cuando su celular vibró.

Era un mensaje de Gian:
"Estoy en Capital. ¿Estas libre para vernos?"

Sonrió de lado, ya que ambos sabían que "vernos" en su diccionario significaba mucho más. Le contestó que sí y lo invitó a su casa. Veinte minutos después, la puerta se abrió sin previo aviso: él tenía copia de la llave desde hace un par de semanas.

Gian la encontró totalmente concentrada en la pantalla, los ojos fijos en dos personajes que, en plena penumbra de un carruaje, se besaban como si el mundo fuera a terminar. Él se quedó mirando unos segundos y, con esa voz cargada de ironía que tanto lo caracterizaba, soltó:
—No te parece que ver porno a las tres de la tarde de un sábado es un antes y un después en tu vida.

Camila le tiró un almohadón, riéndose.
—No es porno, tarado. Es romance.
—Claro... con gemidos. —Él se dejó caer junto a ella en el sillón, robándole un puñado de pochoclos.
Ella tiró de su brazo para que se recostara.
—Hagamos fiaca —dijo, acomodándose contra él.

Pero Gian no soltaba el tema. Entre mordidas a los pochoclos y comentarios sarcásticos, la hizo contarle el contexto de la historia. Camila, con ese entusiasmo que le salía natural cuando hablaba de algo con lo que tenía fijación, le explicó cómo habían pasado de ser amigos a convertirse en el amor de la vida del otro. Él asintió, como si no le importara demasiado, pero por dentro se le quedó grabada la comparación.

Esa noche, antes de irse, Gian le pidió que se reservara el domingo entero para él. Tenía un plan. Ella puso cara de sospecha, sobre todo porque le hizo prometer que usaría el vestido verde que Guada le había regalado, veraniego y suelto, sin explicarle por qué. A regañadientes, aceptó.

El domingo al mediodía, Gian apareció en la puerta manejando la camioneta de su papá. Camila lo miró como si acabara de ver un unicornio.
—¿Vos... manejando? —preguntó, con una mezcla de sorpresa y burla.
—Subite, Camila. —El grito fue tan exagerado que terminó riéndose y dejando de lado la sorpresa inicial.

El viaje los llevó hasta el campo que pertenecía a una tía de Gian, al parecer ella estaba de viaje por el mundo y la casa estaba al cuidado de su familia. El día estaba soleado, de temperatura perfecta. Almorzaron al lado de la pileta, sobre el pasto, compartiendo mate y chistes. Todo parecía simple, hasta que, cerca del atardecer, él le dijo que lo acompañara a la camioneta a buscar algo. Hace rato persistía en ella la sensación de que él estaba planeando algo, tenía esa manera poco sutil de moverse a su alrededor desde la ultima hora.

En la parte trasera había una pequeña caja envuelta, y ahí se hizo claro que tal vez el evento principal se reducía a lo que contenía ese regalo. Camila estaba a punto de abrirla cuando Gian se inclinó hacia ella, sus labios peligrosamente cerca.
—Creo que merezco un par de besos antes de darte esto —susurró, con esa media sonrisa que sabía usar como llave maestra.

Ella rodó los ojos, pero cedió. Y en ese momento, Gian empezó a moverse con una precisión que no era casualidad. Sus labios buscaron los de ella con más hambre, mordiéndole suavemente, acariciándola, todo mientras la arrinconaba contra una de las puertas. Una de sus manos subió hasta su hombro, jugando con las tiras del vestido, deslizándolas apenas hacia abajo.

Camila lo miró, entre divertida y nerviosa, y entonces lo entendió.
—No... —susurró, aunque su cuerpo no se movió para detenerlo.
—Sí —replicó él, con un brillo en los ojos que confirmaba que estaba recreando la escena del carruaje.

Su mano recorrió la piel expuesta de su hombro y bajó lentamente por su brazo, mientras sus labios se desviaban hacia su cuello. Encontró el punto exacto donde le latía el pulso y lo besó, despacio, como si saboreara cada latido. Camila sintió un cosquilleo que le recorrió el cuerpo entero.

Él la escuchó gemir suavemente y aprovechó para bajar un poco más las tiras del vestido, dejando al descubierto la clavícula. Sus dedos dibujaban el contorno de su piel, mientras su boca lo seguía, bajando peligrosamente cerca de sus pechos.

El mundo se redujo a ese instante: el calor de sus manos bajo la tela, la respiración entrecortada, la sensación de que la escena que tantas veces había visto en una pantalla ahora la tenía como protagonista. Por primera vez, no se sintió como espectadora de una historia romántica: estaba dentro de una, escrita a medida para ella.

—Gian... —susurró, con la voz temblorosa.
—Shh... disfrutá —le dijo contra la piel, y volvió a besarla como si el carruaje fuera la camioneta, y la ficción, su realidad.

Su boca se movió lenta, saboreando cada milímetro de su cuello, hasta encontrar el punto donde el pulso le latía con fuerza. Lo besó allí, apenas rozándola con los dientes, y Camila soltó un gemido suave, arqueando el cuello para que él tuviera más acceso. Gian sonrió contra su piel y, con un gesto pausado pero decidido, deslizó las tiras del vestido hacia abajo, una, luego la otra, hasta que quedaron colgando en sus brazos.

Sus dedos rozaron la piel expuesta de sus hombros, bajando por el contorno de sus brazos antes de volver a subir, dibujando un camino que su boca siguió al instante. Besó la curva de su clavícula, primero con suavidad, después con más hambre, mientras una de sus manos se aventuraba bajo la tela suelta del vestido, subiendo por su costado hasta encontrar el borde del corpiño.

Camila notó que estaba exactamente repitiendo lo que había visto en la pantalla el día anterior, y esa certeza le provocó una oleada de calor que la recorrió entera. Quiso decir algo, pero las palabras murieron en su garganta cuando sintió que él trazaba con los labios la línea que separaba su cuello de su pecho.

Gian levantó la vista un segundo, lo justo para atraparla mirándolo, y sin romper ese contacto visual, dejó que su mano bajara por su cintura, por la curva de su cadera, hasta colarse por la abertura lateral del vestido. Sus dedos acariciaron la piel interna de su muslo, subiendo despacio, muy despacio, hasta que la yema de uno de ellos rozó el borde de su ropa interior.

Camila contuvo el aliento, sintiendo cómo el calor entre sus piernas se volvía insoportable. Gian, todavía con esa mirada fija en ella, deslizó los dedos por debajo de la tela, acariciando con movimientos lentos, casi perezosos, que contrastaban con el pulso acelerado que le provocaba.

Ella cerró los ojos, mordiéndose el labio inferior, y se aferró a su cuello. La mano de Gian exploraba sin apuro, presionando justo donde sabía que la hacía estremecerse, mientras su boca volvía a la suya en un beso húmedo, profundo, cargado de hambre contenida.

Se separó apenas para murmurarle, con voz grave:
—Quiero que recuerdes cada segundo... porque esta es tu escena del carruaje.

Camila cerró los ojos un instante, dejándose llevar por la forma en que él la tocaba, por la manera en que sus labios descendían otra vez por su cuello, hasta rozar el inicio de sus pechos, quedándose ahí, respirando contra su piel como si fuera a perder el control en cualquier momento.

No había música, ni diálogos de guion, ni carruaje en movimiento. Pero en ese instante, para ella, todo se sentía exactamente igual que en la pantalla... salvo que era mejor. Mucho mejor.

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Buenas noches toritas!

Como están?

Deje este antro re abandonado, perdón. Nunca me baje del barco, solo que no estoy entrando a wattpad y me daba fiaca subir lo que venia escribiendo. Este capitulo lo escribe hace uno o dos meses, y ya era hora de subirlo por acá. Hoy es un mini maratón, en un rato subo un capitulo un poco más largo que estoy terminando de editar. Espero que les guste este capitulo y el próximo, nos vemos en la siguiente actualización. Las amo! 

ToroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora