InkHouse Capitulo 4

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-ADVERNTENCIA! CAPITULO CON CONTENIDO PARA MAYORES DE 18 AÑOS, LEER BAJO SU PROPIO RIESGO.-

Efecto Mariposa

POV Gian

La primera vez que la vi fue en una fiesta en lo de su hermano. Estaba en segundo año de la facultad, y ella era apenas una piba tímida que no soltaba el vaso ni, aunque se le congelaran los dedos. Estaba sentada en un sillón con otra amiga, riéndose bajito, observando todo. No era de las que hablaban fuerte ni se metían en el centro de la escena, pero tenía algo raro en la mirada. Como si todo lo estuviera absorbiendo.

Después de eso, la vi pasar muchas veces por la puerta del estudio. Siempre corriendo, con una mochila gigante al hombro, auriculares puestos y el pelo tirado para atrás. Tenía una forma de moverse como si fuera tarde para algo importante, pero sin dejar de estar entera. Con una mezcla de ansiedad y hambre de mundo.

Nunca pensé que esos cruces iban a significar algo, pero lo hicieron. Porque un día se paró en la puerta, y se quedó mirando. Como si estuviera esperando que alguien le abriera, y casi instantáneamente supe que quería conocerla más.

El resto vino solo. Las charlas, el diseño del tatuaje, las sesiones, las veces que se quedaba, los desayunos a medio hacer. Y el cuerpo, dios, su cuerpo. Y todo lo que no sabíamos de nosotros hasta que nos desarmamos juntos.

A veces me pregunto qué cambió. La respuesta es simple: todo.

Paso el tiempo y volví a diseñar una carta de tarot que no era ella, pero la contenía. Un micrófono con una mariposa, con manchas de tinta como si hubieran salpicado desde adentro.

Me lo tatué un miércoles al final del día, cuando todos se habían ido del estudio. Quería hacerlo en silencio, sin nadie más.

Camila se sentó en el sillón de cuero, con las piernas cruzadas, viendo cómo preparaba todo. No dijo nada. Solo me miraba. Tenía esa cara suya que mezcla concentración con ternura, como si pudiera leerme sin tocarme.

—¿Te duele? —preguntó cuando empecé con las primeras líneas.

—Un poco, pero está bien, esto lo quiero sentir.

Ella sonrió. Se acercó y apoyó la mano sobre mi muslo. No dijo nada más. Pero se quedó todo el rato ahí, acompañándome en silencio, como si supiera que no hacía falta hablar.

Cuando terminé y me cubrí el brazo con el film, me miró por un segundo más largo de lo habitual. Como si tuviera algo que decir. Pero no lo dijo.

—¿Todo bien? —pregunté.

—Sí —respondió—. Es que nunca te vi tan decidido, me gusta cuando algo te atraviesa tanto.

Esa noche, después de tatuarme, subimos juntos al departamento. Ella preparó té, se sentó en mis piernas, y apoyó la cabeza en mi hombro. No hablamos mucho. No hacía falta.

Yo tenía el brazo ardiendo, pero la calma que ella traía con su presencia lo anulaba todo.

Me miró de reojo, como si pensara algo en voz baja.

—¿Qué? —le pregunté.

—Nada. Que me dan ganas de hacerte un regalo, pero que todavía no está listo.

Le acaricié el muslo por debajo del buzo. Su piel estaba tibia, como siempre.

—Todo lo que ya hacés conmigo se siente como un regalo. —Ella sonrió, pero no dijo nada más.

Esa noche no cogimos. Pero nos dormimos abrazados, con mi brazo recién tatuado entre los dos, y su mano encima, como si también fuera parte de ella.

 Pero nos dormimos abrazados, con mi brazo recién tatuado entre los dos, y su mano encima, como si también fuera parte de ella

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