InkHouse Capitulo 2

555 64 9
                                        

CAPÍTULO 2 — Lo que empieza a marcar

Nunca pensé que algo tan pequeño como un tatuaje me iba a hacer sentir como si estuviera por rendir un final importante. Estaba nerviosa, ansiosa, todo junto.
Había confirmado el turno con Gian tres días antes, pero ese viernes me desperté diez veces durante la noche. Me dolía el estómago, me transpiraban las manos y no era por el dolor que podía llegar a sentir. Era por lo otro, por lo que se iba a marcar.
Cuando llegué a InkHouse, él ya estaba ahí, limpiando la camilla. Me saludó con una sonrisa leve y genuina, como si no le costara verme llegar. Como si me hubiera estado esperando, pero sin apuro.
—¿Lista? —preguntó.
—Lista no estoy nunca —le contesté, medio en broma. Él rió, y me hizo una seña para que pasara.

En recepción estaba la misma chica del pelo verde, la que me había atendido la primera vez

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.


En recepción estaba la misma chica del pelo verde, la que me había atendido la primera vez. Me miró de reojo cuando pasé. Sonrió apenas, con los labios, pero los ojos no acompañaban.
—Camila vino para su primer tattoo —dijo Gian, con voz neutra, pero clara.
Ella no contestó nada, solo volvió a mirar el celular, como si le resultara indiferente. Ya en la cabina, él preparó todo con una calma que me tranquilizó.
—Vamos a hacer solo las líneas hoy. Así no es demasiado para tu piel, además, te voy a poner anestesia local en crema. No vas a sentir tanto.
—¿Eso no es trampa?
—Es tu primer tatuaje, no una prueba de supervivencia. —Me guiñó un ojo y me hizo reir, aunque seguía tensa.
—¿Y si me duele igual?
—Si duele, paramos. Me avisas, acá nadie se la banca para demostrar nada. — Su forma de decirlo me hizo sentir cuidada. No condescendiente, cuidada.
Se puso los guantes, mientras me indicaba cómo recostarme. Tomó mi brazo, lo acomodó con delicadeza y aplicó la crema. Sus manos eran grandes, firmes, pero suaves.
Yo no hablaba mucho, él tampoco, pero el silencio no pesaba.
Cuando salió a buscar algo, lo escuché hablar con la recepcionista en voz baja, pero firme:
—Te pido que mantengas la buena onda, te lo dije varias veces.
—¿Qué? ¿No puedo mirarla ahora? —respondió ella, con tono mordaz.
—No es eso. Pero si esto te incomoda, es mejor que empecemos a buscar a alguien que no se tome las cosas tan personales.
Me hice la que no oía. No estaba segura de sí me incomodaba estar en medio, o si en el fondo me gustaba saber que había una línea trazada. Que él no dejaba lugar a malentendidos.
Volvió al rato, con el diseño impreso. Lo acomodó sobre mi brazo, justo en el antebrazo interior.
—¿Así te gusta? —Lo miré con detenimiento, era diferente ya verlo sobre la piel, aunque fuese solo la tinta azul del stencil.
THE OVERTHINKER.
Con esas manos tapándole los ojos, con esa figura femenina que era yo sin decirlo.
Asentí. Él lo notó, pero no dijo nada. Solo empezó.
Sentí un cosquilleo, no dolía, apenas molestaba. A los pocos minutos, me di cuenta de que estaba observándolo más a él que el proceso.
Cómo se concentraba, sus cejas apenas frunciéndose cuando trazaba líneas rectas.
Cómo su respiración era pareja, constante. No hablaba mucho mientras tatuaba, pero tampoco se alejaba.
Pensé en esa noche, a los 16, en cómo lo había visto apoyado contra una barra, con auriculares al cuello, sin decir una palabra y ahora era otra persona.
Alguien que hacía chistes en voz baja, que me hacía reír en los silencios, que parecía entender lo que callaba sin que yo tuviera que explicarlo.
—¿Todo bien? —me preguntó, sin dejar de mirar lo que hacía.
—Sí —le dije, bajito—. Sorprendentemente bien.
—Sos buena clienta.
—¿Le decís eso a todas?
—Solo a las que no se desmayan.
Una hora después, me vendó el brazo con cuidado. Me explicó los pasos para curarlo, la crema que tenía que usar, cuántas veces lavarlo, cuánto tiempo dejarlo al aire.
Lo hizo con paciencia, como si fuera importante que entendiera cada cosa.
—En dos semanas, si todo está bien, lo terminamos. ¿Te va?
—Me va.
Salí del estudio liviana, rara, no por el dolor. Sino por la sensación de que algo había empezado a moverse. Esa noche, cuando me metí en la cama y apoyé el brazo en la almohada, me llegó un mensaje.
Gian: ¿Cómo vas con la tinta nueva?
Camila: Bien, medio obsesionada, igual. Cada vez que lo miro me da cosita.
Gian: Cosita buena, espero.
Camila: Cosita tipo… no puedo creer que me animé.
Y que me guste tanto.
Gian: Bienvenida al lado oscuro, te lo advertí. Todos arrancamos con uno, y cuando te queres dar cuenta terminas como yo.
Camila: Bueno, por lo menos ya tengo al tatuador perfecto para los próximos. ¿Pero y si se me infecta y se cae el brazo?
Gian: Te tatuo el otro.
Me reí sola en voz baja y por primera vez en mucho tiempo, me dormí con una sonrisa que no pedía permiso.
----------------------------------------------------------------.-----
—¿Ya se te curo? ¿Lo puedo ver?
Guada no había terminado de cerrar la puerta de mi departamento, cuando ya me tenía el brazo agarrado como si fuera un tesoro.
—Apenas, todavía tiene costrita, no lo toques —advertí, pero sin demasiada firmeza. Me gustaba que estuviera tan entusiasmada.
Me subí la manga despacio y le mostré el tatuaje. Aunque todavía estaba en proceso, con las líneas ya marcadas, era imposible no ver la fuerza del diseño. Guada lo miró un largo rato en silencio.
—Es hermoso, Cami.
—¿Sí?
—Sí. Te recontra representa, esa sos vos. Y ni siquiera de una manera bajón, es como... si alguien entendiera el caos que tenés adentro y lo pusiera en tinta.
Me mordí el labio y asentí, no sabía cómo explicarlo, pero eso era exactamente lo que sentía cada vez que lo miraba.
—¿Y Gian? ¿Cómo es cuando tatúa? —preguntó, con tono curioso pero no inocente.
—Es... cuidadoso. Paciente, tiene esa cosa de estar en el presente, ¿viste? Como que no se distrae. Me explicó todo, paso por paso, y fue tan respetuoso... no sé. Me hizo sentir segura, mucho más de lo que esperaba.
Guada me miró con una media sonrisa.
—¿Y fuera del estudio?
—Tiene un humor parecido al mío, me hace reír fácil. Y... nada, me escucha. Eso es lo que más me desconcierta, no solo me presta atención, es como si… entendiera cosas que yo no digo.
—Ay, amiga —dijo, tomándose la cabeza con ambas manos—. Te juro que si no lo invitás vos, lo invito yo.
—¿Invitarlo a qué?
—Este sábado toca la banda de un pibe que me gusta. No sé si te conté, se llama Matías, está en producción musical. Lo conocí por un trabajo en común y me viene tirando buena onda. Tocan en el Galpón R, ya saqué mi entrada y me dieron para invitar a dos personas más. ¿Venís conmigo?
—¿Qué tipo de banda es?
—Rock, se llaman “Sombras de Nieve”. Re bien producidos y va a estar llenísimo. No quiero ir sola, obvio, y creo que estaría buenísimo que invites a Gian. Es una buena excusa.
—No sé si le va...
—¿Probaste preguntarle?
Esa noche, cuando me animé, no sabía si me temblaban más los dedos o el corazón.
Camila: Che, una amiga va este sábado al recital de Sombras de Nieve.
Me dio entradas. ¿Te copa?
La respuesta tardó solo unos minutos.
Gian: ¿Me estás jodiendo? Amo esa banda. Iba a sacar entrada y se agotaron.
Camila: En serio te pregunto. Me sobran lugares, si querés, obvio.
Gian: Sí. Re.
Me gusta esta nueva versión tuya que invita a salir.
Sonreí.
Camila: A mí también me cae bien.
Pero es tímida. No la espantes.
Gian: Prometo no morderla.
A menos que me pida.
Me tapé la cara. No sabía si reírme o sonrojarme entera. Pero algo se me aflojó por dentro.
Con él siempre parecía eso: que era más fácil animarse. Que lo difícil, con él, dolía menos.
---------------------------------------------------------------------
No era una cita. O al menos, eso me repetí mientras me miraba en el espejo por cuarta vez.
Me había puesto el vestido negro que siempre dejaba para "por las dudas". Ajustado, pero cómodo. Discreto, pero con forma. Con el pelo suelto, los labios un poco más rojos que de costumbre y los nervios instalados en la boca del estómago.
No era una cita, repetí como por décima vez en mi cabeza. Solo iba a encontrarme con Gian, porque yo lo había invitado a un recital. Donde estaría también Guada, mucha gente y ruido. Muchas razones para no pensar demasiado.
Lo vi desde la puerta del Galpón. Estaba parado en la vereda, con una campera negra y las manos en los bolsillos. Cuando me acerqué, levantó la vista y sonrió. Esa sonrisa que no era grande, pero sí cierta.

ToroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora