Mardel 4

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-⚠️ ADVERTENCIA ESTE CAPITULO TIENE CONTENIDO APTO PARA MAYORES DE 18 AÑOS, LEER BAJO SU PROPIO RIESGO ⚠️ -
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POV Gian

El stream terminó tarde. Tipo una y algo.
Demasiado tarde para alguien que había cenado como si estuviera a dieta espiritual.

Nos habíamos arreglado con poco. Picoteo, boludeces, nada contundente. Me acosté con el estómago medio vacío y la cabeza demasiado llena. Mala combinación. Hambre y pensamientos no se llevan bien, se mezclan. Siempre.

Me di vuelta un par de veces en la cama, mirando el techo, escuchando la casa apagarse de a poco. Camila se había ido antes, con cara de sueño real, no actuado. Eso también se me quedó pegado. Su risa de más temprano, cómo se inclinaba cuando se cansaba, cómo se le aflojaba el cuerpo cuando ya no daba más.

Cerré los ojos pensando que al otro día me iba a despertar muerto de hambre.
Y me desperté.

O eso creí.

Era de mañana. De esas mañanas tranquilas, sin ruido. Bajé a la cocina medio dormido todavía, con esa sensación rara de haber descansado bien. La casa estaba vacía. Los chicos ya se habían ido a entrenar. Había café hecho en la cafetera, todavía caliente. Frutas cortadas, tostadas apiladas, un frasco de dulce de leche abierto como si me estuviera esperando.

—Gracias, universo —murmuré.

Me serví café. Negro, fuerte. El primer sorbo me acomodó el alma. Seguía teniendo hambre, pero ahora era una de esas hambres más lindas, manejables. Me apoyé en la mesada, mirando todo lo que había para elegir, como si tuviera tiempo de sobra.

Y ahí la vi.

Camila apareció desde el pasillo, arrastrando un poco los pies. Tenía cara de sueño, el pelo suelto, desordenado. Llevaba solo un remerón largo, de esos que no están pensados para bajar a la cocina con testigos. Las piernas al aire, la piel todavía tibia de cama.

Por un segundo pensé que mi cerebro me estaba jodiendo.

—Buen día —dijo, con la voz ronca, gastada por el sueño.

Me miró. Después miró la mesa. El café, las tostadas, la fruta, el dulce de leche.

—¿Te despertaste con mucha hambre? —preguntó, casi en broma.

Pero no sonó así.

No para mí.

Algo en cómo lo dijo, en cómo se apoyó en la mesada, en cómo me miró desde abajo… la pregunta se me metió por otro lado. Más abajo. Más lento.

Dejé la taza. Caminé hacia ella sin pensarlo demasiado. No me frenó. Tampoco se movió.

—Un poco —le dije, cerca—. Anoche me quedé corto.

Sonrió apenas. Esa sonrisa mínima que usa cuando sabe algo y no lo va a decir.

La agarré de la cintura, suave, como si necesitara comprobar que estaba ahí. La atraje hacia mí. Ella levantó la cara, los ojos todavía pesados, la boca entreabierta.

La besé, suave al principio, esos besos perezosos de cuando aún no te despertas del todo. Pero al poco tiempo ya se fue profundizando, perdiendo el ritmo tranquilo del principio para volverse algo más urgente, más hambriento. Sentí sus manos apretarse en mis hombros, buscando apoyo, y supe que estar parados no iba a funcionar mucho tiempo.

Sin soltarla, me senté en una de las sillas de la cocina, de madera, rústica pero firme. La agarré por las caderas y la subí a upa mío. Ella se acomodó, estrangulándome con sus muslos, sus piernas colgando a un lado, sus brazos alrededor de mi cuello.

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⏰ Última actualización: Jan 08 ⏰

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