-ADVERTENCIA ⚠️ CONTENIDO APTO PARA MAYORES DE 18 AÑOS ⚠️🔥 -
----------------------------------------------------------------
(POV CAMI)
Viajé el domingo temprano con Nicolás. Los dos habíamos trabajado hasta último momento y no había forma humana de llegar antes a Mar del Plata. El resto ya estaba instalado y, por lo que explotaba el grupo, la casa era un sueño. Nosotros, en cambio, éramos dos zombies con mate en mano, esperando —con fe dudosa— poder dormir algo al llegar.
Durante un rato no hicimos más que escuchar música, cada uno en la suya. Aproveché ese paréntesis de calma para entrar a Twitter; hacía días que no lo abría. Y ahí fue cuando me enderecé en el asiento, como si alguien hubiera dicho mi nombre en voz alta.
La misma foto, una y otra vez, Gian.
Claro que ya la había visto, se había hecho el gato en el grupo ni bien se cambió el look, intenté restarle importancia. Íbamos a compartir todo un verano bajo el mismo techo; si empezaba a mirar de más ahora, después no iba a haber freno.
Pensé —porque no soy de piedra— que le quedaba ridículamente bien. Eso ya lo sabía: Gian es hermoso. Pero al parecer ahora era otra cosa. El tipo sacado de una novela de motoqueros, lo que fuera que eso significara.
No leo libros, el último que agarré fue obligado en el colegio, no tengo idea de qué fantasía estaba activando su imagen en gente que no lo conoce. Pero verla repetida, comentada, deseada, logró exactamente lo que no quería: empujarme directo a recuerdos que una cree superados. De esos impulsos que después archivás con un “mejor no hablemos de esto”.
Y, como siempre, mi cabeza fue cruelmente eficiente.
Un mes atrás, diciembre recién arrancaba. Creo que era el seis y llovía con ganas. Mi único plan era tirarme en el sillón a ver videos hasta que el mundo se apagara un rato. Había cenado pizza con las chicas antes de que la lluvia nos echara a nuestros próximos planes. Ellas querían salir; mientras que mi idea de noche ideal era esto.
Estaba casi fundiéndome con el sillón cuando vibró el teléfono. Pensé que era alguna de ellas mandando fotos borrosas desde un bar, asi que abrí sin pensar.
Era Gian.
Gian Ignacio: ¿Estás en tu casa?
Antes de que pudiera responder, llegó una foto suya: puchero exagerado, empapado, cara de perro abandonado bajo la lluvia. Me reí sola. Este año nos había acercado más de lo que jamás imaginé, estaba conociendo lados suyos que siempre creí exclusivos para Martina o Guada. Nunca míos.
—Sí, Gian —tecleé—. En casa, viendo cómo el cielo castiga a los valientes que salieron… como vos.
Gian Ignacio: Bueno, valiente no sé. Estoy cerca. ¿Puedo pasar a secarme antes de pedir un auto?
Dije que sí. Y el estómago se me cerró como si acabara de firmar algo irrevocable.
Hice un chequeo exprés del departamento: nada de corpiños colgados, papeles de comida sospechosos. Un toque de aromatizante justo cuando sonó el timbre y casi salto del susto. Recién ahí me miré: pelo indomable, remerón que no fingía demasiado la falta de corpiño y un short de fútbol que Nico me había regalado cuando dejó de usarlo. Se había reído diciendo que siempre quiso tener una hermana para heredarle ropa.
No había tiempo para cambiarme. Y tampoco era que Gian no me hubiera visto mil veces así; convivimos en la ruta un tiempo. Ninguno de los dos podía fingir sorpresa.
Bajé con la toalla más mullida que tengo. La lluvia había empeorado y el edificio era una heladera. Me detuve unos segundos antes de abrir. Gian estaba ahí, refugiándose como podía, mirando el celular. Empapado de verdad, la ropa pegada al cuerpo, el pelo cayéndole sobre los ojos. Y fue absurdo pensar que nunca me había parecido tan sexy como en ese momento… pero fue exactamente eso.
Ahí debería haber entendido que nada iba a terminar bien.
Primero hubo charlas incómodas, después risas. De esas que no son tan graciosas, pero alivian. Comentarios sueltos sobre la lluvia, sobre lo mal que estaba el clima, sobre lo poco preparados que estamos para cualquier cosa que nos saque de la rutina. Gian se pasó la mano por el pelo y el agua cayó en gotas pesadas sobre el piso.
—Te voy a arruinar todo —dijo, mirando el charquito que empezaba a formarse.
—Ya está —respondí—. Vení, antes de que te enfermes.
Caminó detrás de mí por el pasillo angosto. Sentía su presencia demasiado cerca, como si el espacio se hubiera achicado de golpe. Abrí la canilla del baño y el sonido del agua llenó el silencio, levantando vapor casi de inmediato.
—Sacate eso —le indiqué, señalando la campera empapada—. Estás helado.
Se la quitó con movimientos lentos, torpes por el frío. Le alcancé la toalla y, cuando la apoyé sobre sus hombros, fue inevitable. Piel fría y mojada contra la mía, todavía tibia. El contraste me erizó entera. A Gian también se le tensó el cuerpo, como si ese roce mínimo hubiera sido demasiado.
Se quedó quieto, demasiado. Se inclinó apenas hacia mí, su voz baja, más ronca de lo normal, hablándome cerca del oído.
—Ahí está —murmuró—. Recién ahora entré en calor.
No terminó la frase, su respiración chocó con la mía y el aire entre los dos se volvió espeso. Cuando levanté la vista, estaba demasiado cerca. No me besó enseguida, me dio tiempo. Tal vez para arrepentirme, no lo hice.
El beso fue lento al principio, contenido, como si los dos estuviéramos probando hasta dónde estaba permitido llegar. Su mano se apoyó en mi cintura con cuidado, pero sin intención de soltarse. Yo me aferré a la tela mojada de su remera, tirando de él sin pensar.
—Decime que pare —murmuró, apenas separándose.
No respondí, solo lo besé de nuevo.
El agua empezó a correr más fuerte y Gian cerró la mampara con el pie. El vapor nos envolvió rápido, aislándonos del resto del mundo. Me apoyó contra la pared fría de la ducha y el contraste me arrancó un suspiro que no pude disimular. Su boca bajó despacio, dejando besos marcados en mi cuello, en la línea de la clavícula. Cada contacto era lento, deliberado, como si quisiera memorizarme.
Me sostuvo de los muslos y me levantó apenas, lo justo para que quedáramos a la misma altura. Su frente apoyada en la mía, los ojos cerrados, respirando agitado.
—Cami… —dijo, y mi nombre sonó como una advertencia.
Yo sabía lo que estaba pasando. Sabía que al día siguiente iba a doler de otra manera. Pero en ese momento solo existía el agua caliente cayéndonos encima, su cuerpo sosteniéndome, y esa sensación peligrosa de estar cruzando algo que no tenía vuelta atrás.
No fue rápido, tampoco desordenado. Fue intenso, demasiado consciente.
Cuando apoyé la cabeza en su hombro, sentí cómo soltaba el aire, como si recién ahí se permitiera respirar. Nos quedamos así unos segundos, sin hablar, sin separarnos.
—Esto… —empezó a decir.
—Después —lo interrumpí, con la voz más baja de lo que esperaba—. Hablemos después.
Asintió. No convencido, tampoco conforme. Y aun así, no se apartó enseguida.
A la mañana siguiente, la realidad golpeó sin anestesia. Desperté sola. No debería haberme sorprendido, lo que sí lo hizo fue el mensaje. No hubo “finjamos demencia” ni silencio incómodo.
Una explicación, sobre planes que tenía pactados para esa mañana.
Y una promesa: esto no termina acá.
Tal vez fue miedo, o simplemente diciembre siendo diciembre. Pero nunca nos sentamos a hablarlo. Pero Gian me miraba, como si esa conversación pendiente pesara entre los dos.
Yo sabía que este viaje traía todo eso de vuelta.
Y que no había escapatoria posible de lo que el verano decidiera hacer con nosotros.
---------------------------------------------------------------
Hola toritas! 🐂
Cómo están? Paso muchísimo tiempo, no deje de escribir, solo estaba medio escondida. Pero extrañe un poco, no se si siguen por este antro.
Espero que les guste este capitulo, más tarde subo el segundo que ya lo tengo y se viene tremendo. Va a ser toda la "serie" un poco picante 🌶️, no se si va a durar todo el mes. Pero si algún tiempo más, veremos cómo viene la convivencia y el contenido que hacen los chicos.
Bueno, sin más nos vemos en la próxima actualización, las amo! Espero que si tienen vacaciones la estén pasando lindo, y si como yo trabajan todo el verano, que les sea leve!
ESTÁS LEYENDO
Toro
FanfictionCapitulos Cortos con o sin continuidad. Universo Giamila Punto de vista del toro.
