⚠️ADVERTENCIA ESTE CAPITULO TIENE CONTENIDO PARA MAYORES DE 18 AÑOS, LEER BAJO SU PROPIO RIESGO ⚠️🧨 ------------------------------------------------------------------ CAPÍTULO 3 — Como otros te ven
En el sueño, él no se iba.
Después del beso contra la puerta, Gian me empujaba apenas con su cuerpo, sin apuro, y yo abría la puerta desde atrás, todavía sin aire, como si necesitara que entrara y lo hacía, entraba.
No hablábamos, no hacía falta. El ruido del pasillo quedaba atrás y todo se volvía más cálido, más quieto. Mi espalda contra la madera, su mano subiendo por mi muslo, el vestido subiendo con ella. Nos besábamos con hambre, con esas ganas que no saben esperar.
Su boca bajaba por mi cuello y yo me aferraba a su remera negra como si se fuera a desvanecer.
Me llevaba al sillón sin preguntarme, pero dándome espacio. Él me guiaba, pero yo decidía. Y decía que sí a todo con el cuerpo. A sus manos firmes, a su voz grave cerca de mi oído, a la forma en que me hacía sentir como si no existiera nada más.
Sus dedos se deslizaban bajo mi ropa interior. Me decía que me mirara, que lo sintiera y que confiara.
Y justo cuando me arqueaba hacia él, justo cuando todo se volvía fuego…
Me desperté.
Transpirada, acalorada, con el corazón a mil y la garganta seca.
Me quedé quieta un rato, confundida por el peso del deseo, por la claridad con la que había sentido cada cosa. No era como los sueños vagos que se borran al abrir los ojos, este tenía textura, calor y nombre.
Gian.
Nunca había soñado así con alguien, nunca había sentido el cuerpo vibrar tan literalmente por un recuerdo que no existía.
Mis relaciones anteriores habían sido tímidas, apagadas. Besos que no dejaban marca, cuerpos que apenas se rozaban. Romances que no despegaban del todo, como si nadie quisiera tomar el control del vuelo.
Pero esto… esto era otra cosa.
Era como si su sola presencia ya hubiera encendido partes mías que no sabía cómo usar.
Como si desde que lo conocí, me sintiera mirada. Pero no juzgada, deseada y vista.
Suspiré. Me senté en la cama, todavía con las mejillas calientes, y desbloqueé el celular.
Un mensaje nuevo.
Gian: Desayuno de sábado.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Sonreí como idiota, y le respondí con otra foto.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Camila: La elegancia no es lo mío.
Pero estamos sobreviviendo y eso debería ser tenido en cuenta.
Gian: Me encanta igual.
Y yo también estoy sobreviviendo. Aunque con muchas más ganas desde anoche.
Me tapé la cara con una almohada, suspirando como una adolescente.
Más tarde, en el café de siempre, me encontré con Guada. Habíamos quedado en vernos para ponernos al día.
—No sabés cómo terminé anoche —le dije mientras me sacaba el abrigo.
Ella sonrió con cara de que sí sabía.
—De hecho, no aparecí porque fui a buscarte... y te vi. Estabas frente al escenario, con ese hombre tatuado abrazándote por atrás, y tenías una cara de paz que no te veía hace tiempo. Me pareció que estabas bien y que no necesitabas que nadie interrumpiera eso.
La miré, un poco con ternura y un poco con pudor.
—Me besó cuando me acompañó a casa, contra la puerta.
—¿Y?
—Y me quedé sin aire. —Guada sonrió como quien confirma una hipótesis.
—Te hacía falta. Que alguien te deseara así, pero sobre todo, que vos lo sintieras también.
Después me cambió de tema con su energía de siempre.
—Che, no quiero cortar el tema, pero en la facu están por abrir un canal de streaming de la carrera. Se va a transmitir por Twitch, tipo microprogramas de música, entrevistas, actualidad… yo voy a producir uno de ellos.
—¡Guau! ¿Pero por qué siento que eso no es todo?
—Bueno, quiero que lo conduzcas. —Abrí los ojos como si me hubiera dicho que me fuera a la Luna.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Porque tenés buena voz, buena presencia, y sos más interesante de lo que creés. Y porque ya es hora de que empieces a hacer algo con lo que sabés.
Me fui a casa pensando en eso. En todas las cosas que nunca me había animado a decir de mí. En cómo me veía, en cómo no me veía.
Esa noche, cuando Gian me mandó un mensaje para invitarme a cenar en su casa, le dije que sí sin pensar y al rato me aclaró algo que me hizo sonreír.
Gian: Es en el depto de arriba del estudio, vivo ahí.
No es gran cosa, pero tengo vino y buen gusto para la música.
Había algo íntimo en que me abriera su puerta, subimos por la escalera interna del local. El departamento era chico, pero cálido. Lleno de plantas, bocetos, libros y un caos organizado que se sentía muy él.
Comimos pizza casera con vino tinto, hablamos mucho, de todo. Pero cuando le conté lo de Guada y el streaming, mi voz bajó de tono.
—No sé si soy para eso, no me veo, me da cosa pensar que me miren.
Él apoyó su copa, me miró serio.
—¿Querés que te diga cómo te veo yo?
—¿Ahora?
—Sí, vení.
Me llevó hasta un espejo de cuerpo entero que estaba en el pasillo. Apagó la luz del techo y encendió una lámpara lateral, cálida, dorada. El reflejo se volvió más blando, más íntimo. Me quedé frente al vidrio, rígida, mientras él se posicionaba detrás mío. Sentí el calor de su pecho rozándome la espalda, su respiración pareja.
Sus manos se posaron en mis brazos, los recorrieron hacia abajo, hasta descansar en mi cintura.
—Mira —dijo, bajito, con la voz rasposa—. ¿Qué ves?
Tragué saliva. Mi reflejo me incomodaba, como siempre.
—No sé, soy alta, más de lo que me gustaría. Eso hace que siempre parezca estar encorvada. Piernas grandes, pelo con frizz. No mucho más.
Él bajó la cabeza, sus labios rozaron mi oreja.
—Yo veo otra cosa —susurró, y sus manos comenzaron a moverse—. Veo a una mujer con un cuerpo real, vibrante, que respira y que siente.
Veo curvas que me dan ganas de besar completas. Una boca que me deja sin aire cuando se muerde. Ojos que piensan todo y a la vez me piden que no pare.
Sus manos subieron por mi abdomen, se detuvieron justo debajo de mis pechos. Los contuvieron sin apuro, con cuidado, como si fueran sagrados. Luego bajaron lentamente por mis caderas, deteniéndose en cada línea, cada curva, como si adorara mi cuerpo con cada caricia.
—Lo que más me gusta —continuó, su voz caliente en mi piel— es que no sabés lo que generás. Que tenés idea de todo, menos de eso.
Me mordí el labio. Bajé la mirada, incómoda.
—No la veo.
Él levantó mi rostro con dos dedos bajo la barbilla, firme y suave.
—Entonces mirá otra vez.
Se agachó apenas y subió lentamente el vestido desde el dobladillo. Sus manos rozaban mi piel como si fueran aire caliente. Lo levantó hasta mis caderas, dejándome expuesta frente al espejo. Yo temblaba, no de frío, de todo lo otro.
—No quiero que cierres los ojos, ni que escapes. Quiero que te veas, que veas lo hermosa que sos así. —Su mano derecha se deslizó entre mis muslos, y me encontró ya mojada. Solté un suspiro tembloroso.
—Mojada para mí —murmuró con una sonrisa, y deslizó un dedo entre mis pliegues con suavidad, con devoción.
Apoyó su otra mano sobre mi corazón, firme, conteniendo el temblor. Me sostenía entera, cuerpo y latido.
—Quedate ahí, no te vayas de vos. Quedate en esa imagen, esa sos vos también.
La que tiembla, la que siente y la que deseo desde el primer día que te vi.
Mi respiración se aceleró. Mi pelvis seguía sus movimientos, buscándolos. Su dedo entró lentamente, y luego otro. Se movía dentro de mí mientras su mirada seguía fija en el reflejo. Me incliné hacia atrás, apoyada contra su torso, sin dejar de mirarnos.
—Mírate —susurró contra mi oído—. Te ves hermosa así, te ves viva y te ves tan mía.
Me rompí. Gimiendo bajito, temblando en sus brazos, mientras mi cuerpo se deshacía sobre sus dedos.
—Decímelo.
—Me veo.
—Eso es todo lo que quería.
Me abrazó, me besó el cuello, y apoyó la frente en mi hombro. Acarició mi vientre con movimientos lentos, tiernos, hasta que me llevo a la cama.
Y ahí empezó lo demás.
Me recostó con suavidad sobre las sábanas, aún con el vestido arrugado sobre las caderas y la respiración desordenada. Se desnudó frente a mí, sin apuro, dejando que lo viera. La piel tatuada, las sombras de sus músculos, el deseo sin disimulo en sus ojos.
Subió sobre mí, rozando su cuerpo con el mío. Me quitó la ropa interior sin esfuerzo y se inclinó a besar mi abdomen, cada beso contenía una pausa de apreciación. Cuando me abrió con las manos y bajó la cabeza, me temblaron las piernas. Su lengua fue cálida, lenta, firme. Me lamió con hambre tranquila, sosteniéndome con los brazos como si temiera que me escapara del placer. Me retorcía debajo de él, perdida.
Cuando se incorporó para mirarme, yo ya estaba jadeando.
Se acomodó entre mis piernas y se deslizó dentro de mí con un solo movimiento. No hubo palabras. Solo ese primer sonido compartido, grave, profundo. Me aferré a sus hombros, a su espalda, a su cadera. Él me embestía lento al principio, pero cada vez más profundo. Sentía cada centímetro, me llenaba.
—Gian...
—Eso, quiero que digas mi nombre.
Lo repetí sin control, mientras mis uñas se marcaban en su piel. Sus labios encontraron mi cuello, mi mandíbula, mi boca. Nuestros cuerpos hablaban por nosotros.
Cada embestida era un golpe contra mi respiración. Me agarró de la cintura, me sostuvo el muslo, me mordió el cuello. Lo sentí tan profundo que creí que me rompía.
Pero no dolía, era fuego y entrega total.
Me hice suya con cada gemido, él se volvió mío cuando jadeó contra mi boca y me dijo:
—Vas a hacer que me venga adentro tuyo si me seguís mirando así.
Me vine primero, temblando, jadeando su nombre. Él me siguió, gruñendo contra mi piel, empujando una vez más y derramándose dentro de mí con un estremecimiento que sentí desde la raíz.
Me quedé ahí, respirando sobre su pecho, mientras su mano me acariciaba el cabello, como si me estuviera calmando. Como si yo fuera sagrada.
Cuando todo se calmó y el cuarto volvió a estar quieto, me quedé en silencio. Sin saber si quedarme o irme. Me senté en la cama, buscaba la ropa sin querer encontrarla.
Gian, todavía desnudo, se estiró hacia un estante y sacó una remera negra con el logo de InkHouse.
—Ponete esto y vení —dijo, sin titubeos.
Me la alcanzo y después de sentirme pequeña dentro de ella, él me atrajo hacia su pecho desnudo como si fuera obvio. Como si esa cama ya nos conociera.
Me quedé abrazada a él, su brazo en mi cintura, sus dedos dibujando en mi piel sin decir nada y dormimos así, pegados. Respirando como si estuviéramos todavía en medio de algo.
A la mañana siguiente, me despertó el olor a café y algo tostado. Cuando abrí los ojos, él estaba al lado de la cama, sin remera, con una bandeja improvisada.
—Buen día —dijo, con una media sonrisa.
—¿Qué es esto?
—Desayuno. Y ducha, si me dejás invitarte.
—¿Ducha compartida?
—Ahorro de agua —dijo, encogiéndose de hombros como si fuera lo más lógico del mundo.
La ducha fue otra cosa, más íntima, más salvaje que su calma. Nos metimos riendo, pero en cuanto el agua caliente nos cubrió, cambió el clima.
Él me arrinconó contra la pared, el vapor envolviéndonos. Me tomó de las caderas y me alzó. Yo le rodeé la cintura con las piernas, nos besamos con furia contenida, como si aún nos debiéramos algo.