Mardel 3

525 64 6
                                        

-⚠️ADVERTENCIA ESTE CAPITULO TIENE CONTENIDO APTO PARA MAYORES DE 18 AÑOS, LEER BAJO SU PROPIO RIESGO. ⚠️-
----------------------------------------------------------------
Desayuno
Definición: Primera comida del día, generalmente ligera, que se toma por la mañana.
(Pov Cami)
El lunes arrancó con esa energía rara de primer día. Primer programa del verano, todo medio improvisado, medio caótico. Terminamos a las cuatro y media, como siempre, con la cabeza todavía acelerada y el cuerpo pidiendo pausa. Volver a la casa fue como cambiar de escenario sin bajar del todo.
Apenas llegamos, alguien propuso grabar el house tour. Y ahí todo se volvió risas, comentarios por arriba, mientras Martí y Juli mostraban lo grande que era la casa, lo linda, lo irreal. Me paré en el pasillo, apoyada contra el marco de mi puerta, y empecé a contar sobre mi habitación. La cámara entró conmigo, la cama de dos plazas ocupando casi todo, las paredes rosadas, mis cosas ya medio desparramadas. Me acerque a la ventana para desde ahi hacer toda la descripción, metiéndole siempre un poco de humor a todo.
—Tenemos vista a… —hice una pausa dramática— …a la paloma muerta. No, igual, alta vista.
—Y es todo rosa —dije, señalando la cama toda desarmada—. La única habitación que tiene todo rosita.
Cuando termine con eso salí al pasillo y camine hacia adelante para seguir con el recorrido antes de pasarlo al próximo en hacer el tour.
—Y acá tenemos el cuarto del señor…
Me di vuelta y lo miré a él, apuntándolo con el dedo.
—Sí, voy yo. —respondió mientras se acercaba con su caminar pausado hacia mí.
—Que quiero decir algo, duerme todo el día, fue el último que se levantó, realmente me preocupa la rutina de este chabón.
Mientras decía eso, Gian termino de acercarse. Se plantó frente a mí con la mano extendida hacia el micrófono chiquito que yo tenía, demasiado cerca para lo poco necesario que era. Me miró con una media sonrisa, como si se bancara el clip con gusto.
Le di el micrófono y corrí hacia el fondo del pasillo para dejarlo pasar. Él entró a su habitación y la cámara lo siguió. Todo blanco. Dos camas prolijísimas, perfectamente armadas, como si nadie hubiera dormido ahí.
—Como soy indeciso —dijo—, un día duermo en una, otro día en la otra.
Una de las chicas comentó algo sobre el contraste con mi cuarto y yo me encogí de hombros, riéndome, creo que difieren tanto como nosotros. Después el tour siguió con otras habitaciones, otras voces. Pero esa escena se me quedó dando vueltas más de lo que debería.
Cuando terminamos con eso aprovechamos lo que quedaba de tarde para estar en la pileta. Me metí al agua mientras Nico cebaba mates desde el borde, como si fuera el guardián oficial del termo. Martina y Evitta charlaban sentadas, los pies colgando.
El agua estaba fría, pero de esa fría que te despierta. Me apoyé contra el borde, cerrando un poco los ojos hasta que escuché movimiento atrás mío.
Gian se metió a la pileta, en cuero. Mojándose de golpe, sin dudar. Nico lo miró con cara de indignación inmediata por la elección de su malla.
—No puedo creer que sigan usando esas mallas —tiró—. Son horribles, no son cómodas para nadie.
—Banco totalmente —dije yo, sin pensar—. Es una gran moda.
—Mal —sumó Gian—. Además, quedan facheras.
Nico nos miró a los dos, traicionado.
—Ustedes están mal de la cabeza.
Nos reímos y Gian nadó hasta apoyarse cerca de mí en el borde, levanté la vista y lo vi mirándome. No descarado, solo fijo, como si se hubiera quedado ahí sin darse cuenta. Apartó la mirada cuando lo crucé, pero al rato volvió. Sentí ese peso raro en el pecho, esa mezcla de nervios y algo más.
No pasó nada, pero todo pasó un poco.
La tarde se fue deslizando sin que nadie la empujara. El sol empezó a bajar y la pileta dejó de ser ese plan eterno para transformarse en piel arrugada, toallas húmedas y planes sobre la cena. Salí del agua con el cuerpo pesado, cansado lindo. Como cuando tu cuerpo ya empieza a reconocer que está finalizando el día. Gian se quedó un rato más, charlando, sacudiéndose el pelo, como si no tuviera apuro por volver a la realidad.
Cuando entramos de nuevo a la casa, todo cambió de ritmo. El aire fresco de adentro me recorrió la piel todavía caliente y sentí, recién ahí, lo cansada que estaba, ni siquiera tenía ganas de cenar.
Todos cenamos cosas diferentes, y después de eso Martina prendió stream desde el living. Estaba bastante cansada, pero igual quería segundear un rato la primera transmisión. Pensé que iban a ser diez minutos. Spoiler: no lo fueron.
Gian se sentó al lado mío, casi pegado. No encima, pero lo justo para que su brazo tocara el mío cada tanto. Me hablaba bajito, comentándome al oído sobre boludeces mínimas: un comentario del chat, una cara rara de alguien, una situación que solo nosotros dos parecíamos estar viendo.
No paraba de hacerme reír. Yo me apoyaba contra el respaldo, medio hecha un ovillo, y cada vez que me reía sentía cómo me miraba, como si el chiste fuera solo la excusa. El tiempo se me pasó volando. Estaba cansada, sí, pero liviana. Cómoda. Como si ahí, en ese momento, no hiciera falta nada más.
Pero tampoco pare de bostezar desde que me senté, no podía seguir atrasando más el sueño terrible que tenía.
—Yo me voy a dormir —avisé—. Si sigo acá me apago en cámara y queda feo.
Me levanté, saludé rápido a todos, y cuando pasé por al lado suyo estaba mirando hacia otro lado, le apreté suavemente el hombro y como seguía haciendo otra cosa me empecé a alejar. Eso pareció tener su atención, y nos dimos la mano antes de irme. Estaba subiendo las escaleras cuando me llego su mensaje.
Gian Ignacio: Buenas noches, dormilona.
Me hizo sonreír sin quererlo, pero traté de no sobre analizar ese saludo y subí tranquilamente hacia el baño, aprovechando que el resto de la casa aún seguía en stream.
Me hice la rutina de skincare de la noche, desmaquillé despacio, rutina automática. Me miré un segundo de más en el espejo, tenía la cara cansada, pero tranquila.
Cuando me acosté, la casa aún estaba viva. Aunque los ruidos de abajo se escuchaban lejanos, con alguna risa un poco estridente de Martina o pasos probablemente de Evitta yendo a su cuarto. Decidí ignorar todo eso, me di vuelta, acomodé la almohada y cerré los ojos.
Me desperté con esa sensación falsa de estar completamente lúcida, nI sobresaltada o confundida. Solo completamente despierta. La casa está en silencio, pero no en ese silencio profundo de madrugada: es más liviano, como si todavía quedara eco del stream flotando en el aire. Tengo sed, o hambre, no sé qué es, pero siento que me tengo que levantar.
Camino descalza hasta la cocina. El piso está frío, pero no me molesta. La luz de la heladera se prende antes que la del techo y ahí lo veo.
Gian está de espaldas, inclinado apenas hacia adelante, revolviendo como si esperara que mágicamente aparezca algo comestible. Está en cuero y boxers bajos, negros. El pelo revuelto, como si tuviera la almohada pegada. Se rasca el abdomen con gesto distraído, medio dormido, medio hambriento.
—La puta madre… —murmura—. ¿Cómo puede ser que en esta casa enorme no haya nada para comer?
Mi cerebro tarda un segundo en reaccionar, me quedo mirándolo, apoyada en el marco de la puerta, como tratándole de dar sentido a nosotros dos encontrándonos en este momento justo.
Él se da vuelta de golpe.
—Uh— dice, llevándose una mano al pecho—. Pensé que eras Juli o Evitta. Quedaba pésimo, ¿no?
Me mira bien recién ahí, sus hombros se aflojan, y me hace señas para que me acerque. No sé porque, pero ni dude en hacerle caso.
—Qué bueno que me atrapaste vos, no le cuentes nada a Martina, te juro que me pongo pantalones para bajar la próxima vez —agrega, más tranquilo—. Pero bueno, vos igual tenés permiso para ver lo que quieras.
Lo dice como si fuera un chiste, pero su sonrisa tarda medio segundo más de lo necesario en desaparecer. Se apoya contra la mesada, de costado, mirándome sin disimular demasiado.
—¿No dormís? —pregunta.
—Tenía sed —respondo, aunque viéndome así, sin intención de buscar agua, parece solo una excusa.
Asiente lento, como si ya supiera. Como si esto fuera parte de algo que viene pasando hace rato.
—Siempre te me escapas —dice de repente, con tono liviano—. Pero no te va a durar mucho más.
Frunzo el ceño.
—¿Escaparme de vos?
Sonríe, esa sonrisa ladeada que no promete nada bueno.
—Si, como en diciembre.
Se endereza apenas y empieza a acercarse despacio. No invade, solo acorta el espacio.
—Una vez te lo dejó pasar —continúa—. Pero vamos a vivir un mes juntos, y Cami… no sos tan rápida.
Me río, nerviosa.
—Estás delirando.
—Puede ser —dice—. Pero igual…
Levanta la vista al techo como si pensara.
—Arranquemos la cuenta regresiva mejor.
—¿Qué?
—Diez.
Mi espalda choca suave contra la mesada.
—Nueve.
—Gian—
—Ocho.
Da otro paso, está cerca ahora, demasiado. Siento el frío de la mesada contra las manos.
—Siete.
Mi respiración se desordena.
—Seis.
—Esto es ridículo —digo, pero no me muevo.
—Cinco.
Apoya una mano a cada lado de mi cuerpo, atrapándome sin tocarme del todo.
—Cuatro.
Su cara está a centímetros.
—Tres.
Puedo sentir el calor de su piel.
—Dos.
Trago saliva.
—Uno.
Cero.
No me da tiempo a reaccionar, me besa. El beso es intenso desde el primer segundo, como si no hubiera habido espera, como si todo lo anterior hubiera sido solo teatro. Sus manos me toman de la cintura y, con una facilidad que en el momento no me sorprende, me levanta apenas y me ayuda a sentarme sobre la mesada.
El beso no se corta, al contrario, se vuelve más profundo, más urgente. Solo se separó un instante, lo justo para mirarme. La luz de la luna entrando por la ventana, reflejada en sus ojos oscuros, era pura devoción y lujuria.
—Gian… —logré decir, pero la palabra se perdió en un suspiro cuando él se preocupó por desvestirme, por lo menos desde la cintura para abajo.
Sus manos encontraron la cintura de mi pantalón de pijama, el negro de algodón que me compró mi mamá. Con un movimiento firme, y un poco de ayuda de mi parte, lo deslizó junto con mi ropa interior, pasándolos por mis tobillos y dejándolos caer al suelo. El aire de la noche me besó la piel, húmeda y expectante.
Y entonces se acomodó entre mis piernas, bueno, no todo él, solo su cara.
El primer contacto de su lengua fue una descarga eléctrica que me recorrió de arriba abajo. Lento, deliberado. No tenía prisa, sabía exactamente cómo, exactamente dónde. Cada lametón era una promesa, cada movimiento de su boca contra mi clítoris era una pregunta que mi cuerpo respondía con espasmos de placer. Me agarré de los bordes de la mesada, el mármol liso y frío bajo mis palmas sudorosas, un anclaje a la realidad mientras él me deshacía.
—Sí, así… —gemí, sin poder contenerlo.
Él escuchó y lo tomo como una señal para aumentar el ritmo, su boca se hizo más insistente, más voraz. Sus manos se afirmaron en mis muslos, abriéndome más para él. El mundo se redujo a esa cocina, a la luz de la luna, al sonido de mi propia respiración entrecortada y a la boca de Gian devorándome. El calor se construyó en mi vientre, una ola que crecía y crecía, imparable, hasta que me rompió en mil pedazos. Un grito se escapó de mi garganta, un temblor sacudió todo mi cuerpo mientras el placer me inundaba, me vaciaba y me reconstruía al mismo tiempo.
Me quedé recostada sobre la mesada, con el corazón martilleándome en el pecho, los ojos cerrados, tratando de recuperar el aliento. El mármol se sentía extrañamente caliente debajo de mí. Abrí los ojos lentamente, esperando ver el techo de la cocina, pero no.
Estaba en mi cama, en mi habitación. Afuera, el sol de la mañana empezaba a pintar el cielo de naranja. La almohada estaba mojada de sudor y mi pijama negro estaba perfectamente puesto, entero. Mi corazón seguía acelerado, mi cuerpo todavía vibraba con el eco del placer.
Fue un sueño.
Un sueño hermoso, caliente, increíblemente real. Pero un sueño al fin.
Me quedé quieta unos segundos más, mirando el techo, dejando que el corazón bajara de ritmo. El cuerpo tardó más, siempre tarda más. Afuera, el día ya estaba en marcha y yo llegaba tarde incluso a mí misma.
Termine levantándome más tarde de lo usual, demasiado para mi gusto. Me puse lo primero que encontré, intentando no pensar en mesadas ni en cuentas regresivas que no habían pasado. Abrí la puerta justo cuando él hacía lo mismo.
Gian salió de su habitación en cuero, transpirado, con la respiración todavía agitada y una toalla colgada del hombro. Tenía puesta la ropa de correr, oscura, pegada al cuerpo. Claramente venía de entrenar. Y obviamente iba a bañarse, pero mi cerebro eligió ese momento para dejar de funcionar.
Nos miramos, algo pasó ahí en ese cruce, no sabría decir qué. Fue mínimo, un segundo apenas. Una expresión que no llegué a leerle, como si hubiera reconocido algo y lo hubiera guardado enseguida. O como si yo lo hubiera imaginado, también era posible.
—Buen día —dije rápido, incómoda conmigo misma.
—Buen día —respondió él, con la voz un poco más grave de lo normal.
Para no quedarme flotando en ese silencio raro, disparé lo primero que se me ocurrió.
—Che… ¿sabés si quedó algo para desayunar? ¿O ya desayunaste?
Se quedó quieto, demasiado quieto. Me miró fijo, como si midiera algo, como si yo estuviera un poco más desnuda de lo que creía.
Sentí calor en la cara.
—No tengo idea, negra —dijo al fin—. No desayuné nada.
Hizo una pausa corta, como pensando.
—Pero me desperté con la sensación de que tuve un muy buen desayuno.
Me sostuvo la mirada un segundo más. Después pasó a mi lado, tranquilo, como si nada.
—Voy a bañarme —agregó, ya alejándose.
Lo vi desaparecer en el baño y recién ahí solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Me quedé sola en el pasillo, con el corazón acelerado otra vez, la cabeza hecha un lío y una certeza incómoda instalándose despacio.
No había sido solo mi sueño, parecía que el también cargaba con el suyo propio, y eso entre los dos solo podía significar problemas.
------------------------------------------------------------------
Buenas noches toritas 🐂
Cómo están?
Este en realidad es un capítulo doble, con el pov de ambos. Pero para no hacerlo demasiado largo, y que sean todos más o menos parecidos, lo dividi. En un rato subo el capítulo que sigue, no se preocupen.
Espero que estén disfrutando la historia, por favor dejen comentarios y votos, las extrañe mucho 🥲
Nos vemos en la próxima actualización, las amo!

ToroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora