CAPÍTULO 1 — Inadvertido
Camila — 16 años
No estaba invitada. O al menos no oficialmente.
Toto, mi hermano mayor, me dejó quedarme con la condición de no hacer preguntas ni interrumpir.
—Quédate con Guada, nada de hacerse las adultas —me dijo, como si eso bastara para que yo me volviera invisible. Y la verdad es que yo también lo deseaba un poco, ser invisible. Que nadie notara lo fuera de lugar que me sentía.
Guada y yo nos ubicamos en el living, sentadas contra el respaldo del sillón. Yo abrazaba mis rodillas mientras ella trataba de robarle papas fritas a los chicos sin que nadie se diera cuenta. Nos reíamos bajito, como si estuviéramos viendo una obra de teatro absurda protagonizada por universitarios borrachos.
Había pizza a medio comer sobre la mesa ratona, botellas abiertas en todas partes, y ese olor a mezcla de desodorante barato, cerveza tibia y conversaciones cruzadas.
Pasaban los minutos y me preguntaba que hacia esa noche ahí, qué buscaba realmente. La verdad es que, por dentro, solo quería entender cómo funcionaban esas personas. Quería saber cómo se hacía para hablar sin dudar tanto, para reírse fuerte, para caminar como si el mundo entero estuviera diseñado a medida. Yo no sabía hacer nada de eso. Pero Guada, al menos, me ayudaba a parecer menos sola.
Ella sí tenía ese algo: podía entrar a cualquier lugar y encontrar algo que decir. A veces sentía que su presencia me justificaba, como si alguien como ella decidiera seguir conmigo, entonces quizás yo no estaba tan mal.
Toto no nos prestaba atención. Ni siquiera disimulaba. Estaba ocupado con sus amigos, con las risas, con alguna chica que se le sentó cerca y le hablaba al oído. Pero me dejó quedarme, y con eso me alcanzaba.
No hacíamos mucho, solo observábamos. Algunos jugaban al Jenga con shots, otros discutían sobre películas como si se les fuera la vida. A veces alguien se paraba a poner otro tema en el parlante y todos gritaban como si fuera la mejor decisión del mundo. Nadie nos hablaba a nosotras, y estaba bien. Era más fácil así, era como espiar una vida ajena desde la rendija de la puerta.
Fue ahí que lo vi por primera vez.
Estaba apoyado contra la barra de la cocina, una birra en la mano, los auriculares colgando del cuello. No hablaba con nadie, pero tampoco parecía incómodo. Tenía esa forma rara de estar, como si no estuviera del todo. Como si pensara en otra cosa mientras su cuerpo cumplía con la presencia.
Era alto, de pelo negro y cejas intensas, con cara de no estar impresionado por nada. No miraba a nadie en particular, pero se notaba que escuchaba todo.
Una chica se le acercó, le dijo algo, él sonrió apenas y luego siguió como si nada.
Toto lo presentó rápido a otro pibe, de esos saludos al paso, sin ganas de explicar demasiado.
—Él es Gian, estudia conmigo —dijo.
Y siguió de largo.
Gian. Me quedé con el nombre como quien guarda una nota en el bolsillo sin leerla del todo.
No me habló, no me miró, no cruzamos ni una palabra. Pero algo en su forma de escanear el lugar, de permanecer quieto, me llamó la atención. No de un modo romántico, ni fuerte. Más bien… como cuando ves a alguien en el colectivo y no podés dejar de imaginar quién es.
Duró unos minutos. Después se metió en la cocina, alguien lo llamó, y desapareció.
Yo volví a mirar a Guada, que me ofrecía una papita con cara de triunfo.
—¿Lo viste? —le pregunté.
—¿A quién?
—El de la barra, el morocho que esta todo de negro.
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Toro
Fiksi PenggemarCapitulos Cortos con o sin continuidad. Universo Giamila Punto de vista del toro.
