Mardel 2

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-⚠️ ADVERTENCIA ESTE CAPITULO TIENE CONTENIDO APTO PARA MAYORES DE 18 AÑOS, LEER BAJO SU PROPIO RIESGO⚠️-
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(POV GIAN)

Diciembre empezó como gotas de lluvia. De esas que parecen inofensivas, pero cuando te das cuenta ya están rompiendo toda la superficie. Después el resto del mes fue la calma, esa antes de otra tormenta.

Admito que hubo algo de inocencia en ese primer mensaje. Pasar la noche con ella no fue un plan armado, ni una fantasía largamente cocinada. Simplemente pasó, y aunque no me arrepiento de nada, el miedo quedó ahí, flotando entre los dos como humedad que no termina de secarse.

A la mañana siguiente desperté envuelto entre las sábanas y su cuerpo, tibio, relajado, como si no existiera el mundo afuera. Fue más de lo que había esperado. Pensé que después, cuando acomodara algunas cosas, íbamos a hablar. Pero irme sin despedirme ese día, probablemente no fue mi mejor jugada.

Le mandé un mensaje, dejé en claro mi postura, mis intenciones. No fue un silencio  cobarde, fue torpeza honesta. El problema es que el tiempo pasó y esa charla quedó ocupando un espacio invisible entre nosotros. Siempre presente, pero nunca dicha.

Antes de darme cuenta estaba sentado en la casa de Mar del Plata, escuchando una introducción eterna sobre reglas, cuidados y responsabilidades. Todo eso que Guada maneja mejor que yo. Aun así, asentí, tomé nota mental y fui dejando indicaciones en el grupo, porque sabía que si me olvidaba de algo me lo iban a reclamar, especialmente las chicas.

Martina y Guada llegaron esa misma noche. Eso tiró abajo cualquier plan improvisado que tuviera para esa noche contando con el uso de la casa, así que salí. Foto en Instagram, una noche afuera, cabeza en pausa. Fingí que estaba todo bien. Sabía que al otro día llegaban Nicolás y Camila. Y con ellos, lo pendiente.

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Llegaron a la tarde siguiente.

Camila entró como siempre: riéndose, esquivando responsabilidades, haciendo chistes para no hacerse cargo de nada concreto. Esa actitud de nena que se le activa cuando hay que organizar, decidir, ordenar. Sé que eso va a ser un problema con abue Nico, lo veo venir. Pero también sé que ese primer día no era el momento para ninguna charla seria. Entre las compras, las discusiones absurdas y la guerra fría por las habitaciones, no había espacio para nada más.

Al final mi cuarto terminó quedando en el medio, entre el de Camila y el de Nicolás. Una pésima decisión para mi salud mental, pero ya estaba hecho.

El lunes me desperté tarde, no es novedad en mi vida. Pero se que en convivencia, va a traer quilombos en algún momento. Lo confirmé cuando me despertó el grito de Camila desde el patio. Agarré el celular medio dormido y vi el grupo explotado: mensajes, audios, chistes exagerados sobre una paloma muerta que había aparecido en el fondo de la casa.

Leí todo, sonreí e intenté volver a dormirme.

No sé si pasaron segundos u horas, pero el golpe suave en la puerta me terminó de sacar del limbo. Sabía que no había nadie más en la casa, solo podía ser una persona.

—¿Gian… estás ahí? —su voz quiso ser un susurro, pero no le salió.

—Obvio que sí, boluda —respondí, riéndome un poco—. ¿Dónde más estaría?

Escuché su suspiro del otro lado. Seguido del sonido leve del picaporte moviéndose, indeciso.

—Entrá, Cami —agregué—. Te juro que estoy decente. No es como si no hubieras visto todo igual…

Eso último lo dije más bajo. Por costumbre, supongo. No quería que saliera corriendo.

La vi asomarse primero con la mirada, recorriendo la habitación como si buscara una excusa para irse. Después sus ojos se posaron en mí, pareciendo muy timida, una versión de ella que no se ve seguido. Yo estaba tirado en la cama, en cuero, la sábana cubriendo lo justo y necesario para no ser nudismo explícito. Los boxers seguían puestos. Técnicamente, todo en regla.

Había entrenado bastante esos meses. Y verla recorrerme con la mirada fue casi peor que sentir sus manos. Para provocarla, pasé una mano por el torso. Podía ser una caricia distraída o puro cansancio. Sus ojos siguieron el movimiento sin disimulo. Sonreí.

—¿Viniste por un espectáculo o querías compañía? —dije—. Mirá que estoy disponible para cualquiera de las dos.

Eso la sacó del trance. Se sonrojó y tartamudeó antes de armar una frase coherente.

—Q-qué… no. Solo quería saber cómo es el agua caliente de la ducha. Vos ya te bañaste acá.

Desvió la mirada apenas terminó de hablar, como si necesitara recomponerse.

—Obvio —respondí—. A diferencia de las persianas, la ducha funciona perfecto.

Hice una pausa mínima. Sonreí.

—Igual, si necesitás manos extra para bañarte, avisame.

Eso le dio el impulso necesario para que se diera vuelta y saliera apurada de la habitación. Me quedé escuchando. Sus pasos hacia su cuarto. El ruido de la valija abriéndose a las apuradas. Después, el trayecto casi trotando hasta el baño. La puerta cerrándose.

Solté el aire que venía conteniendo desde que entró.

Me quedé quieto, aún escuchando. A los pocos segundos, escuché el ruido del agua corriendo. La imaginación, esa traidora, hizo el resto. La vi bajo el chorro de agua caliente, el vapor empapando el ambiente, el agua resbalando por sus hombros, por su espalda… bajando por la curva de su cintura hasta perderse entre sus piernas.

La ropa de cama se sentía de pronto áspera contra mi piel. Una punzada de deseo, agudo y directo, me recorrió el cuerpo. Me imaginé entrando ahí, mi mano reemplazando a la suya para enjabonarle la espalda, mis labios buscando la curva de su cuello mientras el agua nos mojaba a los dos. La idea de sus tetas mojadas, de su piel resbalosa bajo mis dedos…

Mierda.

Con un movimiento casi inconsciente, mi mano se deslizó bajo la tela de los bóxers. Ya estaba duro, palpitando caliente contra mi abdomen. Lo envolví con la mano, el pulgar rozando la cabeza húmeda, y cerré los ojos. La imagen de Camila era tan nítida que casi podía oler su perfume a través del vapor. Apreté la mandíbula y comencé a moverme, despacio al principio, con el ritmo del agua que corría del otro lado de la pared.

Cada movimiento era un eco de lo que quería hacerle. La imaginaba recostada contra las baldosas, con las piernas abiertas, mientras yo me arrodillaba frente a ella. El pensamiento de su sabor, del sonido que haría mi nombre en su boca bajo el agua, me hizo apretar más la mano. El ritmo se volvió más rápido, más urgente. Mi respiración se cortó, convirtiéndose en jadeos ahogados en la quietud de la habitación.

El agua seguía corriendo, y yo, con los ojos cerrados y la mano moviéndose con furia, me la cogia en mi cabeza una y otra vez, hasta que el placer me explotó en el estómago y me dejó sin aliento, con el corazón martilleándome en las sienes.

Me quedé así un minuto, con la mano todavía dentro de los bóxers, escuchando cómo el agua se detenía. La casa volvía a quedar en silencio. Y la única cosa que pensé fue que tenía que hablar con ella.
Hoy. No importaba cómo.
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Hola de nuevo toritas 🐂!
Cómo siguen?
Acá les dejo el segundo capítulo de esta historia, a medida que veo los programas y los vivos voy sumándole cositas. Así que seguro que más tarde ya empiece a escribir el tercero, que ya tengo algo más o menos pensado.
Espero que disfruten el capítulo, dejen comentarios y votos que eso me da vida y más ganas de seguir apareciendo por acá jajaja.
Las amo, nos vemos en la próxima actualización 💞

ToroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora