El camino a un funeral

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Recibió la llamada temprano.

La noche anterior sufrió un ya acostumbrado insomnio que la mantuvo despierta hasta la madrugada, debieron de ser las tres de la mañana cuando finalmente se decidió por una solución pequeña, redonda y dentro de un frasco guardado en el baño, que la ayudo a inducirse en un sueño profundo.

El teléfono de la casa sonó por varios minutos hasta que, una de tantas llamadas consiguió penetrar en su mente químicamente adormilada. Respondió con una voz tan espantosa que le recordó a la voz de su tío fumador, aquel a quien veía poco, pero que siempre que coincidían en una reunión familiar criticaba por reírse con ese tono gangoso que culminaba en un ataque de tos.

La noticia no la impacto cuando su madre, llorando, termino de hablar entre sollozos. Aún se sentía desorientada, culpaba a la pastilla por mantener a su mente en un estado de estupor que no le permitía darle la emotividad que merecía el fallecimiento de su abuela. Como a su tío, no la veía seguido y hablaban solo en los cumpleaños de cada una para intercambiar unas cuentas palabras protocolarias, sin embargo, la estimaba más que a su tío, o a cualquier otro familiar, al menos eso creía. No derramar una sola lágrima ni sentir una punzada de dolor penetrante en el corazón la hizo replantearse el cariño que creía tener hacia su abuela.

Su madre termino la llamada rápido, fue directa en lo que quería y esperaba de su hija: que llegara al funeral esa noche. No le importaba si ella tenía alguna cosa agendada o demasiado trabajo, tenía que dejarlo todo de lado para viajar varias horas en coche hasta el pueblo donde antes vivía.

Una parte de su conciencia se despertó en ese instante, se sintió culpable por considerar más severos los problemas que le supondría faltar al trabajo que los que tendría si faltaba al funeral.

Llamo a su jefe para pedir una licencia; él sonaba incluso más afectado que ella. Le concedió la licencia, el pésame y una oferta de ayuda por parte de la empresa que aparentaba preocuparse por la salud mental de sus empleados, claro que, no le preocupaba tanto como para mejorar condiciones laborales. Antes de colgar, su jefe le aclaro que la licencia le otorgaba tres días, pero que podría ver la manera de aumentarlo si es que ella lo necesitaba; lo rechazo casi de inmediato, asegurando que volvería al trabajo en tres días.

Finalmente salió de la cama, se ducho rápido y tomo la decisión de solicitar un conductor para su automóvil. Los efectos del insomnio y la pastilla continuaban presentes en su cuerpo, no quería sumar su féretro al lado del de su abuela, seguramente a ella no le gustaría perder la ocasión de ser el centro de atención de todos.

Preparo su maleta en lo que esperaba, solo metió prendas negras y blancas, su madre no le especifico el código de vestimenta, pero estaba segura que otros colores no serían apropiados. Se vistió cómoda; un conjunto deportivo negro, quería aparentar su luto desde ese momento.

En la cocina, reviso los estantes en busca de comida que pudiese echar en la maleta. Tuvo tiempo suficiente para beber un licuado y comer fruta, no sabia si en el funeral podría comer algo más.

El timbre sonó y ella abrió la puerta con la maleta de mano colgando de su hombro.

—Hola —la saludo con normalidad, como si todos esos meses distanciados no hubiesen existido

—¿Qué estás haciendo aquí? —cuestiono sorprendida, sintiendo que sus emociones y sentidos por fin despertaban

—Lamento lo de tu abuela

—¿Cómo te enteraste?

Él bajo la cabeza. Jugaba con las llaves de su carro produciendo un tintineo que llenaba el silencio entre ambos. Alzo la mirada tras unos segundos.

𝕆𝕟𝕖 𝕊𝕙𝕠𝕥𝕤Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora