Treinta y seis.

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Bree.

Los días se me habían ido, literalmente, volando. No podía creer que en tan solo tres días mis amigos se estuvieran yendo a Miami, y yo, en cambio con Liam y su maldito hijo pródigo que me tenía harta. No habíamos hablado, pero estaba segura que ya lo odiaba.
Y todo era culpa de Sara, por su obsesión de quererme ver con novio.
Pfff. Como si lo fuera a lograr. Por mi mente no pasaba ese tipo de pensamientos, no ahora, no nunca.

--Estoy muy nervioso --susurró Austin, tratando de no llamar la atención de nuestra horrible profesora de Inglés, amaba la materia, pero la odiaba a ella con todo mi ser--. Hoy es la semifinal, no me la creo...

--Todo saldrá bien Aus --murmuré--. Después de todo, eres el gran Miller y sé que no me fallarás.

Austin sonrió agradecido.
--¿Cómo sabes que no fallaré?

Sonreí maquiavélicamente.
--Sencillo Miller --susurré fingiendo mirar a la profesora--. Si haces que no juegue esa jodida final, te cortaré las bolas. Y después te las enviaré en un paquete a tu casa.

Austin abrió mucho sus ojos y se tapó sus partes.
--Yo, su noble caballero, le juro solemnemente que le traeré esa final a toda costa, mi gran guerrera sangrienta.

Sonreí ampliamente y lo abracé.
--Más te vale.

El rió mientras me devolvía el abrazo.
El timbre sonó y tome mis cosas dispuesta a salir lo más rápido que pudiera.

--No --me dijo Austin viéndome.

--Pero...

--No.
Bufé y esperé a que Austin terminara de guardar sus cosas.

--Apúrate Aus --lloriqueé--. Tengo hambre.

--Duele como una patada en los huevos Bree --dijo, refiriéndose a la mayoría de sus músculos--. Y siempre tienes hambre.

Rodé los ojos y camine a su lado.
Llegamos a la cafetería rápidamente y nos sentamos junto a los chicos.

--¡Al fin! --gritó Daemon--. ¿Qué estaban haciendo chiquillos picarones?

Preguntó Daemon moviendo sus cejas sugestivamente. Austin rió.

--Nada de tu incumbencia --respondí rodando los ojos.
Carter bufó, haciendo reír a Kellan.
¿Qué mierda?

Abrí mi boca para preguntarles y mi teléfono sonó. Atrayendo la mirada de todos en la mesa.
Volví a rodar los ojos y contesté.

--¿Hola?

--Bree, soy yo, Chelsea.
Respondieron al otro lado de la línea.

--¿Qué pasó? --respondí más animada.

--Solo me preguntaba a qué hora debería estar ahí para ver el partido.

Sonreí ignorando las miradas interrogativas de todos.
--Bueno Chelsea, creo que a las cuatro estaría bien. Porque el juego empieza a las cinco y hay que encontrar un buen lugar.

--Eso sería genial --respondió--. No quiero cortar. Mis amigas solo hablan del trasero de no sé quién y me tienen hasta la mierda.

She's... Different?Donde viven las historias. Descúbrelo ahora