Capítulo 54

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La casa era grande y habían muchos adultos mayores o personas con problemas. Aunque, personalmente, no me agradaba la idea de dejar a Tom ahí, sabía que no tendría el tiempo ni los medios necesarios para cuidarlo adecuadamente. 

-Aquí es; nunca sale de su cuarto.

Tocó la puerta y entró.

-Tom, tu hija vino a verte.

-¿Mi hija?

Entré; su expresión se relajó, dejó su lectura y sus lentes de lado y me miró sorprendido. 

-Hola pa.

-Sara... Estás aquí.

-Estoy aquí...-susurré con un nudo en la garganta y los ojos llenos de lágrimas. 

Ahí estaba, sentado en su silla, mirándome como si los años sin vernos no hubieran sido nada. 

-Ven aquí pequeña...

Me acerqué corriendo a sus brazos, quienes esperaban por mi abrazo, y comencé a llorar.

-¿Porqué estás llorando, Marie?

-¿Por...? No sé...

-Marie, estoy bien. 

-Tienes Alzheimer.

-Bah, eso es pura mierda. Podemos seguir bailando y puedo seguir haciendo lo de siempre. Tengo 60 años, ¿acaso crees que viviría por siempre?

-Pá, estás muy joven para esto...

-Al diablo con la edad, ¿acaso tu madre no murió a los 44?

Suspiré. La tuve sólo 15 años de mi vida. A los 29, me tuvo con el mismo hombre con el que tuvo a mi hermano, ¿porqué? Jamás lo supe y no lo sabré. 

-Tengo tantas cosas que contarte antes de morir.

-Papi, no hables así. Aún te falta conocer a tus nietos. 

Sonrió débilmente, después nos pusimos de pie y me sacó de su habitación para ir a caminar.

-Tom, prometo que volveré lo más pronto que pueda, ¿vale?

-Ay, pequeña, no hay problema. Sólo cuando puedas.-se acercó y en un susurro me dijo:- Cuando vengas, tráeme algún dulce o algún cigarro.

Puse los ojos en blanco, me despedí y me fui.

-¿A dónde, señorita?-preguntó el taxista. 

-Al centro.

El hombre asintió y me llevó sin preguntar nada en el camino. 

Miré por la ventana. Una lágrima salió sin permiso de mis ojos; la limpié rápidamente y envíe un texto a Anna.

«Lamento interrumpir el sexo.

Fui a ver a Tom hoy...»

-¿Aquí, señorita?

-Sí, ¿cuanto es?

-£10

-Vale, aquí tiene. Guarde el cambio.

Salí del taxi rápidamente y comencé a caminar hasta la casa.

Pasé el primer portón y después de unos tres minutos, llegué al segundo portón, lo abrí, caminé hasta la casa y una vez adentro me puse a llorar. 

«Mamá, no te lo lleves. Sé que lo amas, pero no lo hagas», pensé. 

Unas cálidas manos con unos cuantos pelitos rojos me salvaron. 

-Te dije que no debías ir sola...

-Aunque hubieras venido conmigo, igual lloraría.

No respondió, sólo se quedo ahí junto a mi en silencio. 

-Ven, te duchas y yo te alimento, ¿vale?

Asentí. 

Él caminó hasta la cocina, yo hasta mi cuarto a ducharme. 

Con el pelo mojado, pegado a la camiseta que me acababa de poner, sentada en la ventana, sólo con las bragas puestas, los pies colgando y un cigarro en la mano, admiraba por encima de algunos árboles, Londres. Pensaba en mi madre, en Derek y en Tom. 

¿Y si habían secretos que Tom aún no me había revelado? Muchas veces había soñado con que comenzaba a decirme el porqué de muchas cosas.

Alguien tocó la puerta, tiré mi cigarrillo casi apagado y volví a poner los pies en mi cuarto.

-Adelante-dije mientras me arreglaba la camisa.

Una cabeza de perfectos rizos oscuros apareció con una sonrisa. Pero pronto se desvaneció al oler el asqueroso y repulsivo olor a tabaco. 

-Pensé que lo...–

-No es fácil. Igual, debo dejarlo para el lunes. No puedo bailar con pulmones llenos de humo. 

-¿Ya tienes empleo?

-Si. Bailarina principal de una academia.

-Tendrás que modelar, ¿no?

-Sí.

Su ceño se arrugó. Estaba disgustado. 

-¿Qué?-pregunté inofensivamente. 

-No me agrada la idea.

Se comenzó a acercar; con los puños fuertemente cerrados, respiración agitada. 

-¿De que modele? Casi nunca lo haré.

-Sí, lo hacen todo el tiempo. Pregúntale a Danielle. 

-Ella es diferente. 

-Es lo mismo-dijo entre dientes. 

Me mordí la lengua para evitar decir algo de lo que después me arrepentiría. 

-Te estás mordiendo la lengua. 

Negué con la cabeza. Mis ojos claros llenos de inocencia por que no sabía que traía entre manos. 

-¿Bailarás con chicos?

Asentí. 

Bufó. Apretó la mandíbula y respiró fuertemente. 

Me mordí el labio; él lo notó y me besó mientras me apretaba contra su cuerpo. 

-Eres mía, ¿entiendes?-me dijo aún con nuestros labios unidos.

Asentí obediente.

Mordió mi labio, lo jaló y lo soltó cuando un pequeño gemido se escapó de ellos.

-Y de nadie más.

Besó delicadamente mi labio, por el cual corría la sangre para sanar la herida que me había hecho. 

-Vale, ve a comer-se separó un poco de mi-. Ponte un pantalón y un bra, Ed tiene compañía y no quiero que vean nada de ti.

Se dio media vuelta, desapareciendo de mi vista. Llevé mi mano hacia mi labio. Me había hecho daño. 

Obediente, me puse un pantalón deportivo y un suéter y bajé a comer.

-¿Ya te vas?-preguntó Ed a Harry.

-Sí, sólo venía a saludar.

Bajé en el momento que Harry salió de la casa; corriendo hacia la cocina para no toparme con los amigos de Ed, quienes estaban jugando póker en la sala.

-¿Qué pasa?-preguntó Ed.

-Nada, sólo muero de hambre.

-¿Fumaste?

-Sólo uno.

-Ah.

Me di cuenta que había salido de la cocina, así que me senté a comer los espaguettis a la boloñesa que me había cocinado con una copa de vino blanco al lado.

-Esperen, voy a la cocina por una cerveza-escuché una voz.

-¡No, no,no!-intentó impedirlo Ed. Pero era demasiado tarde, su hermano ya había entrado y sus ojos estaban posados en mi.

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