Capítulo 4

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Paso por la plaza para dirigirme a mi hogar. Los últimos vestigios del mercado continúan allí, pero no me detengo a observarlos. Cruzo la plaza apresuradamente, procurando no tener ningún encontronazo, y me escurro por los callejones. Cuando estoy a tres calles de llegar a mi cuarto, oigo gruesas voces de hombres que gritan órdenes.

Mierda, una redada.

A veces los simpatizantes hacen redadas por la zona pobre, echando a la gente de las casas para registrarlas y buscando cualquier excusa para ejecutar a alguien, pero sé que en el fondo el objetivo soy yo. Buscan a cualquier persona que pueda ocultarme, o cualquier comportamiento extraño que indique que me están ayudando. Sin embargo, no temo por Bill y Rossie. Al ser un tendero que utiliza el trueque, es muy difícil probar que las cosas que pasan por sus manos están destinadas a ayudarme, porque siempre puede decir que se las acaba de cambiar a alguien.

Me pego a la pared, deseando que las voces se alejen. Me calo la capucha y agradezco que Rossie me haya trenzado el pelo, así no lo tengo que apartar de delante de la cara. Aguzo el oído, y aprieto los labios para no soltar todos los tacos que me sé al darme cuenta de que se están acercando peligrosamente a mi. Mis ojos buscan frenéticamente una vía de escape, y la encuentro en una casa medio derruida situada a diez o quince pasos de mi. Tiene cuatro pisos, pero hay partes de la fachada que se han venido abajo. Sin embargo, al estudiar el edificio me doy cuenta de que la parte que no está destrozada me proporciona una forma de llegar al tejado de al lado.

Sin pensarlo más me acerco corriendo, prestando atención a las voces de los simpatizantes, y sonrío al darme cuenta de que los huecos de las ventanas son unos puntos de apoyo fantásticos. Sin perder tiempo me quito la falda y la ato alrededor de mi cintura, sé que con ella puesta no llegaría ni al primer piso. Coloco el paquete con mis regalos entre los pliegues que forman la falda, así no se caerán y tendré las dos manos libres. Me agacho y me quito los dos cuchillos de las botas, los voy a usar para llegar a la primera ventana. Los clavo en los huecos que hay entre los ladrillos, y empiezo a ascender. La transición entre el primer y el segundo piso es sencilla, me apoyo en el alféizar de la ventana y desde allí salto una sola vez para alcanzar la siguiente. Me llevo una sorpresa en la tercera ventana, la vieja madera se desintegra cuando la agarro y me quedo colgando de una sola mano a varios metros del suelo.

Cierro los ojos y suelto una maldición al escuchar con espantosa claridad cómo los trozos de madera se golpean contra los adoquines, dando a los simpatizantes mi ubicación exacta.

Con cuidado inserto el cuchillo entre dos ladrillos y me aúpo a pulso hasta colarme por la ventana, y me tiro al suelo de ese tercer piso en el momento en el que los simpatizantes doblan la esquina e inspeccionan la calle donde me encontraba hace un instante. Oigo cómo se acercan, hasta colocarse en donde ha caído la madera.

-¿Qué ha sido eso?

-Ese alféizar se ha caído.

-¿Se ha caído o lo han tirado?

-No seas imbécil. Estas casuchas se caen a pedazos con el mínimo soplo de viento, no le des más importancia. Vamos a beber algo, este olor está empezando a provocarme náuseas.

Me trago la ira al escuchar sus carcajadas, y consigo mantenerme en mi posición hasta que no oigo sus pasos. Después me levanto como un resorte y salgo por la ventana. Decido que no vale la pena ir por los tejados, ya que la redada va en la dirección opuesta a mi casa. Desciendo usando el mismo método que utilicé para subir y salgo corriendo por las calles, procurando hacer el menor ruido posible.

Cuando consigo alcanzar el balconcillo que da a mi cuarto me atrevo a respirar con normalidad. Entro en la habitación y me quito la capa, la falda y la camisa, y recupero la camiseta y la chaqueta. Guardo lo que no voy a usar en los cajones de la cómoda, corto con las manos un pedazo de la barra de pan que ya está empezada y me lo voy comiendo mientras me deshago la trenza. Luego me retiro las lentillas, y por último busco en la bolsa hasta encontrar los guantes. Hace tiempo que quería unos así, porque de este modo las manos no se me enfrían del todo y puedo usar el arco sin problemas, ya que mis dedos siguen al descubierto. Cojo el arco y el carcaj, y me pongo la capa. No me ha dado tiempo a descansar, pero no me importa. Salgo del cuarto con la última luz del crepúsculo como guía.

Consigo llegar al puente sin complicaciones, pero todavía no hay nadie. Inspecciono la construcción, no hay ningún escondite a la vista. Debo encontrar uno, el ataque sorpresa es mi punto fuerte. Desciendo por la orilla y miro hacia arriba, pegada a la piedra. Descubro que hay algunas rocas que sobresalen un poco más que otras, y mis ojos enseguida hallan un camino para situarme en la más alta. Tomo impulso y me doy cuenta de que es más fácil de lo que parecía en un principio. Al llegar al saliente más elevado, sonrío al darme cuenta de que si me pongo de pie puedo disparar de forma que mi flecha pase entre la piedra que forma el puente y la barandilla de metal.

Me alerto al escuchar unas pisadas que vienen en mi dirección. Sonrío al notar como mi corazón se acelera, es la expectación que me recorre antes de dejar volar mi primera flecha. La persona sigue acercándose, así que cojo el arco de mi espalda, me acomodo la capucha y coloco la flecha en su lugar. Cuando las pisadas pasan a mi lado, me levanto de golpe, apunto y disparo.

Sin embargo, el muchacho logra agacharse al escuchar cómo la cuerda producía su chasquido característico al liberar la flecha, por lo que se salva de un disparo mortal, pero no puede evitar que mi proyectil le atraviese el antebrazo. El cuerpo se desploma por el impacto. Sé que no le ha dado en ningún punto vital, y experimento a la vez alivio y cabreo al darme cuenta de quién es la figura que está tirada en el suelo.

Pero qué idiota...Casi lo mato.

Salto desde mi saliente a la barandilla, y de ahí al suelo del puente. Me acerco corriendo al cuerpo que se retuerce y gime de dolor, con un oído puesto en la oscuridad por si se acercan los simpatizantes.

-Mierda, Kyle.¿En que estabas pensando?

Él abre sus ojos azules y sonríe a través del dolor.

-Vaya, vaya...¿primero me das dos de tus preciadas galletas y luego intentas matarme? No te entiendo...

-Y no necesito que me entiendas.- le espeto. No puedo negar que me siento algo culpable, así que le ayudo a levantarse. Su antebrazo derecho está atravesado por una de mis flechas, y sangra abundantemente. Lo guío hacia el borde del puente y le indico que se siente.

-Ni se te ocurra gritar.- le advierto.

Él se coloca la manga de la camisa en la boca y muerde con fuerza. Cuando asiente, mostrando que está preparado, parto la flecha a la altura de la herida y de un tirón rápido la saco de su piel. Kyle no puede evitar un gemido de dolor, y al mirarlo me doy cuenta de que está muy pálido. Saco las vendas que siempre llevo en el bolsillo del pantalón y le vendo el brazo. De todas formas, sé que tiene que desinfectarse pronto si quiere seguir con vida, un agujero en el brazo no es bueno para nadie. Además, las vendas que cubren la herida de su hombro están rojas, se nota que está mal. Está blanco como la leche, y le cuesta mantener los ojos abiertos.

-Vamos.- digo.- Te ayudaré por esta vez, pero luego no quiero volver a saber nada más de ti.

Paso su brazo por mis hombros, pero cuando lo incorporo y empezamos a caminar, oigo los pasos de varios pares de botas militares. Y en ese momento tengo ganas de soltar a Kyle y correr a esconderme, pero sé que no puedo dejarlo solo. Y entonces me pongo a pensar en mis opciones. Estoy bajo la luz, con un herido a mi cargo, y se acercan más de tres simpatizantes.

Genial.

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