Capítulo 4

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Dulce se había quejado de que él trabajaba mucho y de que ella no tenía nada que hacer, y él le había sugerido que se buscara un hobby.

Lo que Chris no había esperado era que Dul se metiera en un gimnasio y se quedó muy preocupado cuando la oyó decir, hablando con alguien por teléfono, que los hombres que iban al gimnasio eran muy atractivos.

Y le preocupó aún más oírle mencionar a un hombre en particular a su amiga Anahí.

Sin embargo, cuando él sacó el tema, Dulce le contestó que ese hombre era sólo un amigo y que, además, estaba felizmente casado.

—¿Por qué no vienes al gimnasio tú también? Así podrías conocerle —le había sugerido Dulce. —Se llama Jack Duarte y es amigo de una antigua compañera mía de colegio.

Christopher había rechazado la idea y se había convencido a sí mismo de que, si su esposa quería presentarle a ese hombre, él no tenía nada de qué preocuparse.

Por otra parte, se había dado cuenta de que Dulce temía que él estuviera saliendo con otra mujer y habían discutido por ello. No obstante, él creía haberla convencido de que no había ninguna otra mujer en su vida. ¡Qué equivocación!

Al volver a casa una noche poco antes de las doce tras haber trabajado todo el día en una nueva campaña publicitaria, Dulce le dijo que se marchaba.

Lo hizo con ojos fríos y distantes, y a él le resultó difícil creer que se trataba de la misma chica que había estado apasionadamente enamorada de él.

Esa misma noche, hablaron durante horas y luego hicieron el amor de una forma que le hizo creer era una renovación de sus votos matrimoniales. Por tanto, al día siguiente cuando fue a trabajar, estaba convencido de que habían solucionado sus diferencias.

Pero esa tarde, al volver a casa, Dulce se había marchado.

Christopher había llamado a su madre y a todo aquél que pudiera conocer su paradero, pero sin resultado. Al final, reconoció que se había marchado porque no era feliz.

Desgraciadamente, acabó descubriendo que la marcha de Dulce no tenía nada que ver con lo mucho que él trabajaba ni con el temor de que tuviera una amante.

Eso había sido una excusa. Era ella la adúltera. Le había dicho que su amigo del gimnasio era sólo un amigo y él le había creído.

Sin embargo, la había encontrado accidentalmente en la calle con los brazos alrededor del cuello de un hombre; quizá hubiera sido el del gimnasio o quizá no, pero daba igual fuera quien fuera.

¡La había visto besando a un hombre a plena luz del día!

A pesar de la furia desatada en él, no hizo nada. ¿Qué sentido tenía provocar un escándalo cuando su matrimonio había fracasado ya?

Simplemente, los había visto alejarse con las manos unidas.

Bajo Su HechizoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora