Capítulo 43

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Cuando Dulce se levantó a la mañana siguiente, no vio a Christopher por ninguna parte.

Su ama de llaves, una señora mayor con el pelo cano recogido en un moño y vestida siempre de negro, le dijo en una mezcla de gestos y palabras sueltas en inglés que Christopher había salido de madrugada sin siquiera desayunar.

Chris no regresó aquella tarde ni la tarde del día siguiente, y Dulce pensó que su relación había terminado.

Quizá fuera lo mejor. Porque aunque se reconciliaran, cuando le dijera que ella ya no podía tener hijos, se separarían sin remedio.

Le echaba mucho de menos; sobre todo, por las noches. Anhelaba tenerlo a su lado en la cama. Nunca se había acostado con otro hombre y sabía que no quería hacerlo. Pero lo cierto era que ya no había posibilidades de que Christopher y ella volvieran a estar juntos.

Tenía dos alternativas: volver a su casa e intentar olvidar a Chris o ir a la oficina de Sevilla para intentar hablar con él. Lo último sería lo mejor. De una cosa estaba segura: no podía seguir así.

••••••••••

Por fin, Dulce fue a la oficina de Christopher.

La recepcionista, al verla, sonrió.

—Voy a decirle a Christopher que está usted aquí. ¿La estaba esperando?

Dul negó con la cabeza.

Dulce: No, es una sorpresa.

—En ese caso, suba directamente —dijo la recepcionista.— ¿Sabe dónde está su despacho?

Dul asintió.

Al acercarse al despacho, Dulce se paró en seco al ver a Christopher a través de la puerta entreabierta. No estaba solo.

Su acompañante era muy hermosa: alta y delgada, vestida con un elegante traje de falda y chaqueta, y el cabello negro exquisitamente cortado.

Dulce oyó su voz sensual y vio a Christopher sonreír mirando a la mujer.

¡Se sintió mareada!

Sus viejos celos revivieron.
Sin embargo, se dijo a sí misma que no debía prejuzgar la situación. Aquella mujer podía ser una clienta, alguien con quien Christopher debía mostrarse amable por motivos de negocios.
Pensando que podía perjudicarle si entraba en el despacho, se dio media vuelta y se marchó.

Entonces, cuando volvió a la casa, Dul empezó los preparativos para volver a Londres. No tenía sentido seguir allí. Tanto si Christopher tenía relaciones con otra mujer como si no, le había dejado muy claro que ya no quería tener nada que ver con ella.

Encendió el ordenador para buscar un billete de avión a Londres por Internet. Con gran desilusión vio que no había billetes hasta, al menos, dos días después. Y aunque no quería permanecer en aquella casa, sabía que no tenía otra alternativa.

••••••••••

Aquella tarde a la puesta de sol, se sentó en la terraza de su habitación y no pudo evitar pensar en su luna de miel, cuando se consideraba la chica más afortunada del mundo.

Rememorando, se dio cuenta de que había sido una tonta al no ponerse en contacto con Christopher cuando se enteró de que estaba embarazada. De haberlo hecho, no se encontraría en la situación en la que se encontraba. Quizá incluso hubieran hecho las paces entonces. Chris habría acudido al hospital, la habría apoyado y le habría ofrecido su amor.

De repente, sintiendo una imperiosa necesidad de hablar con alguien, llamó a Any. Pero su amiga había salido.

Se sentía más sola que nunca. Y, cuando se metió en la cama, su tristeza era infinita.

Por fin, el sueño se apoderó de ella... y soñó con Christopher. En mitad del sueño, se despertó y descubrió a Chris allí de pie, junto a la cama, mirándola con expresión de enfado.

Christopher: ¿Es que para ti huir es la respuesta a todo? —preguntó con voz dura y en tono de reproche.

Dul se incorporó hasta sentarse en la cama.
Estaba contenta de que él hubiera vuelto, no le importaba que estuviera enfadado porque, de una forma u otra, podrían hablar.

Dulce: Era muy joven e inmadura. No sabía qué otra cosa podía hacer. Me sentía abandonada y...

Christopher: No estoy hablando de la primera vez —dijo enfadado.— Estoy hablando de ahora.

Unos duros ojos cafes se clavaron en ella, pero Dul no vio ira, sino deseo. Le tendió los brazos en un último intento por reconquistarlo.

Dulce: Ven, Chris. Deja de odiarme.

Christopher: ¿Odiarte? No te odio, simplemente estoy desilusionado. Frustrado. Pero jamás te he odiado, Dulce. Eras tú quien me odiaba.

Se le veía cansado, pensó Dul, parecía no haber dormido en días.

Dulce: Chris, deja que te abrace. Te he echado mucho de menos.

Ucker cerró los ojos y a ella le pareció ver el brillo de unas lágrimas, pero no estaba segura. Entonces, él volvió a abrir los ojos y esa mirada se le clavó en el alma.

Christopher: Me has echado de menos, pero no has intentado ponerte en contacto conmigo —dijo con reproche.— No se te ha ocurrido llamar a la oficina para preguntar cómo estaba o qué estaba haciendo. No me has dicho que lo sentías. Te has limitado a preparar tu viaje de vuelta.

Dul abrió mucho los ojos.

Dulce: ¿Cómo te has enterado de que estaba preparándome para marcharme?

Christopher ignoró la pregunta y, lanzando un gruñido, se sentó en el borde de la cama y la abrazó.

¡Cómo la había echado de menos!

No se había dado cuenta hasta ese momento. Ahora, estaba deseoso de sentir aquel dulce cuerpo, de acariciarlo. No quería hablar, no quería estropear la magia del momento.

Después... ya se vería.

Los últimos días había estado muy disgustado, había creído que jamás volvería a sentir nada parecido. Se había castigado a sí mismo trabajando hasta que ya no podía más. Había dormido en la oficina, en una habitación con baño que tenían por si se necesitaba.

Bajo Su HechizoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora