Capítulo 34

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¿Por qué demonios era Christopher tan observador?

Entonces, Chris le selló los labios con los suyos. Pero Dul movió la cabeza de un lado a otro.

Dulce: No, no quiero que pase esto. Aléjate de mí.

Christopher: ¿Vas a negar tu propio deseo? —preguntó con una sonrisa.

Dulce: ¿Por qué iba a necesitar hacerlo? —contestó.— Me hiciste la vida imposible y no voy a permitir que vuelvas a hacer lo mismo.

Chris se apartó de ella. De repente, enfadado.

Christopher: ¿Imposible? ¿Fue eso lo que hice?

Quizá había ido demasiado lejos, pensó Dul, pero ya no podía retroceder.

Dulce: Algunas veces. Aunque tú, por supuesto, no tienes ni idea de eso.

Christopher: Al parecer, no —admitió con amargura.— ¿Y ocurre lo mismo aquí?

Dul cerró los ojos unos segundos.

Dulce: No he tenido tiempo de averiguarlo.

Christopher: Dulce, no quiero hacerte sufrir, sino hacer que disfrutes. Quiero... gustarte un poco.

Le gustaba mucho más que un poco. De lo que ella tenía miedo era de sí misma, de lo que sentía por Christopher.

Él le puso las manos en los hombros y la miró profundamente a los ojos. Como ella no ofreció resistencia, Chris volvió a abrazarla.

Christopher: Mi tierna Dulce, no tienes nada que temer.

Esos poderosos ojos cafés la capturaron inmediatamente. Y, en esa ocasión, cuando los labios de Chris rozaron los suyos, no encontraron resistencia.
Con terror, Dul se dio cuenta de que no quería que él dejara de besarla. Le permitió abrirle los labios y besarla con la misma pasión que al principio de estar casados. Sin pensar, le devolvió los besos, apretando el cuerpo contra el de él, sintiendo su deseo, excitándose con él.

Por supuesto, trató de engañarse a sí misma y achacó lo que estaba ocurriendo a aquel lugar maravilloso.
Dul cerró los ojos y se entregó al momento. No podía negarse que Ucker besaba muy bien. Y cuando él alzó la cabeza y la miró a los ojos haciéndole una pregunta en silencio, ella se limitó a sonreír.

Christopher: Creo que deberíamos volver a la casa —dijo en voz baja.

A su dormitorio, quería decir Christopher.
Sin embargo, a Dulce no le había abandonado del todo el sentido común. Durante el camino de vuelta, recuperaría el sentido y jamás permitiría que se repitiera lo que acababa de ocurrir.
En el último tramo del camino, Dul se tropezó y cayó al suelo; naturalmente, Ucker la ayudó a levantarse.

Christopher: ¿Te has hecho daño? —preguntó con preocupación.

Dulce: Un poco —admitió, mirándose las piernas y las palmas de las manos.

Christopher: Yo tengo la culpa por no haber tenido más cuidado contigo.

Dulce: Tonterías. Es un camino peligroso. Le podría haber ocurrido a cualquiera.

Christopher: Sobre todo, llevando unas sandalias tan ridículas como las que tú llevas.

Dul oyó humor en la voz de Chris y, al mirarlo, vio que se estaba riendo, y no pudo evitar reír también.
Entonces, se miró las sandalias, que eran muy bonitas, pero poco prácticas.

Dulce: Supongo que debería haberme cambiado de calzado para bajar a la playa.

Christopher: Sí, eso creo yo también. En fin, será mejor que te lleve en brazos el resto del camino.

Y antes de que ella pudiera protestar, Chris la levantó en sus brazos.
Ya casi habían subido la cuesta y Dul se preguntó si él se habría mostrado tan galante si hubiera tenido que llevarla en brazos todo el camino. Podía sentir los latidos del corazón de él, oler su viril aroma y, aunque quería pedirle a gritos que la dejara en el suelo, le gustaba estar en sus brazos.
Sin embargo, cuando llegaron arriba, ella logró zafarse de él y ponerse en pie.

Dulce: Gracias. Bueno, voy a lavarme —y echó a correr hacia la casa.

Pero se equivocó al pensar que podía librarse de la presencia de Chris hasta el día siguiente.
Él la siguió a su dormitorio.

Christopher: Deja que yo te lave el rasguño —dijo con voz suave.— Siéntate aquí mientras yo voy a traer el botiquín de primeros auxilios.

Dándose cuenta de que sería una tontería negarse, Dul aceptó.
Christopher le limpió las rodillas y las palmas de las manos, y luego se las vendó. Cuando terminó, le dedicó una sonrisa de satisfacción.

Dulce: Y ahora, ¿qué? —preguntó irritada.

Christopher: Ahora tienes que dejar que te cuide —declaró en tono triunfal.

Dulce: Esto es ridículo —gritó, y empezó a quitarse las vendas.

Pero Chris le agarró las manos, aprisionándoselas en las suyas, para después volver a besarla.
Dul se dio cuenta al instante de que, si no protestaba firmemente y en ese momento, acabarían en la cama.
Pero no había contado con la determinación de Chris.

Christopher: Cuidarte, cielo mío, jamás podría considerarse ridículo —dijo separando los labios de los de ella escasos centímetros.— Es mi obligación... y también un placer.

Y, como si quisiera confirmarlo, volvió a apoderarse de su boca.

Dul sintió miedo y placer simultáneamente. Miedo de que las cosas llegaran demasiado lejos y placer en el sabor de los besos de Ucker. Era un hombre mágico. Tenía el poder de controlarla hasta hacer lo que él quisiera.

Dulce se deshacía en sus brazos. Los besos de Chris despertaban una pasión enloquecedora en ella, una pasión que había creído muerta.

¡Cómo podía haber sido tan tonta! ¿Cómo podía un hombre hacerle eso?

Se explicaba fácilmente tratándose de un hombre como Christopher. Dul quería gritarle, quería decirle que la dejara en paz, que se marchara. Pero de su garganta, bloqueada por el deseo, no salió sonido alguno. Con excepción de un gemido de placer.

Chris lo oyó y sus besos se tornaron más agresivos, obteniendo de ella una enfebrecida respuesta.
Él le soltó las manos y tiró de ella hacia la cama; y, en vez de resistirse, ella se lo permitió.

Dul sabía que se arrepentiría después, pero en ese momento no tenía capacidad de decisión.

Era como si no hubieran transcurrido los años. Volvían a ser marido y mujer.

¡Su cuerpo le pertenecía a Christopher!

Bajo Su HechizoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora