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Capítulo 1

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«Los recuerdos es la peor tortura que puede recibir una persona que quiere olvidar. Y su pasado el peor regalo que puede recibir si se trata de seguir. »


El viejo tapiz de mi departamento se está despegando, como yo. Las esquinas se levantan, revelando grietas que prefiero ignorar. Las manchas de café en mi ropa son solo otra señal de mi descuido, de esa batalla perdida contra el cansancio que me persigue. Me observo en el espejo del baño, y mi reflejo me devuelve una versión ajada de quien alguna vez fui.

Practico mi sonrisa. Una, dos, tres veces. Tiene que ser convincente, lo suficientemente amplia para ocultar las ojeras que han tomado posesión de mi rostro, pero no tanto como para parecer falsa. El corrector ya no es suficiente; ni el maquillaje ni las mentiras piadosas logran tapar lo que realmente soy: una farsa a punto de desmoronarse.

«Tengo que hacer esto, ya debo dos meses de renta»

La frase resuena en mi cabeza, mezclándose con el eco de otras preocupaciones. ¿Cuándo fue la última vez que me sentí segura? ¿Cuándo dejé de reconocer a la mujer que me mira desde el espejo? El labial rojo que aplico con precisión es un acto de rebeldía, un intento desesperado por afirmar que aún tengo control sobre algo. Las pecas en mis pómulos, esas pequeñas manchas de caos, son lo único que parece auténtico en mí.

Aprieto el bolso contra mi costado, como si pudiera protegerme de mi propia vida. Al salir, la puerta se cierra a mis espaldas con un golpe seco, como si el apartamento mismo me expulsara. Ya no es un refugio, sino un recordatorio de todo lo que no he logrado, de las facturas apiladas y las promesas rotas.

Sonrío. Siempre sonrío. Porque si dejo de hacerlo, alguien podría notar el vacío. Podrían preguntar, y entonces tendría que admitir que no tengo respuestas. Podrían mirarme con esa lástima que duele más que el desprecio.

El timbre de mi celular corta el aire como un cuchillo. Lo saco del bolso con dedos que apenas logran disimular su temblor. ¿Será otra deuda? ¿Un reclamo? Samara... 

—Melanie —la voz de Samara me provoca un sabor agridulce en mi boca. —sabes muy bien que lo hago por ti, te conseguí la entrevista, en menos de veinte minutos y tú tienes la libertad de no llegar —doy un largo suspiro. —solo...

—Tenía un problema que resolver, estoy en camino —que vil mentira—.si te sigo hablando me tardaré más Samara

Le cuelgo, sin esperar replicas por parte de ella. Mis pasos se aceleran, rozando lo torpe, como si pudiera huir de mi propia voz en el teléfono, de la vergüenza que me quema las mejillas. No importa quién me vea, quién frunza el ceño ante mi prisa. ¿Qué más da? Ya soy invisible entre tanta gente exitosa, otro rostro desgastado en una ciudad que devora a los débiles.

Por un segundo, casi giro sobre mis talones. Vuelvo al departamento que se desmorona como yo. Las paredes descascaradas, el tapiz que se despega... son solo espejos de lo que llevo dentro. Pero me detengo. 

«Tengo que hacer esto, ya debo dos meses de renta»

La frase me perfora, recordándome lo frágil que es mi independencia. Dependo de Samara. De su influencia, de su compasión. Ella me debe el techo, la comida, la luz que aún no cortan por pura suerte. Y lo odio. Lo odio más que a las miradas compasivas, más que a mi reflejo en el espejo.

«Tu peor defecto es tu orgullo.»

Alguien me lo dijo una vez. Quizá fue mi madre, borracha y resentida, o algún amante que se cansó de mis excusas. Tenía razón. Pero el orgullo es lo único que me queda cuando todo lo demás—la dignidad, la seguridad, la fe en mí misma—se ha desvanecido.

Giros Del DestinoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora