«Lo bueno y lo malo no existe, eso depende de cómo quieras ver la situación, los dolores están, pero no son permanentes, tú decides si quieres seguir sufriendo, lo único que no decides es cuando tu corazón late aceleradamente por una persona y ahí si preocúpate, porque no sabes cuando esa persona se va, y eso no depende de tu decisión.»
Mi respiración se acelera cuando Eduardo menciona que la cena es en casa de sus tíos —los padres de Arquímedes— y sé que no puedo negarme.
Soy una desgraciada por ir. Y una egoísta por mirarlos a los ojos.
Esos mismos señores que me invitaban a comer los domingos, que me abrían las puertas de su casa como si fuera su hija. Los mismos que Arquímedes, en otro tiempo y otra vida, me presentó con orgullo: "Mamá, papá... ella es mi novia."
Ahora, cada latido me grita que no vaya. Pero ¿cómo le digo a Eduardo que no? ¿Cómo le explico que sus tíos fueron los únicos que me trataron como familia... y que yo los traicioné igual que a todos los que he amado y me han amado?
El peso de su bondad me asfixia. Porque ellos no saben que, en el fondo, siempre fui una impostora.
—Tu miedo no es de verlos —dice Samara con esa voz que siempre parece saber demasiado—, sino el de ver a Arquímedes. Y una parte de ti quiere que sea así.
Mi orgullo se oprime dentro del pecho, como un animal enjaulado que intenta escapar. La maldigo mentalmente, pero no lo suficiente como para no reconocer que, quizás, tiene razón. La escruto con la mirada, cargada de ironía, como si pudiera desarmarla con solo un gesto.
—Sí, claro que lo quiero —contesto, revolviendo los ojos con exasperación—. Lo quiero ver lejos.
Samara se ríe, un sonido demasiado familiar, demasiado condescendiente.
—Y no es por ser malagradecida —añado, alargando las palabras con falsa dulzura—, pero gracias.
Ella sabe que nunca me ha gustado que me ayuden, que aceptar algo de alguien siempre me ha costado más de lo que debería. Pero se ofreció a prestarme su ropa para la cena, porque, después de todo, no tengo mucho que pueda considerarse "formal". Y aunque lo niegue, aunque finja indiferencia, hay algo en su gesto que me molesta más de lo que estoy dispuesta a admitir.
—Entonces, ¿por qué te acercas a su familia? —pregunta, esta vez observándome a través del reflejo del espejo. Está sentada en su cama, con esa sonrisa apática que siempre logra sacarme de quicio.
Buena pregunta. Idiota respuesta.
—Porque el destino es así de desgraciado —digo, encogiéndome de hombros como si eso explicara todo—. Y así lo decidió.
Me miro en el espejo, ajustando el vestido prestado, suelto y sencillo, demasiado casual para lo que probablemente sea una cena llena de miradas calculadoras y sonrisas falsas. No me gusta pintarme, nunca lo he hecho. Solo llevo mi clásico labial rojo, como una pequeña rebelión contra todo lo que esa noche representa.
—Estás demente —se burla Samara, y su risa resuena en la habitación.
Su cabello rojizo está recogido en un moño alto, impecable, como siempre. Su pijama de seda blanca contrasta con las uñas de sus pies, pintadas de un rojo intenso. Irónico. Como si incluso en su descuido aparente, todo en ella estuviera calculado.
Y yo, frente al espejo, con su vestido y mis contradicciones, no puedo evitar preguntarme si acaso no somos más parecidas de lo que quiero admitir.
«Hay un cierto placer en la locura, que solo el loco lo conoce.»
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Giros Del Destino
Romance"Para que nada nos separe, que nada nos una" -Pablo Neruda. Arquímedes Bernat un déspota, calculador en sus pasos, el mundo para él es como jugar al ajedrez, siempre va a ver un jaque mate y es él quien va a mover la primera pieza. Ve a las mujeres...
