Capítulo 13

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«Somos como el fuego y papel, ardemos juntos y nos consumimos al mismo tiempo. Eso está tan mal, pero es tan satisfactorio, somos masoquistas, somos humanos. Simplemente somos lo que los demás temen ser, nosotros mismos.»


La ansiedad corre por mis venas como un veneno espeso, desplazando cada gota de sangre, convirtiéndome en un recipiente de puro nervio. Cada latido es un recordatorio de lo frágil que soy, de cómo el estrés se enreda en mis músculos y me convierte en un manojo de reacciones anticipadas. El olor a nicotina, ese viejo vicio abandonado, me llama con más fuerza ahora, como si inhalarlo pudiera llenar los huecos que el miedo ha excavado en mí.

Su mirada es un peso que aplasta mi disimulo. Oscura, penetrante, como si ya supiera cada palabra que no me atrevo a decir. Me pregunto si ella nota cómo me desarmo por dentro, si percibe el temblor que reprimo en mis manos, la tensión que se acumula en mi mandíbula. Su sonrisa, en cambio, es un enigma. ¿Es burla? ¿Es complicidad? ¿O simplemente otro gesto vacío en este juego de silencios que nos consume?

Mi mente es un campo de batalla. Una parte de mí quiere soltar las palabras afiladas que llevo semanas puliendo, clavárselas en el pecho y ver si, por fin, algo en ella se quiebra. Pero otra parte, más cobarde, prefiere el dolor conocido del silencio. Morderse la lengua duele menos que arriesgarse a que el rechazo confirme lo que siempre he sospechado: que no valgo la pena.

Ella me citó aquí. Ese detalle debería darme poder, pero solo aumenta la confusión. ¿Qué quiere? ¿Por qué ahora? Cada segundo que pasa es una aguja en mi piel, y aunque respiro hondo, el aire no llega a mis pulmones. Estoy atrapado en mi propia cabeza, paralizado por la duda, mientras el humo de mis pensamientos lo envuelve todo.

—Una pregunta ¿desean ordenar algo? —una chica con un uniforme blanco que en lo personal es masculino y delantal negro, llega a la mesa. Sonrío con sinceridad, alguien que le gusta lo diferente y no le importa ser juzgada.

—Un café —lo necesito, la cafeína ayuda a calmarme. Miro a Savannah quien me escanea, analiza con sus ojos que me inquietan por el simple hecho que son idénticos a los míos.

—Un refresco —ella suelta con un tono de voz mandante. Tuvo que darse una buena vida con el dinero que se robó de mi trabajo. —Melanie decirte que has cambiado es imposible, te miro a los ojos y sigo observando a la niña que quiere conseguir todo fácil —en su sonrisa titubea maldad. Hace que me estremezca.

—Primero mírate en un espejo y ven a criticarme —mascullo colérica, tamborileando mis dedos en la mesa con nerviosismo. —tu robaste

—Estaba desesperada —se justifica, su cabello corto baila cuando mueve su cabeza como iniciativa.

—Para embriagarte —le completo con ironía. Ignora lo dicho.

Busca algo en su cartera que en lo personal cuesta más que toda mi ropa. Maldita.

— ¿Ya viste esto? —en sus manos tiene una revista, está en la sección de farándula del país. Me señala la página donde están Arquímedes con la modelo Susana Hamilton afirmando su compromiso. —no puedo creer que hayas sido tan estúpida de no conseguirlo —lo hace para provocarme.

La cólera brota de mis poros. Aspiro.

—Entonces volviste porque pensaste que ya había solucionado las cosas con Arquímedes —supongo haciendo una mueca, apática.

—Lo suponía, al verte dejado completamente en la calle pensé que habías corrido a sus brazos —suelta de manera sarcástica. —Eres muy orgullosa para hacerlo —aprieto los labios, dejándolos blancos. Se mofa. — ¿se te olvidó el sentido del humor, hija?

Giros Del DestinoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora