«El mal es lo que nosotros mismos decidimos elegir para nuestra vida, el dolor es parte de esta, son pruebas para revelar si somos dignos de la felicidad y definitivamente no soy digna de ella.»
Aprieto el bolso con fuerza, como si ese gesto pudiera darme el valor que me falta. La piel de mis nudillos se estira, blanca por la presión, pero no suelto el agarre. Necesito esta pequeña ancla, este recordatorio tácito de que todavía tengo control sobre algo. Trago saliva, seca y amarga, y me encamino hacia el puesto de Lucía.
La secretaria de Arquímedes es una mujer impecable, de gestos pulidos y mirada calculadora. Justo el tipo de persona que nota cada grieta en una fachada.
—El jefe de edición me ordenó que le dijera algo urgente al gerente —suelto las palabras con una indiferencia estudiada, aunque el pulso acelerado en mis muñecas me delata. Cada sílaba sale medida, fría, como si no me importara, como si no estuviera conteniendo la respiración sin darme cuenta.
Lucía no pierde el tiempo. Levanta el teléfono, murmura algo inaudible y, tras unos segundos que se sienten eternos, asiente.
—Dice que puedes pasar.
—Gracias —respondo automáticamente, pero ya estoy en movimiento, mis pasos decididos aunque las piernas amenazan con traicionarme. Cada músculo parece tensarse bajo la piel, como si mi propio cuerpo se resistiera a avanzar.
Cada vez que avanzo, la puerta de Arquímedes parece alejarse más. Un efecto óptico de mi propia ansiedad, supongo. O quizás es mi mente jugándome una última trampa antes de enfrentarlo. Al llegar, ni siquiera toco la madera pulida. Él ya sabe que estoy aquí. Siempre lo sabe.
La abro lentamente, con cautela, como si esperara encontrar algo que no debería estar ahí. Como esa vez.
—¿Cuál es el asunto de suma importancia? —pregunta, alzando una ceja con esa mezcla de curiosidad y fastidio que solo él domina. Su voz no tiene prisa, como si ya supiera que nada de esto es realmente urgente.
—La trabajadora sexual... digo social —corrijo con un tono que pretende ser descuidado, pero el lapsus ya está ahí, flotando entre nosotros como un mal chiste. Mis mejillas arden, pero me niego a mostrar vergüenza. —Lo está esperando —Le sonrío, aunque sé que el gesto no llega a mis ojos. Bueno, mi equivocación está justificada. Al parecer, a esa señora le falta ropa.
Arquímedes no se inmuta. Sus ojos grises, fríos como acero bajo la luz del ventanal, me estudian. No hay sorpresa, ni reproche. Solo esa mirada que siempre parece ver más de lo que debería.
—Bueno —dice al fin, y hay algo en su voz que hace que el aire se vuelva más denso, como si cada palabra pesara más de lo normal. —Melanie, lo de las escrituras...
—No importa —interrumpo, demasiado rápido, demasiado brusca. —Puede que alguien se dio cuenta de que iba a haber una requisa y dejó esos documentos ahí —Lo digo con desdén, como si fuera una molestia menor, pero las palabras suenan huecas incluso para mí.
Él no se deja engañar.
—Las cámaras fueron revisadas —dice, y cada sílaba cae como un martillo. —Y falta una —Hace una pausa deliberada, dejando que el peso de sus palabras se hunda en mi piel —No puedes ser tú, porque solo personal autorizado tiene acceso. Samara tampoco, porque en ese momento estaba en una reunión conmigo y los inversionistas —Otra pausa, más larga. —Y Cristian confirmó que estabas con él.
—Lo sé —murmuro, pero mi voz suena lejana, como si no fuera mía. Mantente en margen. Estás a prueba en este trabajo. No tienes contrato. Las palabras se repiten en mi cabeza como un mantra, pero no sirven de consuelo.
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Giros Del Destino
Romance"Para que nada nos separe, que nada nos una" -Pablo Neruda. Arquímedes Bernat un déspota, calculador en sus pasos, el mundo para él es como jugar al ajedrez, siempre va a ver un jaque mate y es él quien va a mover la primera pieza. Ve a las mujeres...
