Hemos actualizado nuestras Pautas de Contenido.
Consulta las pautas más recientes para seguir compartiendo historias de forma segura.

Capítulo 12

3.8K 284 10
                                        


«Saber que nos amamos por el simple hecho de que nos negamos a aceptarlo o ¿es acaso que evitamos ser estúpidos? porque el amor nos vuelve así y con toda sinceridad, es la única estupidez que vale la pena vivirla.»




Conocer a alguien no se reduce a memorizar sus gustos o descifrar su carácter. Es excavar en las heridas que no cicatrizan, en los gestos que delatan fantasmas sin nombre. El pasado es la raíz del presente; ignorarlo es como pretender entender el fuego negando las quemaduras. Lo superficial enamora, pero lo que duele... eso revela la verdad.

Y hablando de dolor, ¿quién demonios inventó eso de que "el dolor es mental"? Como si repetirlo como un mantra pudiera sanar una herida abierta. Si me clavan un cuchillo, no importa cuántas veces diga que no existe: la hoja sigue ahí, desgarrando carne. El dolor no es un concepto abstracto; es tangible como el peso de un adiós o el vacío de un abrazo que nunca llegó. Negarlo no te hace fuerte; te convierte en un cobarde que huye de su propia sombra. La verdadera valentía está en mirar al monstruo a los ojos y decirle: "Sé que estás ahí, pero no me romperás".

Y justo ahora, mientras sus labios devoran los míos con una urgencia que sabe a desesperación, recuerdo por qué el dolor y el placer a veces se confunden. Sus manos me arrastran hacia él como si mi cuerpo fuera su último refugio, y yo, tonta de mí, me dejo llevar. Mis dedos se entierran en su cabello; los suyos marcan mi cintura con huellas que mañana serán moradas. Cuando me levanta, un gemido se escapa de mi garganta y se pierde en su boca. Él sonríe, y no sé si es triunfo o crueldad. Mi mente es un cortocircuito de razones y deseos, de "aléjate" y "no pares".

Una descarga eléctrica me recorre la espalda. Él no me quiere; quiere venganza. Quiere que me sienta tan frágil como él se sintió cuando yo jugué con su corazón. Las lágrimas queman mis párpados, pero no caen. Arquímedes lo sabe—lee en mí como en un libro abierto. Su lengua invade mi boca sin pedir permiso, resucitando emociones que juré enterrar.

«Las lágrimas que no se lloran, ¿esperan en pequeños lagos?, ¿o serán ríos invisibles que corren hacia la tristeza?»

Sabe a menta y tequila, a noches sin final y promesas rotas. A presente ardiente y futuro imposible. A Arquímedes Bernat: poder sobre mí y una adicción que me destruye. Cuando se separa, sus dientes hunden mi labio inferior, y yo maldigo estos labios que son a la vez mi perdición y mi paraíso. Mi respiración se acelera, sincronizada con un corazón que, pese a todo, sigue latiendo solo para él.

—Melanie —tengo los ojos aun cerrados, siento la pared húmeda contra mi espalda, filtrando el frío que cola hasta los huesos. Su voz sale más gruesa de lo normal y un poco rasposa. Si intento formular algo voy a soltar un siseo. —déjame...

Como puedo —con unas ganas terribles de no hacerlo. — me separo, abriendo los ojos, mis manos están en su pecho que siento como sube y baja por mi tacto. Sus ojos grises me observan, analizan. Puedo ver a Arquímedes de hace cinco años, amable, dulce y no en el que se convirtió, en lo que convertí. Alguien con rencor.

—Vete, Bernat —toco suelo, mi espalda está pegada a la pared húmeda porque si no estaría en el suelo por lo que me flaquean las piernas.

Aprieta la mandíbula, marcando más su rostro, se pasa una mano por su cabello negro, marcando sus músculos a través de su caro traje. Exasperado.

«Cuánto te habrá dolido acostumbrarte a mí.»

En ese corto lapso de tiempo, su mirada de comprensión se vuelve gélida y tangible. Sin escrúpulos. Siento leves espasmos en mi cuerpo ante su cambio repentino. Un destello iracundo surca en sus facciones en ese momento y suelta con ímpetu:

Giros Del DestinoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora