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Capítulo 33

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«Y al final al rompecabezas ya le calzó la última pieza.»





La vida siempre nos enseña, demasiado tarde, que juzgamos demasiado pronto.

Nos creemos sabios al mirar las cosas de lejos, al reducir a las personas a lo que aparentan, como si fuéramos capaces de ver su esencia con solo una mirada. Y cuando el cielo se oscurece, maldecimos la falta de estrellas, sin preguntarnos quién llenó el aire de humo y luces artificiales que nos robaron el firmamento.

Somos los culpables. Nosotros, que destruimos para construir, que mentimos para proteger, que callamos para evitar el dolor. Somos verdugos y víctimas de nosotros mismos.

Y entonces, cuando ya no queda nada oculto, la verdad llega como un rayo. Un simple papel, unas pocas líneas escritas con tinta desgastada, y de pronto, todo encaja.

Mi madre nunca me habló de su pasado. Nunca me contó sus batallas, sus errores, sus sacrificios. Pero ahora lo sé. Ahora lo entiendo. Y el dolor que siento no es solo por lo que leí, sino por todos los años en los que no supe nada.

Mis sollozos ya no pueden contenerse. El llujo silencioso se convierte en algo más profundo, más desgarrador. Mi pecho arde, como si cada lágrima llevara consigo un pedazo de mi alma.

Algo se quiebra dentro de mí. Algo que no podré volver a unir.

Y entonces, la puerta se abre.

Él está ahí.

Su figura llena el umbral, y cuando sus ojos grises encuentran los míos, no duda. Se acerca, toma la carta que yace a mi lado, la lee con esa mirada rápida y analítica que siempre lo ha caracterizado. Y luego me mira a mí.

No sabe qué decir. No importa.

Porque en su mirada, en ese gris tormentoso que siempre me ha calmado, encuentro lo único que necesito en este momento: Que no estoy sola.

—Ella está enferma y yo...—me atrae contra sus brazos y solo puedo musitar mientras aspiro su olor. —no puedo hacer nada

Su abrazo me da conformidad y es como si quisiera que no me rompiera, como si quisiera que todos los pedazos de mí se mantuvieran fijos. 

—Calma, amor —susurra contra mi cabello. Su simple susurro me eriza la piel y trato de evitar la última palabra que dijo. Me separo un poco de él.

—Arquímedes daría todo por ayudarla —desvío el tema tratando de olvidar que mi corazón late desenfrenado y me arde ante su tacto. Estoy abrumada en pocas palabras, al final solo era una persona que quería estabilidad y un poco de compresión, y al no saber nada cometió muchos errores, no me justifico y ni justifico a nadie, pero, es muy entendible. 

—Lo estás haciendo, pero lo harás mejor cuando te tranquilices —dice con voz grave y gutural como suele ser, y puedo percatar que ha cambiado un poco. Respiro tranquilamente a pesar de la distancia que nos separa.

—Ella es mi madre y me arrepiento por todo lo que hice —siseo y Bernat sonríe con boca cerrada. Me está volviendo loca y no sé cómo actuar.

—Lo sé y está bien —comunica y coloca su mano en la mía y no tuve tiempo de reaccionar. El simple roce de piel manda señales a mi sistema nervioso, logrando que una electricidad viaje por mi cuerpo al borde de estremecerme. —ella lo sabrá

Un silencio se instala y caigo en cuenta de lo que está sucediendo y separo su mano con un poco de brusquedad, por su parte solo frunce el ceño.

—No entiendo porque lo haces —mi voz sale un poco gangosa cuando esa pregunta brota de mi boca.

Giros Del DestinoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora