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Capítulo 5

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«Enamórate de una persona que disfrute estar toda la vida a tu lado, no con la que disfruta estar solo un momento contigo.»



Perspicaz es manera de poder describir a Samara.

— ¿Sabes lo que sería ser hijo de puta? romperle el corazón a alguien que tenga problemas cardíacos —suelta la pelirroja.

—No me digas —revuelo los ojos, coloco mis manos en mis rodillas flexionadas por la falta de aire, observo el panorama sin prestar mucha atención a Samara y su facilidad de no sudar ni una gota. Malditos estereotipos.

—Si lo digo y no te sientas así, porque literal aquí la única persona que rompió el corazón a alguien con problemas cardíacos fue Bernat —me ofrece una botella de agua y la acepto sin refutar.

— ¿Enserio?

—No, es un decir que es un verdadero hijo de puta. El gran magnate es un casanova, te lo juro que, si su oficina podría llamarse prostíbulo, así se designara —Siento una opresión en el pecho, como si algo dentro de mí se hubiera endurecido con los años y ahora no encontrara forma de volver a su estado original. Ella piensa que sus palabras me hacen sentir mejor, que su consuelo me alivia, pero no. No lo hace. En realidad, me asfixia.  Sonrío, claro, porque es lo que se espera. Porque ya lo he hecho tantas veces que hasta yo me creo que estoy bien. Pero la sonrisa es fingida, tan mecánica como el acto de parpadear.

Debe ser esa parte egoísta de mí que se niega a madurar del todo, que a pesar del tiempo, de las vueltas de la vida, de las decisiones tomadas y los silencios extendidos, sigue queriendo. Sigue deseando que Arquímedes Bernat vuelva a ser aquel universitario de risa genuina y mirada acogedora. Aquel que me esperaba después de clases con esa calma suya que me hacía sentir que el mundo no era tan terrible. Que todo tenía un ritmo más suave cuando estaba con él. Íbamos a comer, a veces sin decir mucho, solo disfrutando del silencio que no incomodaba. Me dejaba en casa con cuidado, como si entregara algo frágil. O, cuando las cosas en casa se volvían insoportables, me llevaba a su departamento para que me quedara todo el fin de semana, y así evitar la presencia de mi madre, que en ese entonces era un espectro que ensombrecía todo.

En esos días, él era mi refugio, mi hogar lejos del hogar. Me enseñó que se podía respirar sin miedo, que uno podía dejarse caer y ser sostenido. Pero, al parecer, esas dos personas —él y yo— ya no existen. Yo las asesiné.

Nuestro momento fue efímero, pero, la huella que dejó su forma de querer para es siempre. 

El parque el día domingo es muy tranquilo a estas horas de la mañana, ventisca fresca y tranquilidad que emanan este día odiado por todos. Me procuré de dejar mi cara libre de maquillaje para evitar delineado o mascara corrida, no quiero asustar a un niño.

La poca gente que está haciendo ejercicios me parece que el gobierno les paga para motivar a las personas que se ejerciten los domingos.

—Estás sonriendo, aunque puede que sea fingido, pero llega un momento que te olvidas de que lo es —sonríe la pelirroja.

Ojalá que eso fuera cierto, porque llevo fingiendo toda la vida y todavía no me olvido. Espero, de verdad, que un día llegue, que ese olvido me toque la puerta y me diga que puedo descansar. Pero mientras tanto, sigo con esta farsa bien ensayada, con la sonrisa prestada que uso para convencer a todos —y a veces a mí misma— de que estoy bien. Ahora que lo menciona y me pongo a reflexionar, me doy cuenta de que solo pocas veces he sonreído de verdad, sonrisas auténticas, de esas que no tienen que ver con la risa, sino con el alma sintiéndose segura por un instante. Y en todas esas veces, sin excepción, estaba presente Arquímedes Bernat.

Giros Del DestinoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora