Capítulo 9

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«No tengas miedo de que una persona desconocida te traicione, porque en realidad las más cercanas son las que te apuñalan.»


Me dirijo casi corriendo hacia Coello cuando lo veo pasar, las prisas hacen que mis pasos resuenen con urgencia sobre el suelo de mármol. Dejo atrás mi café humeante sobre el escritorio, abandonado junto al resto de mis cosas, como un testigo mudo de este día que se desmorona entre mis dedos.

El aroma amargo del espresso se pierde entre el bullicio de la oficina, pero no tengo tiempo para detenerme. Hoy es uno de esos días ajetreados en los que me la he pasado de un lado a otro, sin descanso, como un péndulo oscilando entre el deber y la desesperación. Cada minuto ha sido una carrera contra el reloj, cada reunión, un nuevo frente abierto.

Y ahora, Coello que recién aparece. 

—Señor, el nuevo bulldozer de la compañía trabaja a la perfección —le aviso a Cristian Coello, quien asiente ante lo dicho con esa frialdad calculada que siempre lo define. Desganada, suspiro, sintiendo cómo el peso de mis propias palabras se hunde en el silencio entre nosotros. —También los accionistas del Grupo Bernat en California...

—Rosell, lo siento —interrumpe Coello con un gesto de fastidio, pasándose una mano por el rostro como si intentara borrar algo más que el cansancio—, pero si es para eso, no tengo cabeza ahora. Por favor, ve donde Eduardo Bernat y dile que venga. No sé cómo piensa dirigir esto si no puede dirigir ni su propia vida. ¿Qué estaba pensando Arquímedes cuando lo puso al mando?

«Alejarse lo más posible de mí.»

La frase resuena en mi mente como un eco venenoso. Si yo pudiera, lo haría. Huiría de esta oficina, de esta ciudad, de cada recuerdo que me ata a un pasado que no puedo reparar. Pero aquí estoy, atrapada en este juego de miradas y silencios que nadie más parece notar.

—Con su permiso —salgo de la oficina de Coello de mala gana, apretando mi bolso con tanta fuerza que las uñas se me clavan en la palma. Aguanto las ganas de gritarle, de soltar todo lo que llevo dentro, pero sé que no cambiaría nada. Solo empeoraría las cosas.

Caminando por el pasillo, llevándome a gente de paso con murmullos que no logro descifrar, veo la figura de Eduardo conversando con un hombre que, por la tensión en sus hombros, no está nada contento. ¿Qué estará pasando? ¿Otra crisis? ¿Otro problema que Arquímedes habría resuelto en minutos?

—Disculpen, señor Bernat —intervengo con una voz que suena más frágil de lo que quisiera—, el señor Coello lo espera en su oficina. Es de suma importancia.

El hombre al que Eduardo hablaba gira hacia mí, y en sus ojos hay algo que me traspasa: impotencia, resignación. Algo en su mirada me hace querer retroceder, pero ya es tarde.

—Bueno, disculpa, tío —le dice Eduardo al hombre con un tono que no admite réplica. En eso, la sangre se me hiela hasta los huesos. —Rosell, ¿puedes acompañarme?

Mis articulaciones parecen bloquearse, convirtiendo cada movimiento en un esfuerzo titánico. —Melanie —la voz de Eduardo me hace reaccionar, pero no del todo.

—Sí, lo siento —murmuro, evitando su mirada. Es el padre de Arquímedes. El mismo hombre que me abrió las puertas de su casa, que me sirvió café en las mañanas y me preguntaba si dormía bien. El mismo que me miró con decepción cuando supo que había traicionado a su hijo. Ahora, con más años encima y menos luz en los ojos, está aquí, frente a mí.

No soy capaz de sostener su mirada. En vez de sentirme fuerte, me obligo a bajar la cabeza, como si el peso de lo que hice pudiera romperme el cuerto. Quizá no me recuerda. O quizá sí sabe quién soy por mi nombre y simplemente elige callar, dejando que la culpa me consuma por dentro.

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