«Quisiera tenerte y no soltarte, quisiera amarte y no dejar de quererte, quiero tanto, siempre quiero, pero nunca hago nada al respecto.»
Siempre me han fascinado esas personas que irradian luz propia, que no necesitan moldearse a los contornos del mundo para ser vistas. Yo, en mi torpe intento por imitar esa autenticidad, me convertí en mi propia contradicción: tanto forcejeé por brillar sola que terminó apagándome. En el camino, olvidé las manos que me sostuvieron cuando temblaba, los nombres que susurraron "aquí estoy" en mis noches más oscuras. Jugué a ser un espejo de algo que nunca fui, y ahora el arrepentimiento se acumula en mi garganta como un "perdón" que ya no encuentra dueño.
Hubo un ejemplo, claro y doloroso. Alguien con ojos como nubes de tormenta, voz teñida de burla que me hacía reír incluso cuando hería, sonrisa que sabía a desafío y labios que dibujaban promesas con cada palabra. Era el fuego que iluminaba mi contradicción: admiraba su libertad mientras yo misma me encadenaba a la necesidad de ser aceptada. Ahora entiendo que el tiempo no es un aliado del amor, sino su ladrón silencioso.
El tiempo no es un puente, es un abismo. Si quieres amar, ama ahora; si vas a perdonar, hazlo antes de que el rencor eche raíces. Cada "esperemos" es un regalo que le hacemos a la incertidumbre, y la incertidumbre siempre trae consigo pérdidas. ¿Por qué posponemos lo que el corazón ya ha decidido? ¿Qué demonios esperamos: que el universo nos susurre un permiso que nunca llegará?
La perilla de la puerta está fría bajo mis dedos temblorosos. La aprieto con fuerza, como si ese metal pudiera absorber el caos que bulle dentro de mí. Mi corazón es un animal enjaulado que golpea mis costillas, urgente, desesperado. ¿Y si al abrir solo encuentro más mentiras? La duda me muerde, pero también sé que la verdad duele distinto cuando viene de quienes amas: no es un cuchillo, es una aguja que cose heridas viejas mientras abre nuevas.
Finalmente, giro la perilla. Madelein y Antony están ahí, suspendidos en el marco como un cuadro vivo. Ella lleva un vestido añil que parece hecho del cielo crepuscular; él, un traje que delinea su silueta con una formalidad que me desconcierta. Sonrío, pero es una sonrisa prestada, un gesto aprendido en el espejo de mis inseguridades. Les doy paso, y el aire se espesa con todo lo no dicho. ¿Por qué están aquí? ¿Qué quieren de mí? Mis labios se niegan a formar palabras, y en ese silencio, comprendo que este momento no es un final, sino otro tipo de tormenta: una hecha de miradas que esquivan, de manos que casi se tocan, de preguntas que flotan como pétalos sobre aguas turbulentas.
—Pueden sentarse —añado al silencio que comienza a tornarse un poco incómodo. Mis manos tiemblan un poco al pensar que cualquier palabra que no sea convéncete puede dañar esta cena, me abruma.
—Gracias —dice con acento Madelein anclando sus ojos a los míos y no estoy segura de que sentimiento hace rutilar su mirada verdosa. Es una mezcla de asombro, cariño y dulzura. Como si intentara de no estropear también la situación.
Ya está la comida servida, no sé cómo estén acostumbrados o si está al tacto de una sirvienta, pero soy simple y orgullosamente me crie así.
Y simplemente no sé si decir algo más o comenzar a comer o hacer lo que ellos hagan antes de cenar. Juego con mis dedos para calmarme recordando lo que me ha dicho la doctora Cristal para tranquilizarme y lo hago. Respiro lento y pienso que va a salir bien.
—Bonito lugar, Melanie —comenta Antony tratando de apaciguar el ambiente tenso. La comida está intacta, nadie e incluso yo la hemos tocado.
El sonido doloroso que mi tráquea hace al pasar saliva con ansiedad hace que me distraiga. —sí —trato de sonreír, pero creo que termino haciendo una mueca. —espero que les guste, yo lo cociné —saco al tema la comida ya que nadie la ha probado.
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Giros Del Destino
Romance"Para que nada nos separe, que nada nos una" -Pablo Neruda. Arquímedes Bernat un déspota, calculador en sus pasos, el mundo para él es como jugar al ajedrez, siempre va a ver un jaque mate y es él quien va a mover la primera pieza. Ve a las mujeres...
