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Capítulo 35

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Último capítulo


«Si se quieren como dicen, demuéstrenlo, que si se aman luchen por estar juntos, que si les duele la infelicidad del otro, no se lastimen y si hacen todo lo contrario aléjense y dense cuenta de sus errores y si se merecen, tarde o temprano sus caminos se volverán a unir, o si no, solo fueron un simple amor pasajero que les enseñó como amar.»





El céfiro nocturno roza mi piel como un susurro helado, y en medio del sueño entrecortado, busco a tientas la sábana para arrebujarme en su tibieza. Pero no es suficiente. Un aire más gélido se cuela bajo las cobijas, deslizándose como un ladrón de calor, y yo, medio dormida, me enrosco sobre mí misma, ahuyentando el invierno que empieza a arañar los vidrios.

El aroma a lavanda—suave, familiar—impregna las telas, y por un instante, el mundo se reduce a este refugio: las sombras del amanecer lejano, el crujido de la madera bajo el viento, el suspiro de la casa que se resiste al frío. Cerré el balcón, pienso, confundida. ¿Entonces por qué este aire helado se empeña en recordarme que diciembre se acerca?

Pero entonces lo recuerdo.

Él está aquí.

Bernat yace a mi lado, su respiración lenta y profunda, un contraste con mi tiritona inconsciente. Sin pensarlo, me acerco, buscando ese calor que solo su cuerpo da—ese que no depende de estaciones ni de cerraduras mal ajustadas. Y como si lo supiera, como si incluso dormido reconociera el llamado de mi piel contra la suya, sus brazos me encuentran.

Me atrae hacia él con un movimiento instintivo, sus manos rodean mi cintura y me encaja contra su pecho, donde el latido de su corazón es un tambor bajo mi mejilla. El frío se esfuma en segundos, reemplazado por una onda expansiva de calor que me derrite por dentro. Sonrío, pequeña y secreta, mientras me ajusto al ritmo de su cuerpo, a la curva de sus costillas, al modo en que su aliento calienta mi nuca.

Y entonces lo oigo: su risa. Gutural, ronca por el sueño, pero inconfundiblemente suyo.

Te robé las cobijas otra vez, ¿verdad? —murmura, voz áspera de recién despertar. —Lamento desilusionarte, pero debo ir al trabajo —susurra casi inaudible con voz pastosa y ronca, que me hace remover entre las sábanas.

—No —me aferro más a él, inconscientemente. —ve más tarde y di que el gato se comió tu deber —balbuceo, media dormida. Incoherencias.

—Creo que eso no lo creerán los activistas —me besa la cabeza. —vamos Melanie... —gruñe.

—No —repito. —ya cinco minutos más y te dejo en libertad

—Bueno, tampoco es que quiera irme ya —se acomoda más a mi lado un poco adormilado y sonrío aspirando su olor. Él suelta una risa y posteriormente, caigo en los brazos de Morfeo y en la comodidad de sus brazos.

(...)

Mi risa resuena en la habitación, fresca y despreocupada, como si el sonido mismo pudiera iluminar cada rincón del espacio. Bernat está frente al espejo, los dedos enredados en la corbata, moviéndose con una torpeza inusual en alguien tan meticuloso. Cada intento fallido tensa más su mandíbula, y yo, desde el umbral del baño, con el vapor de la ducha aún escapándose tras de mí, no puedo evitar sonreír.

El contraste es demasiado divertido: él, serio sabiendo que se enfrentará a una llamada de atención, y yo, con el pelo aún húmedo y el corazón ligero, avanzando hacia él como quien se acerca a un animal nervioso.

—Déjame —digo, y sin esperar respuesta, aparto sus manos de la seda.

Mis dedos, más hábiles en este pequeño ritual, trabajan con precisión: cruzo, enrollo, ajusto. La corbata cede bajo mis movimientos, obediente, mientras él permanece quieto, su expresión impasible. Pero lo conozco demasiado bien. Ese frío en su mirada no es indiferencia, es resistencia. Resistencia a admitir que le gusta que yo lo haga.

Giros Del DestinoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora