«Sin duda alguna el amor y el corazón son polisémicos, hay muchas formas de interpretarlo, de mostrarlo hasta de diferenciarlo.»
A los siete años, creía que podía engañar al mundo escondiendo mis brazos dentro de la camiseta. "No tengo brazos", decía, y reía cuando los demás fingían creerme. Bajaba los colores de mi lápiz de cuatro puntas como si fueran ascensores diminutos, llenaba la tapa de mi refresco hasta el borde y la bebía como si fuera un banquete. Esperaba agazapada tras la puerta para asustar a mis amigos, y el peor dolor imaginable era el raspón de una rodilla sangrante.
Eso era felicidad.
Y no lo sabíamos.
Ahora, ni las matemáticas más abstractas son tan complicadas, ni la filosofía tan incierta, como los caprichos del destino. ¿Qué demonios buscamos? ¿Cuándo dejaremos de correr tras algo que ni siquiera sabemos definir? Nunca entendemos que somos felices hasta que el momento se convierte en recuerdo, hasta que la risa se vuelve eco y la piel sana de aquel raspón ya no existe.
Entonces, que nos vaya bien en la búsqueda. O que, al menos, un día nos demos cuenta de que lo que anhelamos siempre estuvo ahí, pegado a nuestras narices, tan cerca que no lo veíamos.
A veces, el hastío se enreda en mi garganta como una niebla espesa. Pienso en todo lo que perdí, en todo lo que pude ser y no fui, en las versiones de mí que se quedaron varadas en el pasado.
Sería fácil culpar al tiempo. Si pudiéramos controlar las manecillas del reloj, ¿retrocederíamos? ¿Aceleraríamos? ¿O nos quedaríamos eternamente en un instante que nunca fue tan perfecto como lo recordamos?
Pero el tiempo no nos pertenece. Somos nosotros los que le pertenecemos a él.
Y, sin embargo, lo usamos de excusa. "No es el momento adecuado", decimos. "Todavía no", repetimos. Pero el tiempo no espera. Y yo me pregunto: ¿sigo esperando a que el tiempo actúe por mí, o tomo yo las riendas antes de que sea demasiado tarde?
Hubo una época en la que veía rostros en las paredes, en las manchas del techo, en las sombras de la calle. Pareidolia, le llaman. Pero para mí, eran juicios silenciosos. Caras que me acusaban, que susurraban: "Es tu culpa".
Llegué a pensar que estaba enferma. Que mi mente se desmoronaba. Hasta que el psicólogo me dijo que solo era falta de sueño. "Solo alucinaciones", dijo, como si eso las hiciera menos reales.
Y luego llegaron las pastillas.
Un puñado de cápsulas que prometían normalidad. Me volví adicta no al remedio, sino a la ilusión de que algo, algo, podría llenar el vacío que llevaba dentro.
Me alejé de todo cuando los juicios por el robo de mi madre casi me arrebatan la libertad. La verdad salió a la luz, pero ¿qué importa? La verdad nunca es suficiente. Siempre hay otra mentira esperando, otra incógnita sin respuesta.
Ahora me pregunto: ¿tengo que esperar otra verdad? ¿Cuál? ¿La de ellos? ¿La mía? ¿O esa verdad abstracta que todos perseguimos como si fuera la salvación?
Quisiera seguir a mi corazón sin frenos, hacer lo que me haga feliz. Pero siempre termino aquí.
En el mismo lugar. En el mismo ciclo.
Sí, de los errores se aprende. Siempre se aprende.
Pero yo ya aprendí. ¿Y ahora qué?
Han pasado tantas cosas. Podría haber hecho más, pero elijo enfocarme en lo poco bueno que me queda.
Viendo como le llega el vestido a Samara de la boda que prácticamente la estoy obligando a ir.Se vuelve a negar.Le vuelvo a insistir.Lo hago porque si ella no va Bernat va a pensar que eso me afecta y que mi amiga va a estar consolándome ¿no es así?
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Giros Del Destino
Romance"Para que nada nos separe, que nada nos una" -Pablo Neruda. Arquímedes Bernat un déspota, calculador en sus pasos, el mundo para él es como jugar al ajedrez, siempre va a ver un jaque mate y es él quien va a mover la primera pieza. Ve a las mujeres...
