«Admirar la capacidad de las personas construyendo amor aun estando destruidas, pero en realidad admirar su capacidad de regalar sus trozos a personas incompletas quedando sin nada.»
Se va a casar en menos de seis meses.
La frase resuena en mi cabeza como un disparo en un espacio cerrado, un eco que no se apaga. Seis meses. Medio año. Dieciocho semanas. Puedo medirlo en días, en horas, en latidos, si quisiera. Pero no importa. El tiempo ya no es una línea; es una herida que se abre con cada respiración.
Cuando era pequeña, inventé un sistema. Una forma de sobrevivir. Decía que cada persona lleva tres armaduras, como esas muñecas rusas que esconden versiones cada vez más pequeñas de sí mismas. Pero en mi caso, solo tres. La primera, para los desconocidos, hecha de sonrisas corteses y monosílabos. La segunda, para los que creía cercanos, tejida con sarcasmo y falsa indiferencia. Y la tercera, la última, la más gruesa, la que guardaba mi corazón.
Era un buen sistema. Funcionó durante años.
Pero nadie te advierte que las armaduras no son eternas. Se agrietan. Se oxidan. Las balas de las palabras, las miradas, los silencios, se recargan una y otra vez, perforando capa tras capa, hasta que el concreto que te protegía se desmorona como arena entre los dedos. Y entonces, ahí está tu corazón, expuesto, latiendo con una crudeza obscena, sin defensas.
Hoy no queda nada de esas armaduras. Solo carne abierta.
Un suspiro exagerado me arranca de mis pensamientos. Es Samara. Tiene un trozo de brócoli en el tenedor y lo mueve con gesto indolente, como si el mundo entero girara alrededor de su aburrimiento.
—Bueno, imagina que es para publicidad de ella, como un contrato beneficioso —hace una pausa teatral, ese gesto que siempre hace cuando intenta convencerme de algo que ni ella misma cree del todo. Lleva el vegetal a sus labios con elegancia estudiada, como si estuviéramos en una cena de gala y no en este restaurante de comida rápida. —Ella gana fama y él obtiene una buena imagen, por eso aceleran todo.
Asiento sin convicción mientras mis dedos acarician inconscientemente la esquina de la revista que Samara compró antes de venir. Es curioso cómo la vida nos pone estas coincidencias justo delante, como si disfrutara de vernos tropezar con nuestros propios fantasmas. Nuestra atención converge en la sección de chismes y farándula al mismo tiempo, y siento cómo mi estómago se contrae al ver esas sonrisas perfectas impresas en papel brillante.
Juego con la ensalada, empujando los trozos de lechuga de un lado a otro del plato. Lo único que ha cruzado mis labios es el refresco, que sorbo a través del popote con una concentración absurda, como si evitar mirar hacia arriba pudiera protegerme de esta conversación.
—Basta —el chasquido de sus labios al separarse del vaso me hace levantar la vista. Su mirada es esa mezcla de preocupación e irritación que solo Samara sabe conjurar. —Capaz ni has desayunado porque te levantaste tarde y te rehúsas a comer.
—No tengo apetito —me encojo de hombros en un gesto que pretende ser indiferente, pero que sabe a derrota. Suspiro, desganada, al ver cómo sus ojos no dejan de escrutarme, buscando entre las grietas de mi expresión las respuestas que no quiero dar. —No me mires así —protesto, y en un acto de rebeldía adolescente, clavo el tenedor en la ensalada con más fuerza de la necesaria, llevándome una porción exagerada a la boca. —¿Contenta?
Su risa suena a victoria, pero también a alivio. —Al menos mastica antes de hablar —replica, y sé que lo hice solo para molestar, para demostrarle que aún tengo control sobre algo, por pequeño que sea. Terminamos de comer en un silencio que no es incómodo, sino cargado de todo lo no dicho.
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Giros Del Destino
Romance"Para que nada nos separe, que nada nos una" -Pablo Neruda. Arquímedes Bernat un déspota, calculador en sus pasos, el mundo para él es como jugar al ajedrez, siempre va a ver un jaque mate y es él quien va a mover la primera pieza. Ve a las mujeres...
