«En mi mente eres el mejor arte e impredecible. Hecha a la perfección en un lienzo a base de pecado, lujuria y perdición. Porque el simple hecho de admirarte me da ganas de robarte.»
Se trata de una maleta.
El objeto yace sobre mi sillón como una amenaza silenciosa, como un testigo mudo de algo que no quiero descubrir. Mis entrañas se retuercen, anticipando lo peor: ¿un cadáver descuartizado? ¿Pruebas de algún crimen? Savannah—no, Priscila—es capaz de cualquier cosa.
Mis manos tiemblan. Las observo, extrañadas de su propia debilidad, como si ya no me pertenecieran. La incertidumbre me carcome por dentro, convirtiendo cada paso hacia la maleta en una batalla contra mi propio miedo. ¿Y si es una bomba? Bueno, después de todo lo que ha hecho Savannah, hasta eso sería esperable.
Mis dedos se cierran alrededor de un trapo—no dejar huellas, nunca dejar huellas—, y el corazón se me acelera hasta doler. El aire se espesa. La cremallera suena como un disparo en el silencio de mi apartamento.
Y entonces... dinero.
Montañas de billetes, apilados con descuido, como si el valor no importara. La vista me nubla, el suelo se inclina. ¿Cuánto hay aquí? ¿Cien mil? ¿Casi millón? Mis rodillas flaquean, y me aferro al sillón para no desmoronarme. El tacto áspero de la tela bajo mis uñas es lo único real, lo único que me ancla a la cordura.
¿De dónde salió esto? ¿Qué hizo ella?
Una nota. La agarro con dedos sudorosos, torpes. La letra no es la de Savannah—no del todo—, pero las iniciales... S.H.
"Melanie, hija, esto es tuyo. No tengo una cuenta exacta, pero guardé lo que alcancé para llenarla. Hay más; mucho más, y me encargaré de hacértelo llegar. S.H."
¿S.H.? Savannah Franch es mi madre. ¿O lo es?
Susana Hamilton cruza mi mente, pero es imposible. Para que yo fuera su hija, tendría que haberme tenido a los dos años. ¿Otro alias? ¿Otro juego de identidades? Savannah siempre fue una maestra en reinventarse, en borrar sus huellas... ¿y ahora me arrastra a mí?
Un sudor frío me recorre la espalda. ¿Y si esto es evidencia? ¿Si robó un banco y me está usando para esconder el botín? La paranoia me estrangula, pero otra voz—más fría, más amarga—responde desde el fondo de mi mente:
"Tómalo. Después de todo lo que sufriste por ella, mereces esto y más."
Cierro los ojos. Respiro.
La decisión está tomada antes de que pueda racionalizarla. El dinero es mío ahora, sin importar su origen. Separo un fajo grueso, escondo el resto bajo pilas de ropa vieja—como si eso lo hiciera menos real o me eximiera de toda culpa—y salgo.
Las calles están demasiado quietas. ¿O soy yo quien vibra con nerviosismo? Cada mirada que me roza parece juzgarme, como si supieran lo que llevo en los bolsillos. ¿Qué cara pongo? ¿La de la hija arrepentida? ¿La de la cómplice?
El edificio Bernat se alza frente a mí. Él está aquí—lo sé—, encerrado en su mundo de reuniones interminables. Mis manos no dejan de moverse, retorciéndose en mi regazo como animales asustados. ¿Qué demonios estoy haciendo?
Hace apenas horas, entré en su oficina como una niña caprichosa. Ahora regreso sintiéndome igual... pero con dinero robado—¿robado?—en mis manos.
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Giros Del Destino
Romansa"Para que nada nos separe, que nada nos una" -Pablo Neruda. Arquímedes Bernat un déspota, calculador en sus pasos, el mundo para él es como jugar al ajedrez, siempre va a ver un jaque mate y es él quien va a mover la primera pieza. Ve a las mujeres...
