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Capítulo 31

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«Y el problema es que solo imaginamos y deseamos, pero nunca hacemos nada al respecto para que se vuelva realidad.»


No entiendo cómo dos personas que se extrañan, que llevan al otro tatuado en la piel de sus pensamientos más íntimos, pueden permitir que algo tan frágil y egoísta como el orgullo las mantenga separadas. La pregunta me quema por dentro mientras camino bajo un cielo plomizo que parece reflejar mi confusión. ¿Acaso el miedo a ceder es más fuerte que el deseo de estar juntos? ¿O será que, en el fondo, ninguno de los dos está realmente seguro de lo que siente el otro? Las dudas crecen como enredaderas venenosas, estrangulando cualquier intento de razonar con claridad.

El dolor no es una competencia. Lo repito como un mantra mientras observo a la gente pasar, cada uno cargando su cruz a su manera. Uno lo grita a los cuatro vientos, el otro lo entierra en silencio hasta que le revienta por dentro. Pero eso no significa que un sufrimiento sea más válido que otro. Son solo espejos rotos de la misma herida. Y, sin embargo, cuesta aceptarlo cuando el corazón late con tanta rabia que no deja espacio para la empatía.

Ojalá fuera fácil estar con la persona que uno sueña, quiere y piensa. Ojalá el amor bastara para borrar los errores, los malentendidos, las palabras que salieron como cuchillos y dejaron cicatrices. Pero la realidad es otra. A veces, incluso cuando dos almas se reconocen, el mundo —o ellas mismas— se empeña en ponerles obstáculos. Y entonces uno se queda preguntándose si todo este forcejeo valió la pena, o si al final solo era terquedad.

Me digo una y otra vez que nadie debería esperar pasivamente a que la quieran, a que la extrañen, a que alguien más dé el primer paso. Porque el cariño verdadero se mide en acciones, no en intenciones. Y cuando no hay ganas, se nota. No hay máscara que oculte la indiferencia. Entonces, ¿por qué sigo aquí, atrapada en este limbo de "tal vez" y "quizás"? ¿Por qué mi orgullo también se ha convertido en mi cárcel?

Hay días en los que me miro al espejo y me pregunto: "¿Dónde está mi premio por fingir que todo está bien?" Por sonreír cuando quiero gritar, por actuar como si las heridas no siguieran abiertas, como si el pasado no me acechara en cada esquina. Me duele admitirlo, pero hay cosas que no he superado. Y lo peor es que, en el fondo, sigo permitiendo que me lastimen. ¿Cuándo dejaré de ser cómplice de mi propio dolor?

Ya no sé nada de Erick. O, más bien, sé demasiado: está en ese lugar del que nunca debió salir. Y aunque debería sentir alivio, hay una parte de mí que todavía tiembla al recordar. Pero lo que realmente me destroza es pensar en el niño. En ese pequeño que llevaba dentro tanta luz y tanto miedo a la vez. Me parte el alma en mil pedazos, tan diminutos que jamás podré volver a unirlos. Y, sin embargo, en lo más profundo de mí, guardo una esperanza frágil pero tenaz: que él sea diferente. Que rompa el ciclo. Que elija hacer las cosas bien. Algo me dice que lo hará. No por mí, ni siquiera por él mismo, sino por esa mujer que lo amó incluso cuando no debía.

Me avergüenzo de mi parte blandengue. De esas veces que me quebré por ayudar, que crucé mis propios límites por miedo a perder algo que, quizás, nunca fue mío. ¿Por qué es tan difícil decir "hasta aquí"? ¿Por qué insisto en demostrar que me importa, incluso cuando el otro ni siquiera lo pide? Sigo sin entender qué pasa. O tal vez sí lo entiendo, pero me niego a aceptarlo.

Salgo del consultorio de la doctora Cristal y respiro hondo. El aire huele a desinfectante y a resignación. Samara camina a mi lado, distraída, agotada. "Hoy no vamos a correr", le digo, notando cómo el estrés del trabajo le tensa los hombros. Ella solo asiente, agradecida por el respiro. Por hoy, se libra del sufrimiento muscular, pero yo sé que algunos dolores no se esfuman con un día de descanso.

Giros Del DestinoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora